En el andén de una estación de tren, devastada hasta el punto de parecer a punto de derrumbarse, Abyss Claw se disponía a concluir su trabajo. Sin más preámbulos, colocó una de sus garras en el cuello de la joven de cabello cobrizo y, con un movimiento preciso, le infligió un corte profundo en la garganta.
La sangre brotó a borbotones de la herida de Devyáty, tiñendo su ropa y formando un charco en el suelo. Satisfecho, Abyss se dio la vuelta, listo para marcharse. Deshizo su transformación, volviendo a su forma humana: un joven de cabello negro y corto, con penetrantes ojos azules, casi grises. Sin embargo, una extraña inquietud lo obligó a mirar hacia atrás. La joven seguía de rodillas, sin caer al suelo.
—Increíble… ¿Ni siquiera la muerte te tumba? —murmuró Abyss, con una mezcla de sorpresa y fastidio.
A pesar del esfuerzo que le suponía contrarrestar los efectos de la maldición con su magia y su deseo de marcharse para recuperarse, Abyss decidió examinarla más de cerca. Como usuario de magia de transformación, conocía a fondo su propia anatomía, sus órganos y hasta la estructura celular. Era una necesidad para evitar errores fatales durante sus transformaciones. Pero la Plaga se extendía con tanta rapidez por su cuerpo que apenas podía concentrarse en mantenerse con vida.
Para su asombro, la hemorragia del profundo corte se detuvo, al igual que el sangrado de las heridas en su espalda. Devyáty permanecía inmóvil, con la mirada fija en el suelo, pero seguía viva. Una extraña magia parecía mantenerla así.
—Maldita sea… Por esto siempre hay que asegurarse de terminar bien el trabajo —gruñó Abyss, sacando el arma que había usado al principio del combate y que, afortunadamente, no había sido destruida.
De repente, de la herida en el cuello de Devyáty comenzaron a surgir llamas grises. No eran como las que había usado durante la pelea; estas eran más oscuras y desprendían una energía siniestra. Devyáty alzó la mirada, sus ojos se encontraron con los de Abyss, y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—Me pregunto si también puedes cortarle el cuello a un fantasma —dijo con una calma inquietante. Devyáty intuyó lo que estaba por suceder; reconocía ese color en las llamas que la atormentaban en sus pesadillas.
Un instinto de supervivencia primario hizo retroceder a Abyss. Del charco de sangre se materializó el enorme y corrompido espíritu de un dragón. Con un movimiento brusco, tomó entre sus garras a la joven y la estrelló contra una pared. El rugido que le siguió resonó con una fuerza ensordecedora, pero Devyáty no apartó la mirada del espectro.
—¡¿Por qué me ayudas?! ¡Yo te maté! —exclamó Devyáty, confusa. Pero entonces lo comprendió. El dragón estaba envuelto en fuego rojo como la sangre que a ella la recorría, con el mismo patrón que las heridas de su propio cuerpo. La herida en el cuello del dragón parecía cerrarse poco a poco al mismo tiempo que la de Devyáty. La estaba ¿curando?—. Ah… ya entiendo. Si yo muero, tú te irás para siempre.
Abyss observaba la escena con atención. Debía completar su misión, pero dudaba poder enfrentarse a una criatura de tal magnitud. A pesar de la tensión, su fascinación por las criaturas poderosas afloró. Esa misma fascinación que lo había llevado a convertirse en un agente de la FEP.
—Impresionante… ¿Cuánta energía maligna se necesitó para crear semejante espécimen? ¿Cómo un simple dragón acumuló tanto rencor?
El espíritu era una figura imponente. Donde deberían estar sus alas, se alzaban dos enormes huesos arqueados y afilados como cuchillas de obsidiana. Su cola terminaba en un tridente de púas afiladas, capaces de empalar a un humano con facilidad.
Partes de su cuerpo estaban cubiertas por una armadura de obsidiana, que protegía su cola, columna vertebral, articulaciones y garras. La asimetría de estos elementos le daba un aspecto retorcido y aterrador. Detalles blancos resaltaban en su rostro y costados. Pero lo más llamativo eran sus ojos rojos, que ardían con una ira incontenible.
De haber tenido tiempo y herramientas, Abyss se habría dedicado a dibujar y describir cada detalle de la criatura. Pero el dragón soltó a Devyáty y fijó su mirada en la verdadera amenaza: Abyss Claw.
Con una velocidad sorprendente para su tamaño, el dragón se abalanzó sobre Abyss, arrancándole de nuevo el brazo derecho de un zarpazo. Mismo que recién había regenerado. Con otro movimiento, lanzó lejos el arma del agente.
—¡Argh…! Reconfiguración material: Transmutación Corpórea. ¡Elemento Tierra! —conjuró Abyss, regenerando su brazo en el acto. La transformación y la regeneración simultáneas consumieron una gran cantidad de energía. Abyss estaba al límite, lidiando con un enemigo aparentemente invencible y con la Plaga que lo consumía por dentro.
El dragón no le dio tregua. Sin darle tiempo a reaccionar, lo atravesó con su cola en forma de tridente, aprisionándolo contra una pared del andén.
—¡Maldito! —exclamó Abyss, al borde de la muerte. Viendo que el dragón se preparaba para incinerarlo con un Rayo de Destrucción, recordó las palabras de Devyáty: Si yo muero, tú te irás para siempre.
Abyss miró a la joven, apenas consciente en el suelo, y desesperadamente lanzó un ataque de cuchillas de viento. El espectro se desvaneció y reapareció frente a ella, protegiéndola del ataque. Las cuchillas chocando contra la bestia como una simple brisa. Abyss aprovechó la oportunidad para regenerarse y, usando su magia de viento, saltó a través del techo de concreto de la estación, escapando a la superficie.
—¡¿Qué haces, idiota?! ¡Persíguelo! —gritó Devyáty al espectro, olvidando su propia vulnerabilidad, o quizás buscando desafiarlo.
El dragón desapareció del plano físico y reapareció en la mente de Devyáty, infligiéndole un dolor de cabeza tan intenso que la hizo gritar de desesperación. Vio los recuerdos del dragón, el momento en que ella lo asesinó sin piedad.
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Editado: 25.02.2026