Un silencio denso y pesado se extendió por el parque, roto solo por el crepitar agonizante del árbol incendiado. De repente, intensas llamas rojas brotaron del cuerpo del joven dragón grisáceo, justo en el lugar donde sus colmillos se habían clavado en Devyáty. El reptil, aún vivo, soltó un sonido desgarrado que resonó en la quietud de la noche antes de desplomarse pesadamente sobre la hierba húmeda. El impacto resonó sordo.
Segundos después, Devyáty cayó de rodillas, sus manos temblando mientras intentaba inútilmente contener el dolor punzante que le recorría el hombro mordido y las marcas de sacrificio.
—¡Ay, no, no, no! —exclamó Teerla, con la voz ahogada por el miedo. Corrió hacia su amiga, con la intención de curarla con magia. Sin embargo, al ver la profundidad de las heridas pensó que sus habilidades quizás no serían suficientes. La carne estaba desgarrada. Logró detener la hemorragia superficial con un hechizo apresurado, pero un calor persistente emanaba de la herida, indicando el daño interno y la inevitabilidad de una cicatriz horrible.
Apenas Teerla se aseguró de que Devyáty estaba estable, aunque pálida y temblorosa, se volvió hacia el dragón caído. Con manos temblorosas, intentó curar las severas quemaduras que cubrían su piel. Pero sus esfuerzos eran inútiles; la piel chamuscada olía intensamente a carne quemada y se desprendía al tacto. De nuevo un chispazo azul anuló su magia. Los ojos dorados del dragón se apagaban lentamente, su respiración se volvía un estertor ronco y débil que helaba la sangre.
—Detente, es inútil —dijo Devyáty con voz ronca, con la mirada fija en el dragón agonizante. Lágrimas recorrían su rostro, pero no había llanto— Lo pude sentir, toda esa fuerza… pudo destruir mis Cadenas Llameantes a pesar de ser tan joven. Tu magia es útil para otras cosas, pero ahora necesitamos poder real. No va a curarlo. Solo está sufriendo. —su voz tembló con la última oración. Además, por algún motivo su mirada carecía de la determinación que la caracterizaba, aún en momentos difíciles.
Teerla apretó los puños, sintiendo el peso de las palabras de Devyáty, ella nunca la despreciaria de esa manera. Sabía que su magia era diferente, más sutil, quizás, que la fuerza bruta de los elementos primarios, pero no por eso menos válida. Aun así, al ver cómo la niebla curativa que conjuraba se disipaba sin afectar al dragón agonizante, una punzada de duda la alcanzó.
—Si no lo curo, estaremos en graves problemas —replicó Teerla, con los ojos llenos de lágrimas. El miedo la paralizaba ante las consecuencias—. Ya es imposible salir de esta limpias, nos atraparán y…
Devyáty la interrumpió bruscamente, agarrándola del brazo con una fuerza sorprendente a pesar de su estado y arrastrándola consigo para empezar a correr. Con lágrimas de frustración y desesperación brillando en sus ojos, lanzó una potente bola de fuego contra la base del árbol que aún ardía débilmente, avivando las llamas con una ferocidad renovada.
Padre… ¿dónde estás?
El fuego creció con violencia, consumiendo la madera seca con rapidez. Con un crujido ensordecedor, el árbol, debilitado por las llamas, se desplomó, cayendo directamente sobre el cuerpo inerte del dragón. El impacto sacudió el suelo, y un último y ahogado gemido escapó de la criatura bajo el peso antes de que todo quedara en silencio, salvo por el crepitar de la madera ardiendo. El olor a madera quemada se mezcló con el hedor de la carne calcinada del dragón, un olor que ellas no olvidarían jamás.
Teerla se detuvo un instante, el corazón latiéndole salvajemente en el pecho. Observó el árbol caído, la humareda que se elevaba hacia el cielo nocturno, y se preguntó con horror cómo Devyáty, su amiga, había podido cometer un acto tan cruel. Desde la desaparición de su padre, el año anterior, Devyáty había cambiado, volviéndose más impulsiva y despiadada. Pero nunca imaginó que la desesperación la llevaría a este extremo, especialmente sabiendo que matar a un dragón, una criatura que mantenía el equilibrio mágico, era un crimen gravísimo en su país, Drimhe.
Mientras corrían, el dolor en el hombro de Devyáty era una punzada constante, pero el dolor emocional era peor. La imagen del dragón muriendo, el plan fracasado… Era otro fracaso más. Aunque algo le impedía pensar con claridad, recordó cómo su amistad con Russell se había enfriado, cómo él se había distanciado, centrado en su entrenamiento con el dragón. Otro más que se va, pensó amargamente. Russell soñaba con seguir los pasos de su padre, un militar condecorado que montaba un dragón acorazado, o al menos eso era lo que decía.
Fue a través de sus padres, ambos militares de alto rango que habían luchado juntos en la guerra, que Devyáty y Russell se habían conocido. Pero ahora… Russell parecía haberla abandonado también, justo cuando más lo necesitaba, con su madre y su hermano luchando por las deudas dejadas por la desaparición de su padre. Que Russell también la hubiera abandonado fue la gota que derramó el vaso para Devyáty.
Sabía que sus acciones tendrían consecuencias, pero nunca imaginó que terminaría matando a la criatura que era más que una mascota para Russell. Un magnífico ejemplar de una especie rara, con inmunidad a la magia impura, cuyo valor era incalculable, como su padre le había contado. Si alguien descubría lo que habían hecho, estaría condenada. La idea de huir del país cruzó su mente, abandonando su prometedora carrera como maga profesional por culpa de lo que empezó como un simple deseo de ayudar a un amigo.
Pero ya no había vuelta atrás. Corrieron durante el resto de la noche, el miedo y el agotamiento impulsándolas, hasta que las casas del barrio empezaron a verse más cerca. Devyáty, con las heridas quemándole, tardó casi una hora en llegar a su casa caminando por las calles desiertas después de separarse de Teerla. Teerla, más ágil y menos herida, llegó al departamento de su familia un poco antes, entrando por la ventana que había dejado abierta, procurando no despertar a sus padres, con la imagen del dragón y la cara de Devyáty grabadas en su mente.
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Editado: 16.02.2026