Portadores del rencor

Capitulo 13: El choque

Teerla siempre se había percibido a sí misma como una pieza más en el rompecabezas de la vida de los demás. No una pieza cualquiera, sino una sin la cual la imagen completa no podía entenderse del todo. Esa creencia la había ayudado a sentirse útil, necesaria... parte de algo. Pero ahora, se sentía como una pieza que se había caído detrás de un mueble pesado. Olvidada. Irrelevante. Nadie se molestaría en mover ese mueble.

El zumbido apagado del motor, mezclado con los chirridos de los amortiguadores al superar baches profundos, era lo único que rompía el silencio dentro del vehículo blindado de la policía. La cabina metálica vibraba levemente, como si todo el entorno respirara en tensión contenida. Dos agentes vigilaban a las seis prisioneras, cada una ataviada con un collar inhibidor de magia.

No eran criminales comunes. Todas estaban allí por ser demasiado violentas o demasiado poderosas. En algunos casos, ambas cosas. Los oficiales apenas disimulaban su nerviosismo. Uno de ellos revisaba constantemente el panel de control que monitoreaba la energía mágica contenida en los collares. Cualquier fluctuación podría ser una señal de emergencia.

Teerla, sentada junto a la ventana blindada, tarareaba una melodía apenas audible. Una vieja canción de cuna. Su voz era un murmullo tembloroso, más un consuelo para sí misma que un intento de romper el silencio.

—¡Ey, guarda silencio! —gruñó uno de los guardias, con más miedo que autoridad. El tipo de miedo que se disfraza de dureza.

Ella alzó la mirada, sorprendida.

—Disculpe, no era mi intención —susurró, bajando la vista. Se limitó a apretar las manos sobre sus rodillas, sin volver a emitir sonido alguno.

Un par de asientos más atrás, una joven de cabello castaño y una cicatriz en la boca giró ligeramente el rostro. Su nombre era Nissa. No tenía apellido registrado, solo un expediente lleno de líneas rojas. En su mano ocultaba una pequeña piedra que quién sabe de dónde había agarrado.

No necesitaba hablar. Sus ojos hablaban por ella: observaban cada movimiento, cada detalle. Buscaban un descuido. En su mente, ya había ensayado cómo lanzar aquella piedra con precisión quirúrgica a los ojos de uno de los oficiales. Sin ninguna intención, solo para aliviar el aburrimiento. Aunque aún no se decidía si agredir a un oficial o a alguna de esas prisioneras de mirada repugnante.

Pero el aburrimiento pronto terminó.

Un sonido distinto, lejano pero alarmante, se coló desde el exterior. Gritos. Cortos y Agudos.

El guardia que había gritado antes se incorporó de golpe y golpeó con los nudillos una pequeña ventanilla corrediza que lo comunicaba con el conductor.

—¿Qué demonios pasa allá adelante?

La ventanilla se abrió con un chirrido.

—Civiles —respondió la voz del conductor—. Están corriendo como si el algo los persiguiera. Ya alerté a la estación. No te preocupes. Seguimos adelante. Llevamos un paquete muy importante.

Teerla sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No por las palabras, sino por el tono con el que fueron dichas; uno indiferente.

En ese mismo instante, el panel de control de los inhibidores parpadeó. Una pequeña luz roja titiló por una fracción de segundo. El guardia que lo supervisaba frunció el ceño, tocando el dispositivo con los nudillos.

—¿Viste eso? —preguntó a su compañero.

—Probablemente un error de lectura. A veces pasa; el sistema es viejo. Concéntrate.

Nissa sonrió, apenas. No porque lo que ocurría le causara gracia, sino porque reconocía el olor del caos antes de que llegara. Y ese olor, esa tensión eléctrica en el aire, le era tan familiar como su propio reflejo.

Teerla, sin saber por qué, levantó la mirada hacia el cielo gris que apenas se filtraba por el vidrio blindado. La canción en su cabeza se detuvo.

Un estallido sordo, brutal, hizo que todo dentro del transporte temblara.

No fue una explosión. Fue el crujido seco del metal contra metal. El sonido de un choque violento seguido del chirrido agudo de unos frenos desesperados, demasiado tarde para evitar la tragedia.

El vehículo que lideraba la caravana —otro transporte blindado de la policía— acababa de colisionar de frente con una camioneta 4x4 que venía a toda velocidad por la vía contraria. Nadie entendía por qué. No hubo aviso, no hubo tiempo. Solo un impacto que sacudió los cimientos del asfalto.

—¡Mierda! ¿Qué... está pasando aquí? —fue todo lo que alcanzó a decir el conductor antes de frenar bruscamente, con las manos temblorosas sobre el volante.

Ambos oficiales descendieron de inmediato, tras notificar a la central por radio. Sus botas resonaron con urgencia sobre el pavimento mientras se acercaban a la camioneta volcada. El motor todavía chisporroteaba, y uno de los faros lanzaba destellos intermitentes.

En el asiento del conductor, un hombre ensangrentado murmuraba con dificultad, con la mirada perdida entre los restos del parabrisas estallado.

—Vienen... bajo tierra...

Fue todo lo que logró pronunciar antes de perder el conocimiento. Su cabeza cayó hacia un lado, dejando un rastro de sangre sobre el respaldo roto.

—¿Quiénes vienen? ¿Qué demonios quiso decir? —preguntó uno de los guardias, mientras intentaba forzar la puerta del vehículo destruido.

No hubo respuesta.

Solo un silencio sepulcral.

Luego, el sonido. Un crujido, profundo y vibrante. Como si algo debajo del asfalto respirara.

El suelo tembló.

Y se abrió.

Sin advertencia, la tierra se partió en dos, devorando sin piedad el vehículo accidentado. Uno de los guardias, que intentaba sacar al conductor, quedó colgando del borde recién formado, con las botas raspando el vacío. Por puro reflejo, se aferró al borde astillado del pavimento.

—¡Dame la mano! —gritó su compañero, tirándose de rodillas para sujetarlo.

Con un impulso desesperado, el guardia atrapado estiró el brazo hacia la ayuda que se le ofrecía. Por un momento eterno, solo sus respiraciones agitadas rompían el silencio, el abismo rugiendo bajo ellos como una bestia hambrienta.




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