Postmortem

Capítulo 19: Sacrum

1

Jerusalén, Año 33 D. de C.

— ¡Camina! — Le ordenó el soldado romano, a Jesús.

Atrás había quedado el momento del arresto en el huerto de Getsemaní. Bajaron rápidamente por la ladera en medio de la penumbra, seguidos por la muchedumbre, y en medio de la escolta de soldados romanos. Sus discípulos habían huido con rumbo desconocido, mientras era conducido ante los sumos sacerdotes del sanedrín. El tribunal judío buscaba acusarlo por blasfemia, y sedición, y la primera parada los llevó a la casa de Anás. Allí fue interrogado, pero no era el juicio formal que tenían planeado para él. Anás, aunque había sido un sumo sacerdote, ya no ejercía sus funciones, y fue su cercanía con Caifás, la que le permitió no solo interrogar al hijo de Dios, sino también permitir que los soldados romanos le propinaran algunos golpes, que iban haciendo mella en su espíritu.

Al no ser Anás un sumo sacerdote en funciones, Jesucristo había sido enviado ante Caifás, quien sí ejercía como sumo sacerdote del sanedrín, acompañado de otros miembros del concilió. Estos buscaban testimonios que lo incriminaran de cualquier cargo que justificara su condena a muerte, sin importar cuáles fueran.

En el juicio intervinieron numerosos testigos con declaraciones contradictorias; señalamientos a los que Jesucristo había permanecido en silencio total, sin afirmar o negar los delitos de los que se le acusaba. Eso desató la ira del sumo sacerdote, quien lo había despojado de sus ropas. La única declaración del hijo de Cristo, había sido que, en efecto, era el hijo del hombre con poder y por tanto, era el hijo de Dios. Todos los miembros del sanedrín lo declararon culpable y la condena era la muerte. Por su parte los soldados romanos aprovechaban cada oportunidad para golpearlo y escupirlo con la permisividad de los sumos sacerdotes, y también alentados por los presentes.

Atrás había quedado la presencia de Pedro en el juicio, su discípulo más cercano, y quien lo había negado tres veces, justo como Jesús lo había profetizado: “Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces”. Pedro declararía que jamás lo negaría y que incluso estaba dispuesto a morir por él. El gallo había cantado, justo después de que Pedro negará conocer al hijo de Dios. Jesús lo vio desaparecer entre la multitud y solo sintió compasión por su discípulo. El sumo sacerdote profirió su sentencia, pero cómo no tenía autoridad para ejecutarla, lo envío ante la autoridad romana, precedida por Poncio Pilatos, gobernador de la provincia de Judea, bajo los cargos de sublevar al pueblo, instar a no pagar impuestos y declararse rey. Pilatos, al no hallar culpa alguna, lo envío con Herodes Antipas, gobernador de Galilea. Allí, Jesús fue puesto a prueba por el mismo Herodes, quién le pidió que realizará algún milagro, y ante la negativa de Jesús, fue ridiculizado y golpeado por sus soldados de Herodes, y finalmente devuelto nuevamente ante Poncio Pilatos.

El día había llegado, pero el martirio del Mesías estaba lejos de terminar. La mañana comenzaba, al igual que el sufrimiento del enviado a limpiar los pecados del mundo. Una vez más, frente a Pilatos, este insistía en que Jesús no había cometido ningún delito, y presentó dos opciones: castigarlo o liberarlo. Sin embargo, la multitud enardecida pedía la condena máxima.

Para intentar apaciguar los ánimos, Pilatos presentó a Barrabás, dando la oportunidad de que la multitud eligiera a quién liberarían y a quién condenarían. Todos, al unísono, solicitaron la liberación de Barrabás y la crucifixión de Jesucristo. Poncio Pilatos, optó por ceder a los deseos de la multitud: El asesino fue liberado y el hijo de Dios, condenado a morir en la cruz.

Fue así como Jesús, extenuado por las golpizas y flagelaciones, sin haber podido dormir y descansar por el rápido juicio que habían llevado a cabo las autoridades judías, comenzó su camino al Gólgota. Partió desde la residencia de Poncio Pilatos, cargando la cruz a cuestas por un camino que apenas iniciaba, rumbo a morir, fuera de las murallas de Jerusalén.

— ¡Camina! — Le ordenó una vez más un soldado romano.

Yacía de rodillas, y trataba de recuperar el aliento, pero el cansancio lo vencía. Su garganta le pedía agua urgentemente, pero lejos estaba de poder obtenerla.

— ¡Levántate, falso rey! — Le solicitó otro de los soldados que venía custodiando su camino, y entonces lo vio.

Allí, entre la multitud, escondido entre gritos y murmullos, camuflándose entre la turba enardecida, se encontraba Hafel Muth. La sombra del mal seguía atentamente el recorrido de Jesús, cargando la cruz. Había sido él, quien sugirió que la llevase por completo, no solo el patíbulo, como se acostumbraba, sino toda la cruz. En esta ocasión, el hijo de Dios cargaba la viga horizontal y la vertical, haciendo que el peso fuera casi imposible de sostener. Cansado y agotado, de rodillas sobre el suelo, levantó la mirada y encontró la insidiosa presencia del mal.

Al verlo directamente a los ojos, Cristo entendió que gran parte de su suplicio, había sido obra de Hafel Muth. Fue él, el que arengaba y enardecía los ánimos de la multitud para condenarlo. Fue Hafel el que actuó junto con el sanedrín, para que la condena fuera la muerte. Fue él, quien susurró a Pilatos que lo enviara ante Herodes. Fue Hafel el que le sugirió a Herodes que lo ridiculizará y le pidiera hacer milagros que no podría hacer. Fue él, el que invitó a la turba a gritar “Crucifixión” cuando estuvo por segunda vez ante Poncio Pilatos. Allí estuvo el sonido de su voz gritando: “Dadnos a Barrabás” y “Que lo crucifiquen”.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 16.02.2026

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