
1
10 HORAS ANTES DE LA AUTOPSIA.
Las voces le llegaban lejanas y confusas; parecían ruidos ininteligibles de algún idioma desconocido. Su cabeza era un torbellino de imágenes y le resultaba imposible distinguir si eran recuerdos o una de sus pesadillas recurrentes. Todo giraba dentro de su memoria. Intentó abrir los ojos, pero no pudo.
Se sentía desorientado. Trataba de darle forma a la confusión que danzaba en su mente, pero los pensamientos se atropellaban unos a otros sin orden ni lógica. El dolor en sus sienes era insoportable, punzante, casi eléctrico. Y al concentrarse en ese dolor llegó la primera revelación.
El arma.
La escena volvió con violencia: él llevando el cañón hasta la parte lateral de su frente; el dedo tensándose sobre el gatillo; la bala destinada a atravesar su cráneo… y el disparo que nunca ocurrió. El clic seco. El vacío.
¿Pero qué había pasado después?
La pregunta consumía las pocas fuerzas que le quedaban.
Otro recuerdo emergió.
Se vio sentado en el comedor del primer nivel de la casa, comiendo sándwiches y bebiendo whisky. Su rostro reflejaba incertidumbre, una tristeza espesa que parecía pegarse a la piel como sanguijuelas. Se preguntó si esa era realmente la imagen que proyectaba. Si alguien lo hubiera observado en ese instante, ¿habría visto la fractura que llevaba por dentro?
La escena cambió. La ducha, el vapor y Olivia.
Se vio haciendo el amor con ella, aferrándose a un instante de felicidad que ahora parecía ajeno. La química en su cerebro —endorfina, dopamina— hizo lo suyo, y una sucesión de recuerdos más luminosos se abrió paso. Olivia sonriendo el día de la boda, jurándole amor eterno mientras él aceptaba que su familia no estaría allí; el “sí” pronunciado con convicción absoluta; las noches frente a la chimenea, sobre el tapete, creyendo que el mundo terminaba en la piel de ella; la primera cita; el primer beso que Olivia tomó sin pedir permiso; la certeza, casi sagrada, de haber encontrado a la mujer que llevaba años buscando.
Luego todo empezó a distorsionarse y fusionarse a la vez. El lago, la pesadilla y el agua oscura.
Se vio otra vez frente a aquella superficie inmóvil, justo antes de haber ingresado al…
¿A dónde?
¿Dónde estoy?
Hizo un nuevo esfuerzo por abrir los ojos. Esta vez las voces se volvieron más nítidas. Ya no eran murmullos sin sentido. Distinguía palabras y frases y entonces escuchó su apellido.
— Materson
El nombre lo atravesó.
Un flash lo sacudió por dentro. Reuniones secretas; ritos con tintes satánicos; animales sacrificados; cánticos; el ritmo sincronizado de las palmas; el olor metálico de la sangre. Él, de pie, observando horrorizado cuerpos humanos y siluetas inmóviles sobre mesas frías.
Otro recuerdo se intercaló: el arma oculta bajo la túnica; la discusión con los hombres que custodiaban la entrada…
¿Entrada a qué?
¿A qué lugar?
La respuesta llegó de golpe.
Tiempo, modo y lugar. Como agujas clavándose en su cerebro.
Las escenas dejaron de ser fragmentos inconexos y se alinearon con brutal claridad. Él vistiendo la túnica; la nota de Olivia diciéndole que había llegado el momento; bajando las escaleras; cruzando el patio; enfrentando a los vigilantes; descendiendo al sótano; contemplando la escenografía de su propia condena.
Y luego… ¡Steve!
2
Abrió los ojos y se quedó contemplando el cielo raso del recinto. Todo era oscuridad, y la tímida luz de las velas apenas le permitió distinguir, en un primer intento, aquello que lo rodeaba. Un nuevo latigazo de migraña lo hizo retorcerse. Intentó llevar las manos a las sienes para aliviar el dolor, pero por alguna razón no pudo moverlas, por más que lo intentó.
Ladeó la cabeza con esfuerzo y, poco a poco, su visión se enfocó. Entonces lo vio. Varias personas recogían cuerpos aparentemente muertos, aunque su mente todavía luchaba por procesar lo que estaba presenciando. Los arrastraban por el suelo, dejando tras de sí un rastro oscuro de sangre que se extendía hasta un costado de la sala, donde comenzaban a amontonarlos junto a unos muebles volcados.
Cerró los ojos un instante y giró la cabeza hacia el lado contrario. Allí estaba Olivia. Un hombre, cuya figura le resultaba inquietantemente familiar, le vendaba la pierna derecha mientras ella contenía el dolor con el rostro crispado y lágrimas silenciosas deslizándose por sus mejillas. Algo en aquel hombre —su postura, la precisión de sus movimientos— le recordó al que le había aplicado la inyección antes de perder la conciencia.
Un poco más allá distinguió a Steve, su hermano, con el hombro envuelto en vendas. No había dolor en su expresión, sino furia. Proyectaba una tensión contenida que parecía exigir revancha.
Entonces los recuerdos regresaron, no como imágenes sueltas, sino como una embestida brutal.
Se vio desplomado sobre las escaleras que conducían al sótano. Recordó el instante en que descubrió que Steve también pertenecía a la hermandad, y que mantenía un amorío con Olivia. Aquella revelación lo había quebrado por dentro. Le había hecho perder el control. Sacó el arma que llevaba escondida con la intención de matar a su hermano, olvidando incluso el plan original de acabar con los miembros más influyentes de la sociedad secreta; aunque, de una forma retorcida, terminaron convirtiéndose en sus objetivos.
Editado: 05.03.2026