
1
Willsburg, Maine. Año 2021 D. de C.
Una mezcla de emociones terminó por desbordarse dentro de él, creando el coctel perfecto para su cólera: furia, frustración, ansiedad y un miedo creciente que comenzó en sus pies, ascendió lentamente por su cuerpo y se instaló en su mente, hasta reducir todos sus pensamientos a uno solo: violencia.
Derek permaneció inmóvil durante unos segundos más, observando la pared vacía donde, apenas horas atrás, había estado colgada la pintura por la que había pagado una fortuna. Aquella ausencia no solo era física; la consideraba una traición y, quién se atreviera a traicionarlo, conocería el lado más oscuro de Derek Connors.
Cuando finalmente se giró, distinguió la silueta de Olivia descendiendo por las escaleras. Ella se detuvo exactamente en el mismo punto donde Joe había accionado el arma, dejando tras de sí muerte y caos entre los miembros de la hermandad. Por un instante, Connors creyó ver la figura del mayor de los Materson superpuesta en ese lugar, llevándose el arma a la sien en un intento fallido por quitarse la vida. El recuerdo era borroso, distante y casi irreal. Resultaba absurdo pensar que apenas habían pasado unas horas desde aquel suceso. Sin embargo, allí estaba, tan presente como si las siluetas de los presentes aun permanecieran en aquel sótano oscuro repasando la coreografía de los sucesos.
Olivia se mantuvo firme en ese mismo sitio, como si reclamara el espacio que creía le pertenecía por derecho conyugal. Connors por su parte, le lanzó una última mirada a la pared y, la proyección que recibió, fue un muro desnudo sin su preciado tesoro y, ese vacío, terminó de encenderlo.
Retrocedió un paso, aun dándole la espalda y, cuando finalmente se volvió hacia ella, la ira encontró un nuevo motivo para crecer. No había miedo en los ojos de Olivia. Lo que vio fue orgullo, determinación y una disposición clara a enfrentarlo.
— ¿Dónde está mi pintura? —preguntó, avanzando hacia ella.
Olivia llevó su mano derecha hacia el interior de la bata, a la altura del tórax.
Está armada, pensó Connors.
Pero lejos de hacerlo retroceder, aquello lo empujó hacia adelante. No podía permitirse mostrar debilidad, ante alguien a quien consideraba inferior.
— ¡Hazlo! —Ordenó con dureza—. Dispara, y tendrás a decenas de hombres siguiéndote. Te perseguirán hasta despedazarte. Hazlo y te juro que quemarán esta casa hasta los cimientos.
Olivia no se movió. Su rostro no reflejaba duda, sino una furia contenida que parecía crecer en silencio y no había indicios de que fuera a ceder.
Connors avanzó un paso más. Solo había un espacio de tres metros entre los dos.
—Saca el arma, Olivia —insistió, firme y sin apartar la vista de su mano.
Ella deslizó un poco más el brazo, dejando ver parcialmente la muñeca.
— ¿Qué esperas? —replicó él, acortando la distancia.
Dos metros.
Connors calculaba cada movimiento. Reducir el espacio era su mejor opción. Si ella disparaba, debía estar lo suficientemente cerca para reaccionar. Si dudaba, él tomaría la ventaja.
Olivia percibió la maniobra y respondió con un nuevo gesto, como si estuviera a punto de revelar lo que ocultaba.
Entonces Connors habló de nuevo, bajando ligeramente la voz:
—Si sacas esa pistola puedes olvidarte de traer a la tierra a tu dios prometido.
Las palabras dieron en el blanco.
Por un instante, una grieta atravesó la mirada de Olivia. Fue mínima y casi imperceptible, pero suficiente.
Connors no dudó y se abalanzó sobre ella.
Ambos cayeron con violencia sobre el suelo del sótano. En el impacto, él atrapó su muñeca derecha, convencido de que allí estaba el arma. La sujetó con fuerza y, sin darle margen de reacción, tiró de su brazo para sacarlo de la bata.
Pero cuando finalmente dejó su mano al descubierto, no había nada.
Connors se puso en pie en un instante y levantó a Olivia como si fuera una muñeca de trapo. Cuando la tuvo frente a él, desató los amarres de la bata que llevaba puesta, dejándola completamente desnuda bajo su mirada escrutadora. No era la primera vez que la veía así, y Olivia tampoco mostró rastro alguno de vergüenza.
El líder de la hermandad comenzó a revisarla con brusquedad, palpando su cuerpo y buscando entre los pliegues de la tela alguna señal del arma que había creído ver, pero no encontró nada.
Había caído por completo en su blofeo, como si tratara de un juego de Póker. Estaba convencido de que no solo tenía un arma, sino que la hubiese utilizado si la llevara con ella.
Una leve sonrisa, cargada de incredulidad y furia contenida, se dibujó en su rostro mientras negaba lentamente con la cabeza. Olivia había jugado bien. Demasiado bien. Y, por primera vez, había cruzado un límite que él no estaba dispuesto a tolerar. Le había perdido el respeto y no podía permitirle tal ofensa.
— ¿Cómo se hace justicia ante un acto de sedición? —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Editado: 28.04.2026