Postmortem

Capítulo 2: Rigor Mortis

1

Tim Rogers, empleado de la funeraria, contemplaba el cadáver de Joe Materson con una mezcla de asombro y curiosidad. Fruncía ligeramente la ceja, incapaz de dar pleno crédito al relato de Carl Donovan.

Había ingresado por la puerta destinada a la salida de los cuerpos que iban rumbo a la funeraria o, en algunos casos, directamente al cementerio.

Al cruzar el umbral, recorrió un largo pasillo frío y sombrío, revestido de cerámica beige oscura, cuya disposición le evocaba un bosque de árboles muertos con troncos erguidos, desnudos, privados de hojas y del verde que alguna vez los distinguió. A mitad del trayecto, el olor penetrante del hipoclorito de sodio —con el que se lavaban con frecuencia las paredes del recinto— invadió sus fosas nasales. Le provocó una reacción inmediata. Una leve alergia y una irritación persistente en los ojos le provocó cierta incomodidad.

Por más que lidiara a diario con aquel químico y con otros similares, no lograba adaptarse del todo a lo que él llamaba, en silencio, los disfraces de la muerte. Sacó un pañuelo del bolsillo y se frotó los ojos con cuidado, intentando mitigar la molestia. Luego retomó su camino.

Al final del pasillo giró a la derecha y, a pocos metros, se encontró con la entrada a las estanterías donde se almacenaban los cuerpos que aún no habían sido reclamados; aquellos que no podían ser sepultados por órdenes judiciales pendientes, que esperaban estudios más exhaustivos o que simplemente no estaban programados para ser recogidos.

Esta vez, el olor era distinto. El formol lo recibió como un golpe seco. Y aunque llevaba más de dos años en el oficio —trasladando muertos, asistiendo en funerarias y colaborando en procesos de tanatopraxia—, seguía siendo un aroma al que no conseguía acostumbrarse. No importaba cuánto tiempo pasara allí. Aquel hedor tenía algo definitivo y de cierta forma, siniestro.

Era, en esencia, el olor de la muerte.

Vio que la puerta estaba cerrada y se asomó por la ventanilla, pero no encontró a nadie al otro lado. Echó un vistazo a izquierda y derecha, sin hallar rastro alguno de presencia humana.

— ¿Dónde están todos? —se preguntó.

La pregunta quedó suspendida en el aire y, como era de esperarse, no obtuvo respuesta.

La situación le resultó curiosa y, hasta cierto punto, divertida. Imaginó que podía tratarse de algún tipo de broma; pensó que, en cualquier momento, varios empleados de la morgue saltarían de sus escondites para darle un susto de muerte.

—Hola… —dijo en voz alta, casi sin proponérselo, pero el silencio, largo y siniestro, fue la única respuesta.

No escuchaba nada más que los latidos de su propio corazón, cada vez más fuertes y regulares. Sus pulsaciones se aceleraron y comenzó a sentir una presión incómoda en la cabeza. Se llevó la mano izquierda a las sienes y empezó a masajearlas lentamente. En la derecha sostenía la tabla portapapeles con las planillas de información de los fallecidos que debía recoger para llevar a la funeraria, junto con el cronograma que estaba obligado a cumplir al pie de la letra. Sin embargo, ese día solo tenía una tarea asignada: recoger el cuerpo de Joe Materson, por solicitud expresa de la viuda.

Había atendido personalmente la llamada. Al otro lado de la línea, una mujer que acababa de perder a su esposo solicitaba los servicios de la Funeraria Nueva Vida con una serenidad que le resultó inquietante. Rogers respondió porque la recepcionista había pedido permiso y no se encontraba en su puesto.

Aquello lo había irritado más de lo habitual. No solo debía conducir uno de los tres coches fúnebres de la funeraria, sino que además asistía al único técnico profesional en tanatopraxia de Nueva Vida. Tener que contestar llamadas, hacer de recepcionista y encargarse de otros oficios menores no le causaba ninguna gracia.

Y no era que le molestara responder teléfonos, ni el contacto directo con los muertos. Además, debía manipularlos, limpiarlos, vestirlos o incluso maquillarlos cuando era necesario. Lo que realmente lo incomodaba era una certeza persistente y amarga; pues sentía que no le pagaban lo suficiente.

En la llamada, la mujer había manifestado que su esposo acababa de fallecer y que su cuerpo se encontraba en el Hospital La Salle. Solicitó el paquete Plus, que incluía el transporte del fallecido desde la morgue hasta la funeraria, y de la funeraria al cementerio; arreglo y preservación del cuerpo; un ataúd con las medidas requeridas; una sala de velación; asesoría en los trámites legales, como el certificado de defunción y la licencia de cremación; y, por último, una urna para las cenizas.

Rogers tomó nota de cada uno de los servicios solicitados y escuchó cómo la mujer insistía en la celeridad de todo el proceso. Anotó los datos del difunto y el nombre de la morgue donde debía ir a recogerlo. Aquella morgue, ubicada muy cerca del Hospital La Salle, era la más frecuentada por la funeraria en la que trabajaba. Conocía a varios patólogos del lugar y había sido testigo de cómo algunos, tras ser despedidos, buscaron empleo en otras morgues de la ciudad.

Conocía a Carl Donovan desde que comenzó a trabajar en la funeraria, y le alegró saber que aún conservaba su puesto. Rogers sentía que aquel forense lo trataba con respeto y que, además, solía ayudarlo cuando necesitaba una mano para mover los cuerpos.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 05.03.2026

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