
1
Descendía.
No era una caída violenta, sino una entrega progresiva hacia las profundidades del lago. Se dejaba llevar por las luces que habían aparecido en el fondo del agua, allí donde minutos antes había luchado con una fiereza casi animal contra las criaturas que intentaron hacerlo caer de la barcaza. Ahora ya no había resistencia.
Los dos círculos incandescentes atraparon sus ojos. En ellos creyó distinguir algo más que claridad: vio una promesa. La salvación que había anhelado desde que descendió por el prado que, instantes después, estalló en refulgentes llamaradas obligándolo a lanzarse al agua. Atrás quedaba la batalla agitada por sobrevivir y las brazadas desesperadas tratando de alcanzar aquella orilla que parecía tan cercana y tan posible.
Todo eso empezaba a sentirse remoto.
La lucha frenética remando en la embarcación, golpeando cualquier cosa que no estuviera hecha de madera, le parecía ahora una escena desvaída, como si hubiesen transcurrido horas, o como si perteneciera a una de esas pesadillas que su mente sabía fabricar con precisión cruel. La memoria comenzaba a desprenderse de él.
Joe Materson extendió las manos hacia el brillo del fondo del lago. Quiso tocar aquella luz que empezaba a percibir como algo divino. Esperaba que ese fuera el último paso, el umbral definitivo hacia la paz que tanto necesitaba alcanzar.
La sensación de ahogo desapareció sin transición. Se dio cuenta —con una lucidez extraña— de que ya no necesitaba que sus pulmones absorbieran oxígeno ni que la sangre lo distribuyera obedientemente por su cuerpo. Tampoco era imprescindible exhalar el dióxido de carbono, ni que su cerebro repitiera de forma mecánica el ciclo respiratorio. El automatismo biológico había perdido autoridad sobre él.
Podría renunciar a su sistema respiratorio. Y no sentiría miedo.
Era como si el agua hubiese dejado de ser un elemento hostil. Como si no estuviera sumergido en absoluto. Los peligros acechantes se disiparon de golpe, como sombras retirándose ante una luz más poderosa. Sintió que su cuerpo adquiría una ligereza imposible bajo toneladas de agua. Se dejó arrastrar por la corriente que lo conducía hacia el resplandor que anhelaba con una devoción casi religiosa.
Cerró los ojos.
Aun así, la luz atravesó sus párpados, proyectando estallidos que explotaban en su oscuridad interior como fuegos artificiales. Y entonces recordó el cuatro de Julio.
El patio de la pequeña casa donde vivieron tantos años. El césped húmedo bajo su espalda. Las risas. Las bengalas trazando figuras irregulares en el cielo nocturno. Las explosiones de pólvora pintando colores efímeros sobre una negrura tan profunda como la sombra de una persona expuesta al sol del mediodía. Aquellos segundos en que la luz parecía otorgarle vida a la oscuridad que siempre lo había atemorizado.
Vio a su madre.
Emma Materson estaba sentada en su silla reclinable, inclinándola hacia atrás para no perder detalle del espectáculo junto a sus hijos. Fue el último cuatro de julio que compartieron como familia intacta. Ella había quedado tan absorta ante el despliegue lumínico que cayó en un silencio inquietante, en una abstracción que no parecía simple contemplación.
Joe recordó haberse preguntado, por primera vez, si acaso eran ciertas las murmuraciones. Si aquello que decían no era solo crueldad disfrazada de preocupación.
“Desequilibrada.”
“Trastornada.”
“Perturbada.”
“Loca.”
Las palabras adquirieron cuerpo en su mente, cierta densidad, casi palpable. Recordó las conversaciones con Steve, quien insistía en que no la veía bien, que ya casi no se preocupaba por ellos, que algo en su mirada se había desplazado hacia un lugar inaccesible. Con el paso de los días, esas dudas se solidificaron, creciendo como una grieta en el centro de la familia.
Aquella noche de verano, cuando el termómetro marcaba treinta y dos grados centígrados, Joe sintió un frío inexplicable que le recorrió la espalda. Un frío que no provenía del clima, sino de una intuición que no quería aceptar.
Se resistía a pensar que su madre estuviera perdiendo claridad mental. Aborrecía la idea de internarla en un centro psiquiátrico, como algunos lo habían sugerido con ligereza incómoda. La familia Materson no tenía recursos para pagar un tratamiento prolongado, y esa limitación económica terminó convirtiéndose en la excusa perfecta para el mayor de los hermanos, que se oponía con obstinación a recluirla en lo que él consideraba, sin eufemismos: un manicomio.
Pero el frío persistía.
Recordó haberse acercado a ella aquella noche, decidido a entablar una conversación directa. Necesitaba que hilara palabras coherentes, que sostuviera una idea de principio a fin, que lo mirara con reconocimiento absoluto. Quería disipar las dudas que comenzaban a germinar en su interior. Convencerse de una vez por todas de que su madre estaba tan cuerda como él.
Se acercó con paso firme, procurando que el crujido del césped bajo sus zapatos arrancara a su madre del ensimismamiento en el que parecía haberse sumergido. El sonido de las risas de sus hermanos le llegaba amortiguado, distante, como si proviniera de una calle lejana, cuando en realidad estaban a menos de diez metros. Aquella distorsión lo inquietó.
Editado: 05.03.2026