Alister inhaló hondo, el círculo de teletransportación brillando bajo sus pies y los de Devyaty, hasta formar una geometría perfecta de luz pálida. La joven de cabello cobrizo solo conocía la magia de runas en las historias de su padre, pero prefirió no preguntar, por ahora.
—Listo —anunció, ajustándose los lentes—. Esto debería llevarnos a Unert.
—¿Cómo que debería? —Devyaty frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—Relájate. Solo tengo una duda antes de irnos —dijo él, ladeando la cabeza—. ¿Tienes algún hechizo para volar?
Ella parpadeó, desconcertada.
—¿Qué clase de pregunta es esa justo ahora?
—Tomaré eso como un sí —sonrió, ignorándola por completo.
La luz azul se disparó desde el círculo, envolviéndolos. El mundo se plegó como un espejo roto y, en el siguiente instante, el suelo desapareció bajo sus pies.
Devyaty sintió viento frío azotarle el rostro mientras un mar de nubes la cubría. Por un segundo no entendió qué pasaba, creyó que aún estaba bajo los efectos del hechizo; luego, el aire se aclaró. Unert se extendía debajo de ellos, mucho más abajo de lo que cualquier caída humana podía perdonar.
—¡ESTÁS LOCO! —gritó, con la garganta ardiéndole. La presión del aire casi no la dejaba hablar.
La ciudad ardía. Columnas de humo negro se elevaban, edificios enteros colapsaban entre destellos de explosiones.
Alister flotaba a su lado, no volando realmente; su tranquilidad al estar sentado, con las piernas cruzadas mientras caía, lo hacía parecer así.
—Verás —comentó, con una calma que resultaba ofensiva—, si no puedo ver con exactitud el lugar, el teletransporte se vuelve impreciso. Podríamos aparecer un par de metros sobre una calle… o diez metros bajo tierra, fusionados con la roca. Eso suele ser… desagradable. Bueno, mortal.
—¡¿Y tu brillante solución fue lanzarnos desde LAS NUBES?! —escupió Devyaty, atragantándose de rabia. Giraba violentamente en el aire sin poder hallar el equilibrio.
—Piensa lo que quieras... pero esta era la opción segura.
Ella solo empezó a insultarlo con todo lo que tenía.
—¡Cuando llegue abajo te juro que te voy a…!
Alister solo sonrió.
—Nos vemos abajo.
Y desapareció. Solo. El viento rugió en sus oídos, tirándole el cabello hacia arriba; la presión le arrancaba el aire de los pulmones.
—¿Cómo demonios saldré de esta sin fuego? —pensó.
La parte racional de su mente gritaba que quemar maná en un hechizo de vuelo elemental era la solución más sencilla. Pero tomar la solución más sencilla había sido la descripción perfecta de todos sus errores hasta ahora.
Con el suelo acercándose a una velocidad aterradora, tomó la decisión más absurda que se le ocurrió.
—Bien. Espero que mis huesos resistan.
Invocó una espada larga. No de fuego, sino de acero conjurado, tan sólida como la necesidad de seguir con vida. El filo se materializó en su mano con un destello sobrio, propio de la magia de su hermano, sin llamas. Forzó su cuerpo a girar en caída libre hasta que la pared de un edificio alto ocupó todo su campo de visión. Las ventanas rotas y los fragmentos de vidrio suspendidos en el aire le pasaron rozando el rostro.
—Si fallo esto…
Gritó y clavó la espada contra el muro.
El impacto casi le dislocó el hombro. Conjuró una armadura maltrecha que amortiguó el golpe e impidió que la articulación se rompiera. Chispas y fragmentos de concreto se dispararon en todas direcciones mientras la hoja rasgaba el edificio, abriendo una zanja vertical. El metal chilló, la fricción quemó la empuñadura contra sus palmas, y su cuerpo fue arrastrado hacia abajo, frenando a tirones brutales.
La espada se rompió: la carga superó la resistencia del material.
La ciudad en ruinas giraba a su alrededor. Sintió el calor de incendios cercanos, el olor a plástico derretido, carne quemada y polvo. Los gritos, que antes se oían lejanos, ahora eran nítidos: auxilio, órdenes, rugidos inhumanos.
La velocidad disminuyó lo suficiente. En un acto desesperado, Devyaty soltó la espada rota y se lanzó en un salto hacia un balcón medio destrozado. Golpeó la baranda con el pecho, rodó, se golpeó la rodilla y acabó de espaldas en el suelo del piso, jadeando. Incluso su ropa estaba rasgada.
Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración agitada. El edificio tembló por alguna explosión lejana.
—Estoy viva… —susurró—. Estoy viva. Y cuando encuentre a ese desgraciado…
Se incorporó con dificultad, apoyándose en la baranda. Desde esa altura, Unert se mostraba como un infierno vivo. Una torre, a varias cuadras, colapsó sobre sí misma. Ráfagas de magia de distintos colores se cruzaban en el aire, chocando con destellos violentos. La FEP estaba en las calles.
No tenía tiempo para quedarse mirando.
Bajó como pudo por los restos de una escalera interior que crujía con cada paso, saltando tramos derrumbados, esquivando cables colgantes y trozos de techo. El humo se filtraba por todas partes, haciendo que sus ojos ardieran. Cuando por fin salió a la calle, las sirenas se perdían entre un estruendo constante de colapsos y explosiones lejanas.
Y allí estaba él.
Alister la esperaba, apoyado con naturalidad contra el capó de un coche destrozado, como si la ciudad no estuviera cayéndose a pedazos. Se había teletransportado hasta un punto relativamente despejado de la calle, justo bajo donde ella había descendido.
—Llegaste entera —comentó, alzando una mano a modo de saludo—. Evaluando las probabilidades, eso es bastante impresionante.
Devyaty caminó hacia él con el ceño fruncido y los puños apretados, cada paso resonando como la promesa de una golpiza inminente.
—Te juro que si vuelves a hacer algo como eso, no va a quedar nada de ti —sentenció.
Alister la observó en silencio unos segundos, la mirada recorriendo su estado: ropa rasgada, manos enrojecidas, polvo cubriéndole el rostro.
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Editado: 25.02.2026