—¡Dios mío! ¿Este no es el dragón que compró Haildann hace unas semanas? —exclamó una mujer de cabello cobrizo, mostrando a su hijo una imagen en su teléfono móvil. La noticia, destacada en el periódico digital, mostraba el hallazgo de la policía en el parque: el cadáver calcinado de un dragón grisáceo de especie desconocida. La pantalla del teléfono brillaba con la luz fría de la mañana.
—Creo que sí, se parece bastante, aunque es difícil reconocerlo en ese estado —respondió el joven, Arkhan, con marcadas ojeras que delataban su cansancio. Bebió un sorbo de su café, el aroma amargo llenaba el aire de la cocina. Su buena condición física apenas disimulaba el agotamiento de su trabajo—. Además, solo lo vi un par de veces en casa de los Haildann. ¿Crees que deberíamos ir a ver, mamá?
—Buenos días, mamá, hermano —irrumpió en la cocina una joven de cabello cobrizo despeinado, con el mismo aspecto cansado que su hermano, con las cicatrices rojas de la mordida cubiertas por una camisa que le quedaba enorme.
—¡Vaya! Es raro verte despierta tan temprano —bromeó Arkhan, con una sonrisa socarrona, sin notar (o fingiendo no notar) que traía una de sus camisas.
—Oye, Devy —preguntó la madre, con una mirada inquisitiva que iba del periódico al rostro de su hija—. ¿Russell no te ha llamado por casualidad?
La expresión de Devyáty se contrajo de inmediato, como si la hubieran golpeado. Sus ojos se oscurecieron y apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se pusieron blancos. La mención de Russell, después de todo, fue insoportable.
—¡No, no me ha llamado! ¡Y no quiero oír hablar de él! —gritó, dándose la vuelta bruscamente para ocultar la furia y el dolor. Un segundo después, la puerta de su habitación se cerró de golpe con tal fuerza que hizo temblar las paredes.
—¿Y ahora qué le pasa? —preguntó Arkhan, con el ceño fruncido, molesto por la falta de respeto de su hermana hacia su madre. Conocía el temperamento de Devyáty, pero rara vez era tan explosiva.
—Déjala tranquila, Arkhan —dijo la madre, aunque una sombra de profunda preocupación cruzó su rostro. Sabía que algo serio le sucedía a su hija, y la noticia en sus manos parecía tristemente relacionada.
Mientras tanto, en la relativa seguridad de su habitación, Devyáty luchaba contra una creciente sensación de pánico. No sabía qué hacer ni adónde ir. Sabía que era cuestión de tiempo antes de que la policía, o peor, Haildann, la descubriera. Además, la persistente sensación de ser observada, el recuerdo de aquellos ojos rojos, la estaba volviendo paranoica, difuminando la línea entre la vigilia y la pesadilla.
No puedo quedarme. No puedo confesar. No hay a quién pedir ayuda.
Tomó una decisión desesperada: huiría en tren a otra ciudad, desde donde intentaría cruzar la frontera a través del bosque y escapar del país. Aunque nunca se había considerado sentimental, las lágrimas brotaron de sus ojos mientras escribía a toda prisa una nota de despedida para su madre y su hermano. No explicaba las razones de su huida, solo se despedía, para que la nota misma no se volviera una prueba incriminatoria si la encontraban con ella.
Poco después, su madre y su hermano la llamaron para despedirse antes de que él se fuera a trabajar. Devyáty, con el corazón en un puño, dejó la nota sobre la cama y salió de su habitación. Al ver a Arkhan a punto de irse, con su uniforme oscuro de la FEP, no pudo evitar la urgencia de abrazarlo con fuerza.
—¡Ay! ¿Qué te pasa? Recuerda que todavía me duele un poco lo de las costillas por una cosa del trabajo —se quejó Arkhan, con una mueca de dolor por las heridas que aún no habían sanado del todo, resultado de enfrentarse a alguna criatura mágica peligrosa.
—Hermano… deberías dejar ese trabajo… Deberías buscar un empleo normal —dijo Devyáty con la voz entrecortada por las lágrimas que no podía contener. Arkhan interpretó erróneamente sus lágrimas como preocupación genuina por los peligros que él enfrentaba a diario en la Fuerza de Eliminación de Peligros, la organización que mantenía a raya a los monstruos que surgieron tras la casi extinción de los dragones. No sospechaba el verdadero motivo: la tristeza desgarradora de Devyáty por la inminente y forzada separación.
—Vamos, alguien tiene que lidiar con los bichos que andan sueltos por ahí —respondió Arkhan con una sonrisa tranquilizadora, revolviéndole el cabello con cariño—. Además, si me voy, mis compañeros se enfadarán mucho. Ya somos pocos en la Fuerza. Estaré bien, no te preocupes.
Bajo las mangas cortas de su uniforme negro, se vislumbraban algunas cicatrices apenas visibles, testimonio silencioso de los peligros que enfrentaba.
—¡Déjame! No te golpeo solo porque aún no me he peinado —bromeó Devyáty, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, intentando aligerar el momento—. ¡Nos vemos! —se despidió con una sonrisa forzada.
—Claro, ¡cuídate! —respondió Arkhan, saliendo por la puerta.
—Hasta luego, Devy… —se despidió también la madre de ambos, con el ceño ligeramente fruncido ante la inusual muestra de afecto y la intensidad en los ojos de su hija. Aunque por otro lado, le gustaba ver a sus hijos, a menudo distantes, tan unidos.
Una vez que se fueron, Devyáty regresó a su habitación y terminó de preparar su mochila. Con la nota de despedida sobre la mesa del salón, a la vista, salió de casa, emprendiendo su huida con una mezcla de pánico y resolución.
Caminó apresuradamente unas cuatro cuadras hasta la estación de tren y compró un billete con el dinero que había ahorrado. A pesar de las dificultades económicas que atravesaba su familia, su madre siempre la había animado a ahorrar para emergencias. Devyáty dejó la mayor parte del dinero en casa, tomando solo lo necesario para el viaje y para comer durante un par de días. Ya encontraría alguna forma de sobrevivir.
Se sentó en una de las bancas de la sala de espera, con la mente aturdida y llena de incertidumbre. Aún no había pensado en cómo encontraría trabajo. Con solo dieciséis años, era menor de edad y no podría trabajar legalmente sin un permiso. Además, no podía arriesgarse a registrar su nombre en ningún sitio si la policía la estaba buscando. El peso de su imprudencia y sus consecuencias la aplastaba.
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Editado: 16.02.2026