Postmortem

Capítulo 18: Fraterno

Se observó corriendo detrás del balón, sobre un césped bien podado y tan verde que parecía un manto tejido por una fuerza superior, ajena a toda la humanidad. El verde natural cubría la vastedad de la cancha de 7.000 metros cuadrados, mientras los dos hermanos Materson se divertían en aquel día de Julio, particularmente fresco. El sol provocaba un brillo místico sobre el campo de fútbol y Steve Materson apuró un poco más su ritmo para alcanzar el balón, que se había alejado mucho más de lo que calculó inicialmente. Al llegar hasta el esférico y darse vuelta, divisó a su hermano mayor, Joe Materson, cubriéndose la frente con una mano para evitar que el brillo del sol, le diera directamente en la cara. Steve observó la proyección de su hermano, pero en ese momento no lo consideró como tal. Joe era más que su hermano; Joe Materson era su padre en la práctica. Aunque su certificado de nacimiento indicaba que su papá era Vincent Materson, tenía muy pocos recuerdos de él, difusos y fragmentados, y no estaba dispuesto a resignarse a lo que dijera un papel con una tinta desgastada por el paso del tiempo.

Nadie le obligaría a aceptar que los restos humanos que reposaban en el cementerio Green River Rest, eran su padre, al menos bajo la ley de los hombres. Su madre, en los pocos momentos que conservaba de lucidez, le había contado la historia de un hombre honorable que había cometido errores y que ya no estaba en este mundo. Su hermano mayor, en cambio, prefería no tocar el tema y cambiaba la conversación para evitar tener que entrar en detalles,

sobre cómo un hombre de familia, uno de los agentes inmobiliarios más respetados de Willsburg, Maine, había terminado viviendo en una pocilga, con la apariencia de un anciano de ochenta años, perdido en la bebida, el juego y las drogas; consumido por sus malas decisiones, y falleciendo de una sobredosis de cocaína.

Steve Materson, había escuchado esa historia con solo siete años de edad. Ahora, cuatro años después, de pie en aquel campo verde y pisando el balón de futbol que a duras penas logró alcanzar antes de que saliera de los límites de la cancha, nadie le obligaría a aceptar la versión de uno o de otro. Para él, Joe era su padre, aunque no lo hubiera concebido. No necesitaba a nadie más en la vida; solo quería su atención, aunque deseaba con todas sus fuerzas, que su madre lo quisiera tanto como amaba a su primogénito.

Su hermano le hizo un gesto para que lanzará el balón, y cuando dio la patada, su pie de apoyo se deslizo en el césped y cayó bruscamente, golpeándose la espalda y la cabeza. Steve, todavía en el suelo, enfocó la figura de su hermano mayor corriendo a toda velocidad por la cancha de fútbol hasta llegar a él. Cuando Joe llegó hasta donde estaba, lo ayudó a incorporarse, pero Steve apenas pudo erguirse y sostenerse por sí mismo. Comenzó a llorar a cantaros y no había palabra alguna que lograra consolarlo. Le decía insistentemente a su hermano que no podía caminar y que no quería morirse de una manera tan tonta. Joe Materson hizo lo que pudo para tranquilizarlo, pero no hubo forma de hacerlo, así que lo cargó sobre su espalda y lo sacó de la cancha hasta las gradas que rodeaban el campo de fútbol.

Una vez que estuvieron sentados esperaron a que remitiera el dolor de Steve para poder regresar a casa, junto a su madre y sus dos hermanos menores. En el tiempo que estuvieron esperando, sentados en las gradas, ninguno dijo nada verdaderamente importante, más allá de algunas preguntas dispersas sobre cómo seguía el dolor de Steve, y sus parcas respuestas asegurando que iba mejorando. La tarde avanzaba lentamente, y algunas nubes aparecieron en el firmamento; Steve las iba siguiendo con detenimiento, temiendo que alguna se posara sobre ellos, como si una fuerza sobrenatural pudiera decidir cuándo debía terminar aquel momento. Anhelaba con todas sus fuerzas prolongar su estadía en aquel lugar apacible y silencioso. No quería que el día terminara. Deseaba seguir allí, junto a su hermano, incluso conservando aquel acuerdo tácito no se decirse nada. Bastaba con que Joe estuviera allí, sentado a su lado, ocupando el espacio que nadie más era capaz de suplir. A su lado, se sentía a salvo. Joe se había convertido en su héroe. La ausencia de su padre y la presencia intermitente de su madre que perdía la noción de las cosas y de las personas durante largos periodos lo habían empujado, sin elección, a ocupar ese lugar. Por eso, era Joe, quién debía velar por la familia. Steve lo amaba. Para él, Joe lo era todo. Ya se encargaría la adolescencia de despertar al Steve que comenzaría a envidiar a su hermano y que, lo llevaría a conspirar en contra de él muchos años después. Pero por ahora, ese Steve despiadado aún no había nacido.

Las sombras de los hermanos Materson, se iban diluyendo a medida que la luz del sol desaparecía en el horizonte, hasta no ser más que un tenue resplandor rojizo en la distancia. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer, humedeciendo el campo de fútbol, mientras el balón descansaba, a buen resguardo, sobre las piernas de Joe. Steve le había dicho a su hermano, que todavía no se sentía bien para caminar, así que Joe volvió a cargarlo sobre su espalda, y tomó el balón con ambas manos. Juntos emprendieron el camino de regreso a casa, mientras la lluvia se intensificaba paulatinamente. Steve admiraba el espíritu de resistencia de Joe: no le notaba cansado, a pesar de que él ya pesara alrededor de treinta y cuatro kilos y no podía usar las manos, para aligerar la carga de su peso, pues con ellas sostenía el balón. Era admirable bajo su óptica, y no había nada mejor que él en el mundo.

Al llegar al vecindario donde vivían, Joe descargó a su hermano para descansar bajó el techo saliente de una casa. Allí, mientras Joe recuperaba el aliento, Steve comprendió algo que hasta entonces no había considerado: su hermano mayor también se cansaba. No era todopoderoso, ni mucho menos. Joe seguía siendo su héroe, pero únicamente el suyo, y por primera vez cayó en cuenta que no tenía poderes, ni nada por el estilo. Conmovido por su esfuerzo, Steve le dijo que ya se sentía mejor y que ya podía caminar. Estaban empapados por la lluvia, y no tenía sentido correr, además; porque el dolor en su espalda no se lo permitiría y entendió, que sin quererlo, ya no quería ser aquel peso, que Joe no debía cargar.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 23.01.2026

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