Posdata...

II

 -Everad ha de ser controversial lo sé... pero has de saber que no me gustase que pagases lo que he de utilizar solamente yo.-

  -Adelaine eres mi novia, puedo pagar por ti lo que desees, si tan solo no te rehusaras- Me recriminaba él. Los días pasaban y el gran momento se acercaba pero ninguna tripulación quería pasar por esos mares ignotos ni orientar tal viaje con un fin desconocido, vamos, que era una excursión a la muerte misma, palabras de los capitanes.

 -Acompáñame si lo deseas a la bahía, ahí buscaré barcos que descansen, serán pequeños, pero tendrán gran utilidad- Le ofrecí

 -Claro que sí, no tienes ni que espetar tal cuestión sabiendo que el reparo será siempre un "si"-

 -Gracias por estar conmigo en todo esto Everad-

 Me tomó de la mano suavemente y con sutileza me dio un casto beso en los labios, en medio de la carretera las parejas no estatuían más cariño del que era correcto, aunque nosotros siempre éramos así innecesariamente de lo estipulado o no.

 Caminamos de la mano por largas calles de piedra, las personas venían e iban de un lugar a otro amontonándose con sus largos vestidos y trajes perfectamente relucientes, las mujeres llevaban sombreros elegantes que las cubría del brillante sol, pero no podría vestir algo así y evitar que el sol caliente mi rostro. Eso explicaba el color de mi piel y el cándido de ellas.

 -Aquí hay uno, permíteme hablar con ellos- Me avisó Everad

 Bajó por una escalerilla hasta llegar a la entrada de un descuidado barco con un niño fuera, el barco era el más grande y el que parecía que más experiencia contenía pues estaba bastante roto a sus lados, símbolo de largos viajes por el mundo.

 Le seguí, también quería ver que tenían para mostrar, sosteniendo mi vestido arremangándolo descendí. Aquel chico rubio me dio un asentamiento de cabeza y entre por la puerta siguiendo a mi pareja.

 -Señor ese viaje no traerá ventura si me permite decir- Le comenta un señor alto con larga barba negra y arrugas a los lados de sus ojos y boca, aparentaba vejez pero grandes conocimientos que podría proporcionar, me agradaba.

 -El mar en esas coordenadas no han sido percibidas con totalidad- Decía otro hombre con los brazos en su espalda, demostrando sabiduría y elegancia a la par.

 -Os comento señores- Hablé saliendo detrás de Everad -Que ustedes han de tener razón, pero ¿qué será de la ventura si no se va tras ella? ¿acaso sabéis lo que hemos de encontrar? Si es que tengo razón, un descubrimiento así cambiaría la perspectiva de como has dicho, la totalidad de los mares; podremos conocer a fondo y quien sabe, quizás una isla maravillosa a la vez.- Peroraba con altivez y confianza, sabía de lo que hablaba; este era el momento perfecto para convencerles y haría lo que fuese necesario.

 -Tenéis tiempo para pensarlo- Proclamó Everad- Una semana, para partir si os decidís les dejaré mi dirección, apareceos a la hora que apareceos ahí estaré para atenderles-

 Y esa fue la última palabra que pronunció, nos alejamos de allí con esperanzas y estas no se rompieron pues esa misma noche, aceptaron aquel arriesgado trato.

 Aquí estoy, dos semanas después, esperando para comer con estos hombres que tan bien me han caído.

 -Oh Adelaine, ¿Qué exquisitez has preparado? -Preguntó Francis siendo él, el primero que se sentó en la mesa.

 -Sentaos y probad, lo he preparado con amor, espero que sea de su agrado-

 Y tras un gran bocado el señor Íñigo comentó -Esto es delicioso, no entenderé como podrías comer lo que hemos cocinado, recordando con la calidad que has de preparar tus platillos-

 -Oh Don Íñigo, no se desvalorice si su comida es digna de un manjar-

 -¿Adeleine podré atreverme a preguntarle algo si me lo permitieras?-

 -Claro que sí Alexander, pregúntame-

 Se puso erguido en el asiento, vergonzoso también y preguntó con desconfianza -¿Por qué razón has hecho tan importante viaje sola?- Preguntó. En mi mente viajaron recuerdos que iban de acá para allá, siendo que solo miraba a la mesa, los chicos en frente de mí comenzaron a mirarse y preguntarse el porqué de mi repentino bajo de humor.

 -Oh Alexander, creí que solo me aprovecharía de Everad si le pedía que me acompañase, él tiene una vida que cuidar y pedirle tal acto me sentaba egoísta- Me limité a responderle simplemente, pero ahora Francis, curioso, fue más allá.

 -¿Sus padres señorita, no querían?- Me preguntó y le miré, su carita prodigaba curiosidad por cada poro de su rostro y no pude no responderle.

 -Veréis mi padre ha caído enfermo hace unos años, la tristeza le ha consumido con el paso de los años por mi madre... y mi madre, mi madre desapareció cuando tenía seis años. Su rostro se me vuela de la mente con cada día que pasa y temo que jamás recuerde sus ojos mieles-

 -Mi niña- Me decía el señor Íñigo tomándome de la mano por sobre la mesa -he visto partir tanta gente así como a mi esposa- Miró a su hijo con ternura y esa sensación de entender lo roto que está el corazón por la perdida sufrida solo se comparte con los que lo han vivido y por lástima Francis le correspondió a su mirada, entendiéndolo.

 -Los que se nos van, se escapan de nuestros toques terrenales, nosotros, incapaces de sentir de nuevo su calor, de respirar su olor, o de ver sus ojos- Continúo con toda su atención puesta en mí -nos sentimos en un constante augurio por su memoria y recuerdos que no se acumularán, pero están aquí, os verán a cada uno de ustedes en sus días más memorables y os acompañarán en los días más tristes, esos en los que no saben si seguir, os darán un pequeño empujón para que los continuéis y no olvidéis de caminar; ellos siempre están.-

 Su dicción nos afligió con tanto amor y tristeza recordando todos a una persona que no tenemos aquí, que lágrimas se estrellaban contra la vieja mesa creando un ambiente melancólico por donde se viese.




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