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25 HORAS ANTES DE LA AUTOPSIA.
La luz de la mañana se deslizaba lentamente por los cristales de los cuatro niveles de la mansión Materson, descomponiéndose en reflejos pálidos que apenas lograban disipar el aire sombrío del lugar. Desde el exterior, la casa parecía inmersa en un letargo perpetuo, como si aún durmiera junto a sus habitantes. El frío otoñal se infiltraba por los resquicios de las ventanas mal selladas, serpenteando por los pasillos silenciosos, mientras las vigas de la estructura crujían con más ahínco de lo habitual, produciendo una cadencia irregular que llegaba hasta los oídos adormilados de Joe Materson.
Aquel sonido —una mezcla de madera fatigada y viento colándose entre las paredes— se fusionaba con el murmullo lejano del televisor que había quedado encendido durante la madrugada. Joe se había quedado esperando a su esposa después de una de las frecuentes reuniones nocturnas que ella organizaba. Para distraerse, veía un programa de televisión sobre dos agentes que intentaban resolver un asesinato particularmente enigmático, siguiendo pistas borrosas y testimonios contradictorios.
Olivia le había pedido que se adelantara a la habitación mientras ella despedía a los invitados. Le aseguró, con una sonrisa cansada, que no tardaría y que pronto lo alcanzaría para cumplir con sus deberes conyugales. Joe no había discutido. Estaba acostumbrado a ese tipo de promesas aplazadas. Se acomodó entre las almohadas y esperó con paciencia, escuchando el vaivén de voces apagándose poco a poco en la planta baja.
Pero ella nunca llegó.
El programa de los investigadores terminó sin que Joe lograra recordar quién era el culpable. Sus párpados se volvieron pesados cuando comenzó el siguiente espacio. Un documental que antecedía al bloque de crímenes. La producción estaba ambientada en Egipto y abordaba los mitos y verdades en torno a los emperadores faraónicos, las momias y los rituales funerarios. La voz del narrador explicaba cómo los cuerpos eran sepultados con todo aquello que necesitarían en la eternidad: oro, joyas, mascotas, sirvientes y, en ocasiones, esposas; todo ello tras un meticuloso proceso de embalsamamiento y vendaje que los dejaba completamente cubiertos, convertidos en figuras rígidas y eternas.
Joe observó con creciente interés una simulación virtual que los productores habían incorporado para enriquecer el relato. En ella se mostraba, con un realismo inquietante, la forma en que los cuerpos eran introducidos en los sarcófagos de piedra, sellados para descansar por siglos en cámaras mortuorias. La textura de las vendas, el tono oscuro de las resinas, la solemnidad del ritual; todo se fijó en su mente con una nitidez que le resultó inquietante.
Joe se quedó dormido en la mitad del programa.
En su sueño, se vio viajando a Egipto junto a su esposa. El calor del desierto lo envolvía desde el primer instante. Al llegar a El Cairo, el aire estaba cargado de arena y un olor seco, ancestral. Frente a ellos se alzaban las grandes pirámides, inmensas y silenciosas, proyectando sombras alargadas sobre el suelo. Joe sintió una atracción inmediata por una de ellas, como si algo en su interior lo llamara. Quiso entrar.
Olivia se lo impidió. Le decía que no, que allí dentro habitaba la oscuridad que tanto le aterrorizaba, una oscuridad que no debía ser desafiada. Joe le restó importancia. Le aseguró que no pasaría nada, que solo echaría un vistazo y que lo esperara en la entrada. Mientras hablaba, veía cómo su esposa comenzaba a alejarse, dándole la espalda sin discutir, hasta dejarlo completamente solo frente a la apertura de la pirámide.
A pesar de la inquietud que le recorría el cuerpo, dio el primer paso.
Al inicio del recorrido, se encontró con un pasillo largo y recto que terminaba en una bifurcación. La luz del sol aún penetraba lo suficiente como para iluminar parte del recinto, y varias antorchas, dispuestas a ambos lados del camino, proyectaban sombras temblorosas que parecían moverse por las paredes. Los jeroglíficos tallados en la piedra observaban su avance con figuras incompletas y símbolos que no lograba descifrar.
Decidió tomar el camino de la derecha.
Poco después, chocó con una pared lisa que se abría nuevamente en dos direcciones. Volvió a elegir la derecha, convencido de que así no se perdería. Sin embargo, conforme avanzaba, comenzó a distraerse con diferentes objetos que aparecían a su alrededor. Se encontraba con fragmentos de cerámica, pequeñas estatuillas y algunos recipientes cubiertos de polvo. Recordaba haber visto objetos similares en el documental, y esa familiaridad lo impulsó a desviarse, y a girar sin pensarlo demasiado.
Pronto olvidó su estrategia.
Cuando quiso regresar sobre sus pasos, ya no reconocía el camino. Las antorchas empezaban a debilitar su fuego, y algunas se apagaban por completo, sumiendo los corredores en una penumbra creciente. El silencio se volvió pesado y opresivo. Joe sintió cómo la desesperación comenzaba a apoderarse de él, acelerándole la respiración, mientras la oscuridad parecía cerrarse a su alrededor.
Sentía que el aire ya no llegaba a sus pulmones. Cada respiración era corta, incompleta, como si la pirámide misma le estuviera robando el oxígeno. Se veía a sí mismo corriendo por los corredores de piedra, avanzando sin rumbo por aquel entramado laberíntico que parecía cambiar de forma a cada giro. Las paredes se estrechaban, los pasillos se alargaban de manera antinatural, y la angustia crecía conforme comprendía que no había salida.
Editado: 05.03.2026