La tensión en el ambiente casi se podía palmar con las manos. Pantallas táctiles iluminaban rostros pálidos mientras datos fluían en cascadas de texto y gráficos. En una pared principal, un mapa holográfico de la ciudad de Unert latía con puntos rojos, cada uno representando una concentración de energía mágica anómala, no humana o artificial. En otras palabras, monstruos.
—Señor, las lecturas superan todos los parámetros históricos —el funcionario, un hombre joven con gafas de montura fina, señalaba el mapa con un puntero láser tembloroso—. Los ataques se multiplican geométricamente. Hace treinta minutos teníamos diecisiete focos activos. Ahora tenemos cuarenta y tres.
El oficial al mando, un veterano de pelo entrecano y cicatrices que le cruzaban el rostro como un registro de batallas pasadas, observaba la pantalla con los brazos cruzados. Su mirada reflejaba un miedo que combinaba con su apariencia.
—Esta magnitud... —murmuró, su voz grave cargada de un peso que solo los años en el frente podían dar—. No se veía desde antes de que existiera la FEP, cuando el ejército regular aún intentaba contener las bestias sin ninguna metodología clara.
Un segundo empleado se acercó, una tablet brillando en sus manos.
—Se han desplegado todos los escuadrones disponibles de élite, señor. Los identificados por sus capitanes: Raida Crossbane, Abyss Claw; Arkhan Reichmall, Armed Wraith; Lindha Rousso, Red Weasel; y Rakiel Viczarrys, Eternity.
El nombre de Crossbane hizo que el veterano frunciera el ceño.
—¿Crossbane? Los rumores dicen que está herido de gravedad. Contaminado.
—Los rumores son rumores, señor. Su escuadrón ha confirmado el despliegue.
El oficial soltó un bufido.
—Ese no es el tipo de hombre que se queda en cama por unas heridas. Si puede ponerse de pie, estará en la línea de fuego. Lo conozco. La pregunta es... ¿en qué estado estará?
En uno de los puntos que se podían ver titilar en el mapa, dentro del vehículo blindado, el mundo se había inclinado en un ángulo surrealista. El olor a sangre, aceite y algo más profundo, a tierra revuelta y podredumbre, llenaba el espacio reducido. Teerla, atrapada contra lo que antes era una pared lateral, ahora suelo, jadeaba. A su lado, Brash, la otra prisionera, maldecía entre dientes mientras intentaba liberar un brazo atrapado bajo un asiento desprendido, su cabello rojo y ondulado parecía erizarse por el dolor.
Nissa, en cambio, estaba extrañamente serena. Sentada contra lo que había sido el techo, sus ojos oscuros estudiaban a Teerla con una intensidad que iba más allá de la curiosidad.
—Desde la primera vez que te vi en esa celda —comenzó Nissa, su voz contrastaba con el caos exterior de rugidos y cristales rotos—, pude sentirlo. Un poder mágico que se desbordaba. Como un río a punto de romper su presa.
Teerla la miró, confundida.
—¿Qué... qué dices?"
—Quiero decir que hablarte, quedarme cerca, no fue casualidad, Teerla. Y que estuvieras en ese transporte, junto a nosotras, las "más peligrosas", tampoco fue un error administrativo —con movimientos deliberados, Nissa se subió las mangas de su uniforme naranja. Bajo la tela áspera, no llevaba uno, sino dos gruesos brazaletes de metal oscuro, entrelazados con runas pulsantes de un rojo opaco. Inhibidores de nivel máximo—. Estabas aquí porque alguien, en algún lugar, sabía que eras útil, o quizás una amenaza. Es imposible verlo entre la maraña de corrupción que envuelve este país.
El sonido de garras raspando el exterior del vehículo se hizo más fuerte, más urgente.
—Nissa, ¿qué haremos? —preguntó Brash, con voz ronca.
—Todo lo que necesito es algo de tiempo —dijo Nissa, sin apartar la vista de Teerla—. Estos brazaletes... son un diseño especial. Para magos de nuestro nivel. La policía es estúpida, tú merecías un nivel de restricción igual, que bueno que no lo pensaron. Si hubieras decidido escapar no te hubieran podido detener. Necesito quitarme al menos uno para liberar mi magia. ¿Me darás el tiempo que necesito?
Teerla palideció.
—¿Yo? ¡Nunca he hecho algo así! ¡En vida he peleado con un monstruo! La única experiencia que tengo es en prácticas, contra Devyáty, y siempre...
—¿Perdías? —completó Nissa, sin un ápice de burla—. Porque Devyáty, tu amiga, por lo que sé, tiene magia dedicada casi exclusivamente para combates uno a uno. Pero tú, Teerla... tú tienes algo diferente. No fuerza bruta, sino... sofisticación. Control fino. Sé que estás aquí porque dormiste a un vecindario completo sin problemas. Lo siento, pero tendrás que dejar de pretender ser débil.
Hablar de sus mayores inseguridades, en voz alta en ese lugar de horror, actuó como un golpe directo al pecho de Teerla. Todas las emociones que había contenido tras las rejas (el miedo, la culpa, la desesperación por su amiga desaparecida, la rabia por su propia impotencia) brotaron a la superficie en una oleada cálida y dolorosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de miedo, sino de una furiosa determinación.
Apretó los dientes, sintiendo cómo algo se alineaba dentro de ella. Una decisión.
—Está bien —dijo Teerla, su voz dejó de temblar—, Haré lo que pueda. Los protegeré a ustedes, a Brash y a ti, mientras encuentran cómo romper esos brazaletes. Pero... tendrás que darte prisa.
En ese preciso instante, un impacto masivo sacudió el vehículo. Un golpe sordo, bestial, que hizo que la estructura metálica crujiera y se desplazara varios centímetros. Luego, un sonido de metal desgarrado. Una de las criaturas, con garras como cinceles de obsidiana, había arrancado la escotilla superior que las otras prisioneras habían cerrado.
Un ojo enorme, lleno de malicia y hambre, asomó por la abertura. Parpadeo un par de veces, casi con curiosidad, quizá preguntándose el sabor de sus presas. Un hedor a carne podrida y azufre inundó el compartimiento.
Teerla no lo pensó. Se colocó entre la abertura y las otras dos mujeres. Extendió ambas manos. Sus dedos trazaron patrones en el aire, tan rápidos que dejaban estelas de vapor frío. Respiró hondo, y al exhalar, las palabras resonaron en las paredes de metal.
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Editado: 25.02.2026