Portadores del rencor

Capitulo 4: El huésped del rencor

—¿Esta es la dirección que aparece registrada, verdad? —preguntó un oficial de policía a su compañero, un hombre robusto con uniforme impecable, ajustándose la gorra mientras consultaba un mapa en su tablet.

—Así es. Residencia de la señorita Teerla Nigers —confirmó el otro policía, un joven de cabello violeta y mirada fría, consultando la información en su propia tableta. La pantalla brillaba bajo la luz del sol de la mañana.

Sin más preámbulos, el primer oficial llamó a la puerta con decisión. Al poco tiempo, la puerta se abrió lentamente, revelando a una mujer de aspecto demacrado y enfermo. Sus ojos estaban hundidos, su piel tenía un tono cetrino y enmarcado por ojeras profundas.

—Disculpe, señora. Somos la policía. ¿Se encuentra Teerla Nigers?

—¿Quién la busca? Es mi hija —respondió la mujer, con la voz débil y marcada por la fatiga.

—La buscamos en relación con el uso de un hechizo de alto nivel en la vía pública anoche. Necesitamos que coopere con nosotros —informó el oficial, mostrando su placa. El metal brilló brevemente bajo el sol, un destello frío de autoridad.

—¿Qué…? ¿Un hechizo…? Esperen aquí un momento, la llamaré —murmuró la mujer, con una mezcla de confusión, incredulidad y una creciente preocupación en el rostro.

Dejó la puerta entreabierta, revelando un interior modesto y ligeramente descuidado, y se adentró en la casa. Pasaron un par de minutos en un silencio tenso, roto solo por el suave maullido de un gato que se paseaba perezosamente entre los muebles viejos. La espera se hizo larga.

Los agentes intercambiaron una mirada cargada de significado. Con un gesto de asentimiento mutuo, decidieron que habían esperado suficiente y entraron sin ser invitados. Al acercarse a una de las habitaciones del fondo, oyeron la voz quebrada de la madre, que regañaba a Teerla con una mezcla desgarradora de dolor y frustración.

—¡¿Qué hemos hecho mal para que te metas en esto?! —exclamaba la mujer, su voz temblorosa y entrecortada por una tos insistente—. ¡Tu padre se mata trabajando para mantenernos a ambas y pagar tus estudios y mi tratamiento! ¿Así es como nos lo pagas? ¡Metida en problemas con la policía!

—… —Teerla escuchaba en silencio, sentada al borde de una cama, con lágrimas corriendo silenciosamente por sus mejillas. Asentía a cada palabra, el peso de la culpa insoportable, consciente de la razón que tenía su madre.

Sin más preámbulos, el oficial de mayor rango interrumpió la escena, entrando en la habitación con un aire de finalidad.

—Lo siento, señorita Nigers, pero necesito que nos acompañe a la comisaría. Ahora.

Las palabras del policía, frías y directas, hicieron que Teerla comprendiera la verdadera magnitud de la situación. La posibilidad muy real de ir a la cárcel la golpeó con la fuerza de un puñetazo. En un instante, miles de pensamientos cruzaron su mente: entregarse, huir usando magia, resistirse violentamente para protegerse a sí misma y evitarle más dolor a su madre. Ninguna opción parecía buena; todas llevaban al desastre.

Casi por instinto, un reflejo de desesperación, Teerla levantó una mano, dispuesta a lanzar un hechizo para dormir a los presentes y ganar tiempo, quizás para correr. Sin embargo, el joven policía reaccionó con una rapidez asombrosa, propia de un entrenamiento riguroso, sujetando su muñeca con firmeza antes de que pudiera completar la menor sílaba del conjuro. Sus ojos, de un azul penetrante, se encontraron con los de ella, y la mirada del oficial, firme y penetrante, transmitió una clara y silenciosa advertencia: no te resistas. No te conviene.

Con el rostro pálido y desencajado, los ojos llenos de una resignación amarga, Teerla se dejó llevar, escoltada por los oficiales, escuchando los sollozos ahogados de su madre resonando a sus espaldas. El futuro, antes incierto, ahora parecía sombríamente claro.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, en la estación de tren, Devyáty mantenía una conversación aparentemente casual, aunque la tensión palpable la hacía sentir forzada, con el coronel Haildann. El aire alrededor de ellos parecía vibrar con la espera. Las preguntas del militar, amables en la superficie, se volvían cada vez más incisivas, como agujas.

—Y dime, Devyáty —Haildann miraba casualmente hacia las vías—, ¿a dónde te diriges con tanta prisa? El tren con destino este está a punto de llegar.

—Voy a visitar a un familiar fuera de Unert. —respondió Devyáty, intentando mantener la compostura, odiando lo transparente que se sentía.

—¿Un familiar fuera de esta ciudad? —Haildann levantó una ceja imperceptiblemente. Sabía que claramente mentía. La hija de Dein, siempre intentando ser más astuta de lo que era—. Dein nunca me mencionó familiares que no fueran ustedes.

—No voy lejos, solo a un par de estaciones. Además, es familia por parte de mi madre —insistió Devyáty, aferrándose a su endeble coartada.

—Ah, ya veo. Quizás me equivoqué yo, entonces —dijo Haildann, y una sonrisa fría y fugaz cruzó sus labios. Sacó una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo impecable, tomó uno y la guardó de nuevo—. ¿Me harías el favor de encenderlo, Devyáty? Olvidé mi encendedor.

Quizás era una prueba. Una confirmación. Devyáty lo sabía, pero ¿qué otra opción tenía?

—Claro —Devyáty dudó un instante, el pánico corroyéndola, antes de acceder. Extendió una mano. Recordó de repente—: ¿No solía encenderlos con su magia de electricidad, coronel?

—Sí, solía hacerlo —respondió Haildann, mostrando brevemente sus manos cubiertas de cuero. Sus ojos fijos en los de ella—. Pero llevo guantes hoy, como puedes ver.

Devyáty asintió lentamente y, finalmente, conjuró una pequeña llama en la punta de su dedo índice para encender el cigarrillo. Para su horror, la llama, que siempre había sido de un naranja brillante y cálido, adquirió un tono grisáceo y enfermizo que nunca antes había visto, salvo en sus pesadillas recientes. Chispas escarlata salpicaron el aire.




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