Lentamente, los cansados párpados de Devyáty se abrieron a la tenue luz. Ante ella solo veía el blanco turbio de un techo mal iluminado. Una pregunta surgió de inmediato en su mente: “¿Dónde estoy?” Se sentía débil, exhausta.
Casi por instinto, llevó su mano izquierda, que descansaba sobre una superficie suave, hacia la garganta. Las puntas de sus dedos su encontraron con una venda que rodeaba su cuello.
—Por fin despertaste. Creí que tendría que buscar una forma de deshacerme de tu cuerpo —dijo una voz masculina que la sobresaltó.
Devyáty giró la cabeza hacia la fuente del sonido y vio a un chico de cabello blanco con algunos mechones verdes, sin duda teñidos. Estaba sentado ante una mesa de trabajo repleta de lo que parecían artefactos mágicos. Llevaba gafas redondas y… ¿una máscara de gas?
—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —preguntó Devyáty, intentando incorporarse a pesar de la debilidad. Apretó los puños y frunció el ceño al notar que su mano derecha estaba esposada a uno de los barrotes de la cama. Además, llevaba un brazalete de inhibición de magia con gemas incrustadas—. ¡¿Qué demonios es esto, imbécil?! ¡Suéltame!
—Hey, hey. Un poco de respeto para tu salvador. Te recogí de esa estación de tren que dejaron hecha un desastre. Has estado inconsciente durante tres días —dijo el joven, de unos veinte años, sin apartar la vista de su trabajo.
—¿Tres días? No te creo nada. ¿Quién “rescata” a alguien para después encadenarlo? No sé qué planeas hacer, ¡pero te has equivocado de persona! —amenazó Devyáty, tirando con fuerza de las cadenas. Las gemas del brazalete comenzaron a brillar con intensidad, como si estuvieran a punto de sobrecargarse y explotar.
—Escúchame, te lo advierto. Revisa lo que tienes en la nuca —dijo el albino, levantándose de su silla y tomando un pequeño control que había sobre la mesa.
—¿Eh? ¿Qué es esto? —preguntó Devyáty, al sentir una pequeña placa metálica incrustada en su nuca, un poco más arriba de la venda.
—Es una bomba. No es muy potente, pero te aseguro que te partirá la cervical en dos si presiono este botón —dijo, mostrando el dispositivo con un botón rojo en el centro.
—Desgraciado… esto no se va a quedar así —advirtió Devyáty, buscando desesperadamente una salida a la situación.
—No me malinterpretes. Son solo medidas de seguridad. Quería asegurarme de tener el control una vez despertaras. Pero de verdad quiero ayudarte.
—¿El control? ¿Ayudar? No me hagas reír. ¡Me has secuestrado, psicópata! —gritó Devyáty, cerrando los ojos con fuerza y lanzándole una almohada, lo único que tenía a la mano. El muchacho se hizo a un lado, esquivándola con facilidad. Sin embargo, la almohada barrió con todo lo que había sobre la mesa de trabajo.
—Piénsalo un momento. Tú y ese sujeto destrozaron una estación de trenes. Aún no sé si de verdad eres una terrorista. Además, tienes algo muy peligroso. Sé de primera mano que los síntomas no son nada agradables. Creo que de hecho estoy siendo demasiado descuidado —argumentó, dando a entender que había presenciado los efectos de la Plaga en Abyss.
—Ah, ya entiendo. Por eso la máscara de gas. Pero… ¡¿cómo sabes tanto de lo que pasó allí, quién demonios eres?! —exclamó Devyáty, alzando la voz.
—¡Deja de gritar! —explotó el joven, gritando aún más fuerte—. ¿No me recuerdas?
—¿Recordarte? Estás agotando mi paciencia… deja los rodeos y ve al grano —exigió Devyáty. Una vena palpitaba en su frente. Poco a poco iba notando que muchas partes de su cuerpo estaban vendadas, sus heridas habían sido bien tratadas.
—También te ayudé a levantarte en el vagón del tren —dijo, quitándose la máscara de gas—. Me llamo Alister.
—Ah, eres ese chico del suéter blanco. ¿No saliste de la estación con los demás pasajeros? —preguntó Devyáty, aún con el ceño fruncido.
—No, usé magia para ocultar mi presencia. Verás, me llamó mucho la atención la pistola de ese agente, ¿Abyss Claw, verdad? Estaba buscando la oportunidad de robársela, soy un aficionado a las armas. Así que me quedé observando lo que pasaba; casi termino muerto —concluyó con voz temblorosa.
El recuerdo de las llamaradas, explosiones y cosas extrañas que tuvo que esquivar sin ser detectado lo inquietaba. Aunque en realidad se trataba de un recuerdo imaginario, nunca estuvo en riesgo, así como nunca le interesó el arma del agente, tenía cosas mejores.
—Yo diría que estás completamente loco. Si ya terminaste tu discurso… ¿podrías quitarme esta cosa? —dijo Devyáty, señalándose la nuca.
—Te quitaré la bomba y las esposas, pero el brazalete se queda mientras estés aquí.
Devyáty lo miró con desconfianza, pero sabía que no tenía muchas opciones. Suspiró y asintió levemente.
—Está bien, quítame esto y hablemos. Pero te advierto, si intentas algo, te arrepentirás.
Alister sonrió y se acercó lentamente, desactivando la bomba y liberando las esposas. Devyáty se frotó la muñeca, aliviada de estar un poco más libre.
—Gracias —dijo con sequedad—. Ahora, dime, ¿qué es lo que realmente quieres de mí?
Alister se sentó de nuevo en su silla, observándola con una mezcla de curiosidad y seriedad.
—Quiero ayudarte a controlar ese poder que tienes. No te diré cómo lo sé, pero tengo la certeza de que hay algo grande detrás de esto. Creo que podemos trabajar juntos para poder liberarte de esa carga, y evitar la llegada de un mal mucho peor —reconoció Alister. Algo en Devyáty le parecía familiar, realmente sentía como si hubiera visto ese poder antes. Estaba dispuesto a arriesgarse para descubrir el porqué. Un leve dolor de cabeza lo azotaba.
Devyáty lo miró fijamente, evaluando sus palabras. Sabía que no podía confiar plenamente en él, pero la posibilidad de liberarse de su maldición era demasiado tentadora.
—De acuerdo, trabajaré contigo. Pero no te equivoques, Alister. Si me traicionas, te haré sufrir —advirtió Devyáty, inconscientemente usando una frase que le había oído a Abyss Claw.
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Editado: 25.02.2026