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15 MINUTOS ANTES DE LA AUTOPSIA.
Mike Rase se encontraba preparando los instrumentos necesarios para el procedimiento que se llevaría a cabo en cuestión de minutos. Los desinfectaba con meticulosa paciencia, uno por uno, aunque sabía —o quería creer— que ya estaban esterilizados y que cumplían rigurosamente con todos los protocolos de bioseguridad.
Pero aquella no era una práctica cualquiera. Sería la primera autopsia en la que participaría directamente.
No quería dejar nada al azar. Se había propuesto reducir al mínimo cualquier factor de riesgo, cualquier error técnico o, cualquier detalle que pudiera delatar su inexperiencia. Movía las manos con precisión casi obsesiva, repasando mentalmente cada pasó aprendido en la teoría.
Incisión en Y.
Revisión externa.
Apertura de cavidades.
Extracción y pesaje de órganos.
Repetía conceptos, definiciones y fragmentos de libros que había leído con devoción desde que ingresó a estudiar ciencias forenses. Recordaba citas textuales, diagramas y advertencias clínicas.
Estaba emocionado. Y, al mismo tiempo, horrorizado.
La oportunidad era de oro. La responsabilidad, abrumadora. El peso de la confianza depositada por su maestro le generaba una tensión que intentaba sofocar concentrándose en la sala. Inspeccionó el entorno con mirada minuciosa: iluminación, bandejas, drenajes, guantes, campos quirúrgicos y recipientes.
Necesitaba sentir control.
Repasó cómo había quedado envuelto en aquel embrollo que, paradójicamente, también representaba un examen decisivo. Una prueba íntima y la confirmación de que había elegido el camino correcto.
Le fascinaban las ciencias forenses.
Consumía libros académicos y novelas de ficción sobre crímenes con la misma avidez. Veía documentales, analizaba informes reales, pasaba horas frente a series y películas sobre asesinatos, investigaciones policiales y esclarecimientos complejos. Cada historia lo empujaba más hacia esa disciplina enigmática, rigurosa y practicada por pocos.
La irrupción de Samuel Dean en el salón todavía le daba vueltas en la cabeza.
Por momentos le parecía increíble la forma en que los acontecimientos se habían encadenado hasta arrastrarlo al lugar exacto donde ahora estaba, de pie, junto a un cadáver real, a punto de asistir a un médico forense.
Había sido un espectador pasivo.
El director de la morgue entró personalmente al aula donde recibía su clase práctica de criminalística. La sesión ya había terminado, y solo algunos estudiantes permanecían allí. El ambiente tenía un leve olor a putrescina y cadaverina, ese signo olfativo inequívoco de la carne en descomposición, mezclado con el persistente aroma a formol.
Sobre una plancha cromada reposaba un cadáver utilizado con fines académicos. El profesor explicaba señales de violencia en tejidos blandos, marcas de contusión y diferencias entre heridas ante mortem y post mortem.
Algunos estudiantes evitaban acercarse demasiado.
Mike, en cambio, estaba justo al lado del cuerpo, escuchando con atención absorbente cada explicación.
Samuel Dean se disculpó por interrumpir, pero el docente le aclaró que la clase formal ya había concluido y que solo resolvía dudas finales. El director fue directo al punto. Necesitaba al mejor estudiante para asistir a un médico forense en una necropsia inmediata.
El profesor miró fijamente a Rase.
Mike respondió con un leve movimiento negativo de cabeza. No dijo nada. Su negativa fue instintiva y ni siquiera abrió la boca.
El docente insistió y logró convencerlo ofreciéndole créditos adicionales. Además lo eximió del último examen teórico.
—Al demonio la teoría, Rase —le dijo con una media sonrisa—. ¿Qué mejor manera de empezar a convertirte en forense que practicar una autopsia real?
Aquella frase terminó de inclinar la balanza. Mike aceptó. Y, contra el temor inicial, comenzó a entusiasmarse. Era una oportunidad para dejar en alto el nombre de la escuela, para impresionar al director de la morgue y para abrirse camino.
A mediano plazo, Samuel Dean podría convertirse en su jefe. Y él, con disciplina y talento, en uno de los forenses más respetados de la ciudad. Estaba equivocado respecto a lo primero, pero no respecto a lo segundo.
Dean lo acompañó hasta la sala donde reposaba el cuerpo de Materson. Le mostró la ubicación exacta del instrumental, los registros, los formularios y los contenedores de muestras. Luego se despidió con un ademán breve y lo dejó solo.
Ahora, de pie en la cabecera de la plancha de procedimientos, Mike tomó los documentos colocados sobre el cuerpo y leyó la información básica del difunto.
Joe Materson.
Ingresó al Hospital La Salle: 8:05 a.m.
Declarado muerto: 8:20 a.m.
El informe estaba firmado por Robert Brown.
Mike repasó el historial médico adjunto. Datos clínicos breves, observaciones preliminares y causa aparente aún no determinada oficialmente. Solo indicaba que, había sido declarado muerto apenas quince minutos después de ingreso al hospital.
Editado: 05.03.2026