Postmortem

Capítulo 13: Óleo

1

El sonido de la alarma lo despertó de forma intempestiva. El sobresalto lo obligó a incorporarse de golpe en la cama, con el cuerpo tenso y los sentidos en alerta. Durante unos segundos observó la habitación con desconcierto, tratando de orientarse. Cuando finalmente reconoció el lugar —su dormitorio, su cama y su propia casa— el sobresalto comenzó a disiparse, y su ritmo cardíaco fue regresando poco a poco a la normalidad.

Derek Connors advirtió entonces que algo no estaba bien. Había dormido demasiado.

Giró la muñeca para mirar su reloj de pulso: Las 2:35 PM.

Frunció el ceño al comprender lo ocurrido: había programado mal el despertador. El cansancio de haber permanecido despierto durante toda la madrugada, y buena parte de la mañana, seguramente le había jugado una mala pasada. En su recuerdo difuso, podía verse entrando en la casa, arrastrando los pies hasta su habitación, dejándose caer sobre la cama y tanteando, casi a ciegas, los botones del viejo despertador analógico que reposaba sobre la mesita de noche. Con los ojos cerrados y el cuerpo vencido por el sueño, había girado la rueda de la alarma equivocándose por dos horas.

El reloj tenía su propia historia.

Lo había adquirido años atrás, durante uno de sus viajes a Berlín. Era una pieza antiquísima, pesada, de metal opaco y números ennegrecidos por el tiempo. Pero no fue su estética lo que capturó su atención, sino el relato que venía adherido a él como una sombra.

El artefacto databa de la década de 1940.

Según el anticuario que se lo vendió, había pertenecido a un comandante alemán encargado de la administración y custodia de un campo de concentración nazi en Bełżec, cerca del distrito de Lublin, en Polonia, bajo la supervisión de las SS.

Aquella revelación despertó en Connors una fascinación inmediata. Pagó diez mil euros por la pieza sin dudarlo.

Desde entonces, el reloj se había convertido en su despertador oficial. Llevaba ocho años bajo su posesión, formando parte de la vasta colección de objetos históricos que Derek reunía con una mezcla de orgullo y devoción enfermiza. Cada pieza tenía detrás una historia oscura, trágica o macabra, y él disfrutaba relatándolas en reuniones privadas, ante un círculo social que escuchaba con una mezcla de fascinación y repulsión.

A Connors le gustaba imaginar que aquel comandante nazi había utilizado ese reloj para medir el tiempo de interrogatorios, castigos o torturas. Tal vez había marcado los minutos de agonía de alguna víctima. Quizás había señalado el inicio de alguna ejecución.

El vendedor nunca le proporcionó detalles específicos sobre su uso real. Pero para Derek no hacía falta.

Le bastaba con saber de dónde provenía. Con eso era suficiente para alimentar su imaginación y, también para confirmar algo que él mismo admitía con una tranquilidad perturbadora: si hubiese vivido en aquella época, probablemente habría destacado por su crueldad y por su absoluto desprecio hacia la vida humana.

Permaneció sentado en la cama unos instantes más, observando el viejo reloj sobre la mesa de noche. Las agujas avanzaban con un tic-tac lento y constante.

2:42 PM: Era hora de moverse.

Se levantó y caminó hacia el baño para realizar su habitual micción después de despertar y lavarse el rostro. Necesitaba despejarse. Mientras el agua fría corría por su cara, los acontecimientos recientes comenzaron a ordenarse en su mente. La mansión Materson. El ritual. Lo cerca que habían estado de lograrlo.

Se secó el rostro con una toalla, tomó un poco de espuma de afeitar y la extendió sobre la quijada y las mejillas. Luego abrió la afeitadora manual que guardaba en el gabinete del baño e introdujo una cuchilla nueva.

El mango era de caoba pulida. La estructura, era de acero inoxidable. También aquella pieza superaba el siglo de antigüedad.

La había adquirido cuatro años atrás, atraído nuevamente por la historia que la acompañaba. Según el vendedor, había pertenecido a uno de los sobrevivientes del naufragio del Titanic. El hombre había logrado escapar de un compartimento de tercera clase durante el caos del hundimiento y fue rescatado horas después de las gélidas aguas del Atlántico Norte. Terminó a bordo del Carpathia, el barco que recogió a cientos de supervivientes y los llevó hasta Nueva York tras la tragedia del 15 de abril de 1912.

Cuando fue rescatado, el hombre tenía apenas diez libras esterlinas en los bolsillos. Y un solo objeto personal: Aquella afeitadora.

Había sido un regalo de su padre antes de que partiera rumbo a Estados Unidos en busca de una nueva vida. Durante la desesperada huida del barco que se hundía, fue lo único que logró rescatar entre sus pertenencias. El sobreviviente llegó a Nueva York con casi nada. Y con el tiempo, necesitado de dinero, terminó vendiendo la pieza.

El artículo había sido adquirido por un barbero de Brooklyn, quien lo utilizó durante diecisiete años en su pequeña barbería de barrio. La afeitadora acompañó cientos, quizás miles de rostros, hasta que la crisis económica de 1929 terminó por arruinar el negocio. El barbero no tuvo otra alternativa que vender todo: el mobiliario, las sillas de afeitar, los espejos, las navajas y cada herramienta que había sido parte de su sustento. Entre ellas, aquella afeitadora.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 05.03.2026

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