Era una tarde cualquiera en el cuartel. Dein parecía desmotivado, pero había algo que el coronel Haildann quería decirle.
—Felicidades Dein, ya me enteré de la noticia, tu hija quedó de primer lugar en la división de combate mágico de las olimpiadas. Debes estar orgulloso. —El coronel llegó con felicitaciones, sin siquiera saludar.
—Jum, es natural después de todo es mi hija. Hubiera sido interesante ver a Russell competir también.
—Que presumido eres. Sabes bien que a Russell no le gustan esas competencias, es más dedicado a su deber.
—Si, lo has adoctrinado bien. —dijo el hechicero, en tono serio.
Ambos militares se miraron a los ojos desafiantes, para después estallar en risas. Pero después una sombra pareció posarse sobre la vista de Dein Reichmall.
—Aun así, en este país nuestros hijos no serán verdaderamente fuertes. No con esta magia moribunda. Este país, que antes podía considerarse una potencia mágica ya no es más que una hormiga frente a las grandes naciones. ¿Cuánto tiempo de paz crees que nos quede?
—¿De qué estás hablando? Nunca hemos figurado como una potencia militar, no frente a esos monstruos. Solo nos queda esperar a que nadie se fije en esta tierra “moribunda”, como tú mismo haz dicho.
—Quizás haya otro camino, uno que nos permita volver a la vida.
—¿A qué te refieres? ¿Dein? ¡¿Dein?! —preguntaba intrigado el coronel mientras el recuerdo se desvanecía.
—Está despertando, llama al médico, rápido —oyó Haildann una voz femenina, distante y ligeramente distorsionada, como si viniera del fondo de un túnel.
Sus párpados, pesados como el plomo, se abrieron con dificultad, revelando una luz blanca y dolorosa. Había permanecido inconsciente durante horas, una mancha inaceptable en su impecable historial militar y personal.
—Argh… ¿Dónde estoy?
—En la Clínica Sunset, señor. Por favor, no se levante de golpe —respondió un médico con bata blanca que se acercaba apresuradamente para examinarlo.
—¿Clínica? ¿Por qué me trajeron hasta aquí? —Haildann intentó incorporarse, sintiendo un dolor sordo y persistente que se extendía desde el centro de su pecho—. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Solo un par de horas, coronel. Las instalaciones de su lugar de trabajo no contaban con los recursos necesarios para tratar la… la naturaleza de su condición. Hemos hecho lo posible para estabilizarlo, pero necesitamos la opinión de un experto en maldiciones. Ya viene en camino.
—Bah, esos inútiles. ¿Un experto en qué? —bufó Haildann, ignorando las indicaciones del médico y arrancándose la mascarilla de oxígeno. Una red oscura y visible de venas destacaba bajo la piel de sus brazos y piernas. Su propio tejido dibujaba marcas bajo su piel. Ya había sentido estos síntomas años atrás—. ¿Qué fue lo que pasó? Simplemente no lo recuerdo —pensó.
—Coronel, le ruego que no se mueva bruscamente. Su estado es delicado. El cuerpo ha sufrido…
—¡Energiza mi alma y restaura mis fuerzas! —exclamó Haildann, interrumpiendo al médico. Con un acto de pura voluntad y un control absoluto de su magia interna, concentró su energía—: Magia de Sanación: Liberación maldita… ¡Elemento Puro!
Una potente luz dorada emanó de su cuerpo, una onda de energía curativa tan fuerte que obligó al médico a apartarse bruscamente. Varios aparatos médicos cercanos chispearon, echaron humo y dejaron de funcionar, sobrecargados por el torrente de magia pura. La marcas en su cuerpo y el dolor sordo retrocedieron, aunque en el fondo aún estaba esa sensación. La magia pura podía suprimirla, pero no eliminarla.
—¿Pe-pero qué ha hecho? —tartamudeó el médico, visiblemente asustado por la demostración de poder y las consecuencias en su equipo.
—He echo lo que un sanador competente haría —dijo Haildann, vistiéndose con rapidez con la ropa limpia que habían dejado cerca. Se sentía mejor, pero el cansancio subyacente era profundo—. Envíenme la factura de los daños y los servicios a la sede. Me retiro.
El médico lo observó marcharse, atónito ante la rápida recuperación de un hombre que, momentos antes, parecía al borde de la muerte. Aunque quizás nunca lo estuvo.
En la salida de la clínica, una voz familiar lo detuvo, llena de preocupación.
—¡Papá! ¿Qué te ha pasado? —Era Russell. Se acercó rápidamente, sus ojos azules escanearon el rostro de su padre en busca de respuestas—. Llamaron a casa diciendo que te habías desmayado en el trabajo y que te habían traído aquí. Me he preocupado mucho. Sobretodo después de que faltaste al funeral sin avisar.
—Bah, han hecho demasiado alboroto… llamar a la familia… ¡Ja! —bufó Haildann, ajustándose el cuello de la camisa, intentando sonar despreocupado—. ¿Y qué es eso de “me he preocupado mucho”? ¿Acaso olvidas quién soy?
—Vamos, papá, no seas así —insistió Russell, sin inmutarse por la actitud brusca de su padre—. Cuéntame qué te pasó. Después de lo de Espiral… temía lo peor.
—Estaba supervisando el traslado de unos componentes químicos ilegales que incautamos. Tuve un contacto accidental con uno de ellos y me intoxiqué sin darme cuenta —mintió Haildann con total naturalidad, su rostro una máscara impasible. La operación fue real, pero él no estuvo allí; tenía otros asuntos—. Pero no te preocupes, recuperé la consciencia a tiempo y me he curado yo mismo. Ya estoy bien.
—¿En serio? ¿Cómo sabes que fue una intoxicación? ¿Te lo dijo el médico? ¿Los doctores no pudieron haberte curado si solo se trataba de eso? —preguntó Russell, su tono lleno de suspicacia. Conocía las mentiras de su padre, y esta no sonaba convincente.
—Basta de interrogatorios, soldado. ¡Tengo hambre! Vamos a casa —zanjó Haildann, evitando las preguntas de su hijo con su tono de mando habitual. Sabía que no era una mentira creíble, pero ¿qué podría sospechar su hijo con tan poca información?
—Esta bien. Pero antes, espérame aquí afuera; voy al baño —dijo Russell, urdiendo una mentira rápida. No iría al baño; necesitaba respuestas.
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Editado: 25.02.2026