Apenas Devyáty comprendió que aquel hombre, al que creía derrotado, seguía con vida, lanzó una bola de fuego gris (la manifestación de su maldición) al suelo en un acto reflejo desesperado, creando una pantalla de humo y calor. Pero el monstruo no la soltaba, o eso creía. Una mezcla de alivio y horror fue lo que sintió al ver que le sostenía su tobillo era un brazo mutilado.
Momentos después, Abyss se encontraba de nuevo frente a ella, emergiendo de la humareda. Su ropa estaba hecha jirones por la explosión y el hechizo, pero él, sorprendentemente, parecía ileso por fuera. O al menos eso aparentaba por un instante. Su brazo se encontraba aún regenerándose. Abyss sentía la Plaga Dracónica, como un fuego frío y corrupto, comenzando a extenderse insidiosamente por su cuerpo. Solo entonces, sintiendo esta energía antinatural, comenzaba a comprender de verdad que su hechizo continuo de transmutación no reparaba el daño infligido por maldiciones; eran una fuerza con la que su magia elemental de reconfiguración no estaba acostumbrado a lidiar.
—¿Qué… qué demonios eres? —jadeó Devyáty, con el aliento entrecortado por el dolor y el shock. Había visto la lanza atravesarlo—. ¡Juraría que te atravesé el corazón!
—Podría preguntarte lo mismo. Y decir que ya van dos veces que no he podido reaccionar a tus ataques. No esperaba magia de corte.
Abyss permaneció en silencio un instante, su rostro bajo la máscara partida inexpresivo, solo el ojo visible brillando con una luz extraña. Devyáty analizaba la situación, sabía que algo extraño había pasado hace un momento.
Un escalofrío helado recorrió a Devyáty al notar el cambio en la mirada de su agresor. La indiferencia y la confusión iniciales al ser sorprendido habían desaparecido, reemplazadas por un odio gélido, concentrado y peligroso. Había tocado algo profundo en él.
—Je… Parece que, aunque te recuperaste físicamente, sí logré tocarte el orgullo —bromeó la joven maga, intentando ocultar, tras una fachada de confianza frágil, el agotamiento total que la consumía, además de su confusión. No creía poder resistir otro asalto; apenas se mantenía en pie.
—Que la tierra beba de la sangre derramada… —recitó Abyss, su voz ahora más profunda y resonante, aunque aún con el ligero matiz distorsionado del modulador—. ¡Reconfiguración material: Transmutación Corpórea Avanzada! ¡Elemento Tierra!
Al pronunciar el conjuro, una determinación aterradora emanó de él. Quería dejar claro que, desde el principio, la victoria de Devyáty había sido una ilusión; él simplemente había estado jugando, probándola, hasta que ella rompió sus defensas principales.
—¡¿Qué?! Un conjuro así… una Transmutación Avanzada… —exclamó Devyáty, sintiendo que la desesperación la atenazaba de nuevo. Conocía los rumores de ese tipo de magia. —¡Argh, no te dejaré!
Reuniendo sus últimas, dolorosas fuerzas, juntó ambas manos frente a ella. Con un rápido movimiento de dedos, canalizó la energía residual de su maldición y su rabia para conjurar una llamarada devastadora, mucho más potente y concentrada que cualquier otra que hubiera invocado hasta entonces. El fuego gris arremetió con tal intensidad que derritió y deformó gran parte del enorme vagón de tren que se encontraba detrás de Abyss, convirtiéndolo en una masa de metal humeante.
—¿Lo ves? No creas que estoy agotada solo porque usé ese hechizo antes —fanfarroneó Devyáty, aunque el humo aún no se había disipado por completo. Sintió una punzada de esperanza salvaje: esta vez, el ataque había impactado de lleno, sin su barrera de viento, sin su forma transmutada inicial.
Pero apenas terminó de hablar, un dolor agudo, cegador y punzante la recorrió de pies a cabeza, surgiendo de su espalda. Unas garras negras y afiladas como cuchillas rasgaron profundamente su carne, sin piedad. Abyss, gracias a la velocidad aumentada que evidentemente aún podía usar ¿magia de viento pasiva?, se había movido sin que ella lo notara, apareciendo a sus espaldas como un espectro. El dolor, el shock y el cansancio finalmente la vencieron, y Devyáty cayó de rodillas al suelo, la sangre empapando su espalda.
—Lo siento… —dijo Abyss, ahora transformado en una forma aún más grotesca y masiva que antes, una criatura de músculo transmutado, pelo de araña y placas metálicas. Se cubría la boca y la nariz con una de sus manos transformadas, intentando ocultar su pálido rostro deforme, y su voz sonaba distorsionada y ronca por la metamorfosis y por una naciente dificultad para respirar—. No tenía planeado acabar con esto tan pronto. Pero destruiste mi máscara con tu último ataque. Era lo único que me protegía un poco. A pesar de mis capacidades… no soy inmune a las maldiciones. Y esa tuya… se extiende rápido. Se comenzó a filtra más rápido cuando me heriste.
—Ya veo… —murmuró Devyáty con la voz apagada, la derrota total pesando sobre ella—. Fui una tonta. Ni siquiera recordé lo que dijo Haildann sobre mis llamas grises… sobre la Plaga. —Descubrió un poco su cuello, ofreciéndoselo a su verdugo con una extraña calma nacida de la desesperanza—. Haz lo que quieras. Una persona egoísta como yo merece morir así. Al menos… acepto mi derrota.
—Me pagarán menos por no hacerte sufrir lo suficiente, la orden era esa —respondió Abyss, el enfoque transaccional aún presente, aunque ahora con un matiz de urgencia en su voz. Lágrimas de sangre negra comenzaron a brotar lentamente de las comisuras de sus ojos bajo la máscara rota; uno de los primeros síntomas de la Plaga Dracónica manifestándose en él. —Pero acepto el trato.
En la base militar de la ciudad, ajeno a la brutal conclusión de la caza, Haildann estacionó su costoso vehículo blindado frente al imponente cuartel general. Entró al edificio y se dirigió sin demora a la sala de almacenamiento de armamento mágico-tecnológico de alta seguridad, donde se había citado con el general a cargo.
—Señor —saludó Haildann, firme, conciso y con la disciplina esperada.
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Editado: 25.02.2026