Portadores del rencor

Capitulo 11: La mente despierta

Russell arrastró a Haildann desde el estante hasta la pared, sus dedos hundiéndose en el cuello del coronel como garras de acero. Los ojos rojos del joven brillaban con un odio que no le pertenecía, uno que llevaba años fermentando en las sombras.

—¿Recuerdas esta sensación, Haildann? —La voz de Russell se distorsionó, mezclándose con un susurro familiar que heló la sangre del coronel—. El frío de la cadena que te colgué hace diez años… y que nunca lograste romper. ¿En serio creíste que podrías mantener el sello sin la ayuda de Dein?

—¡¿Qué?! ¡No puede ser verdad! ¡No eres más que un espectro! —rugió Haildann, escupiendo sangre. Con un movimiento rápido, trazó un círculo en el aire con sus dedos libres. Un repentino estallido de energía obligó al joven a retroceder.

El hechizo envolvió a Russell, inmovilizándolo por un instante; la energía paralizaba sus músculos. Haildann jadeó, aprovechando para crear distancia. No podía ser descuidado: aquella fuerza era capaz de pulverizar huesos en un instante. La entidad sonrió con los labios de su hijo.

—¿Hacerme pagar? Yo soy tu castigo, Coronel Haildann. —La voz resonó como un coro de susurros—. ¿Qué se sentirá morir por un hechizo que tú mismo enseñaste? ¡Elemento puro! ¡Desgarrador de almas! —recitó el ente que poseía a Russell, mientras apuntaba con su mano, de la que emanaba una luz blanca crepitante con destellos rojizos.

Sin embargo, nada ocurrió. Las marcas en el cuerpo del joven parpadearon enrojecidas por un instante.

Haildann rió con amargura, limpiándose la sangre que brotaba de su labio.

—¡Hmph! Subestimas el poder de mi sangre. La magia de mi hijo es demasiado refinada para que un parásito como tú la domine tan rápido.

La entidad gruñó y se lanzó al ataque con velocidad sobrehumana. Haildann esquivó con maestría, pero un golpe lo alcanzó en el costado, haciéndole perder el aliento. No era fácil lidiar con tal velocidad en un espacio cerrado.

—La magia de tu hijo es… molesta. Pero su cuerpo es fuerte.

El coronel se abalanzó hacia el escritorio, buscando la daga que siempre guardaba allí. No quería lastimar a Russell… pero tal vez era la única forma de liberarlo. Contraatacó con la daga, pero desvió la hoja en el último segundo, rajando solo la manga del joven. Sus sentimientos le jugaban en contra.

—¡He tenido suficiente! ¡No escaparás de aquí! ¡Círculo de luz reveladora! —Haildann invocó un muro de electricidad entre ellos, un cilindro de energía que encerró al joven rubio de ojos rojos. El aura de Russell chisporroteó al contacto, pero en lugar de retroceder, se acercó lentamente, sin importarle las quemaduras.

—¿O qué? ¿Me matarás? Yo ya estoy muerto, después de todo. —La entidad se burló mientras avanzaba. El cabello y la ropa de Russell comenzaron a incendiarse—. Creo que te estás quedando sin opciones.

Haildann maldijo y disipó la barrera. Con un salto imposible, Russell cruzó la habitación y escapó por la ventana. El coronel corrió hacia el vidrio roto, pero solo vio una sombra perderse entre los tejados.

—Lo encontraré… —prometió, golpeando la pared con una mezcla de frustración y rabia—. Y te arrancaré de él, pase lo que pase. Esta vez para siempre.

Lejos de la pesadilla, el sol matutino filtrado por las persianas iluminaba el desordenado taller de Alister. El joven albino ajustaba su máscara de gas por tercera vez en cinco minutos, mientras Devyáty lo observaba con creciente fastidio.

—Realmente, esto no me genera ninguna confianza —murmuró él, evitando su mirada.

—¡Ya, hazlo de una vez! —exclamó ella, impaciente—. ¿Cómo vas a hacer tus supuestas pruebas si no me quitas el brazalete de inhibición?

Alister se sobresaltó, pero asintió y procedió a retirarle la restricción a la joven de cabello cobrizo.

—Bueno, comencemos —dijo, ajustándose nuevamente la máscara—. Coloca tu mano aquí. Nos ayudará a entender la naturaleza de tu magia. —Señaló un dispositivo compuesto por un orbe de cristal conectado a varios artefactos y un monitor.

Devyáty, con determinación, apoyó su palma sobre la esfera. El objeto comenzó a brillar con una tenue luz rojiza mientras la pantalla mostraba gráficos que Alister estudiaba con atención.

De repente, algo inesperado ocurrió. La bola de cristal se tornó rojo incandescente y luego gris siniestro. Los aparatos comenzaron a humear.

—¡Alister! —gritó Devyáty, retirando la mano al sentir que se quemaba, una sensación rara para una usuaria de fuego. Los equipos se sobrecalentaron violentamente, y la pantalla se llenó de ventanas de error.

El joven investigador se quitó lentamente la máscara. Devyáty notó que sus ojos vidriosos amenazaban con derramar lágrimas.

—Dejando de lado que acabas de arruinar un aparato que me costó una fortuna… esto es muy interesante —comentó Alister, tratando de disimular su frustración. Su expresión se tornó seria—. Ya… sospechaba esto. Por eso me interesé en tu caso.

—¿Acaso querías que dañara tus cosas?

—¡Olvídalo! —Alister evitó su mirada—. Dime, Devyáty… ¿Mataste a un dragón?

—Así es. Ahora dime a qué quieres llegar. —Dijo la joven, cerrando los ojos para disimular la culpa que ellos reflejaban.

—Tu maldición… no es solo por haber matado a un dragón —Alister la miró con una mezcla de lástima y temor—. Es el rencor acumulado de todos los dragones que él asesinó. Y ahora… te usará a ti para volver.

—¡¿Qué?! ¿De quién demonios hablas?

—Hablo del hombre que casi destruye este país hace once años. El mismo que el ejército declaró muerto hace una década. El General Zakwell Remain. —Aclaró el chico de lentes redondos, mientras sentía un punsante dolor de cabeza. Un vestigio de la magia de magia de su hermano, que constantemente trataba de consumir sus recuerdos.

Devyáty sintió que el suelo cedía bajo sus pies. ¿Era esto una broma del destino? Cada paso que daba convertía su error en una bola de nieve más grande que su propia existencia.




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