Postmortem

Capítulo 21: Rojo | Azul

1

El velocímetro marcaba 73 millas por hora.

La oscuridad comenzaba a reclamar la noche, mientras el sedán negro, modelo 2013, atravesaba la interestatal 95 como una sombra alargada proyectada en la carretera, librando los autos que encontraba a su paso con maniobras temerarias y precisas. Cada cambio de carril tensaba esa delgada línea entre lo permitido y lo ilegal según las normas de tránsito del estado de Maine.

Al volante, Carl Donovan mantenía la vista fija en la carretera, atento a cualquier vehículo que se interpusiera en su camino. Tenía sus manos firmes sobre el volante, como si capitaneara un crucero. Pisaba el acelerador casi a fondo y levantaba el pie del pedal de forma intermitente jugando con el límite, cuidando no superar las 75 millas por hora reglamentarias en la I-95.

A su lado, Liam LeBlanc se aferraba a la manija de la puerta con los dedos tensos, sobresaltándose en cada adelantamiento. Cerraba los ojos por instinto y murmuraba plegarias apresuradas, temiendo que todo terminara en un choque brutal. Estaba convencido de que el impacto los mataría al instante y, que sería tan violento, que temía que sus cuerpos quedaran irreconocibles y reducidos a restos que sus familias no podrían identificar.

Al pasar una señal de tráfico recordando el límite de velocidad, LeBlanc prefirió romper el tenso silencio que reinaba, desde que habían subido al vehículo dejando atrás el restaurante en una nube de polvo.

—Creo que va a pasarse del límite —dijo casi en un susurro.

—Lo tengo controlado —respondió Donovan, sin apartar la vista del camino.

LeBlanc se limitó a observarlo por un instante. Volvió la mirada al frente y se sumió otra vez en el silencio, como si hablar fuera inútil y solo le desgastara las energías.

Un nuevo letrero apareció más adelante, indicando que el condado de Augusta estaba a 35 millas y, Waterville a 57. Donovan levantó el pie del acelerador y la razón se hizo evidente de inmediato.

Adelante, una fila de autos detenidos ya con las luces rojas encendidas e inmóviles, se extendían a lo largo de la carretera, formando una hilera que parecía no tener fin. Cuando no hubo más camino libre, Donovan no tuvo más opción que detener el auto a pocos centímetros de una camioneta, justo frente a él.

Al detenerse, golpeó el volante con tanta fuerza que LeBlanc se removió ligeramente en su asiento.

—Me disculpo —dijo Donovan.

No lo miró al decirlo y, lo expresó solo por modales, que por una disculpa sincera.

—Acepto sus disculpas si me dice qué está pasando y por qué tanta prisa, doctor —replicó LeBlanc, esta vez con un tono más firme.

Donovan lo observó un instante y comprendió que, si quería obtener información acerca de su jefe, tendría que ceder primero. La dinámica del “toma y dame” debía regresar a la escena.

—La llamada que recibí en el restaurante —señaló finalmente—era de un empleado de la funeraria; del tanatólogo, para ser más exacto. Algo salió mal durante el embalsamamiento del cuerpo.

— ¿Cuál cuerpo? —preguntó LeBlanc, confundido.

—Cuando usted me encontró en la sala de autopsias había…

Donovan se detuvo y dejó la frase en el aire por un instante. El silencio que siguió, era más calculado, que casual.

Quería suministrar información, pero no estaba dispuesto a compartir todas sus experiencias. No admitiría, que los sonidos de un latido en una grabación, lo habían arrastrado hasta la sala de autopsias, en un estado de hipnosis y en contra de su voluntad. Después de todo, pensó, quien tenía al lado era un periodista y no pensaba exponerse de ese modo. Definitivamente, no quería ser objeto de algún titular sensacionalista en un artículo en el que se le mencionara como un forense que ve fantasmas y escucha los latidos del corazón de los muertos que disecciona.

Ya le había advertido a LeBlanc que, si lo mencionaba como una de sus fuentes en su periódico, lo demandaría. Aun así, prefirió la prudencia en lugar de amenazas legales y exponerse a líos jurídicos. Así que maquillar los hechos y alterar ligeramente su versión, mantendría su orgullo intacto y su bolsillo lejos de abogados mercenarios e inmorales en busca de su dinero.

—Había regresado a la sala por unas planillas con información que envió el hospital de donde llegó el cadáver —dijo finalmente—. Pero no las encontré. Fue entonces cuando usted apareció.

LeBlanc asintió lentamente, aunque su expresión dejaba entrever que no comprendía del todo a qué se refería.

—El hecho es que yo practiqué esa autopsia —continuó Donovan— y fue justamente esa necropsia la que me impidió cumplir su cita y…

El sonido de un claxon en la distancia interrumpió su relato. Segundos después, una ambulancia y varios autos de policía pasaron junto a la fila de vehículos detenidos. Las luces rojas y azules iluminaron la I-95 por unos instantes, mientras los últimos vestigios del día desaparecían en el horizonte y algunas estrellas comenzaban a hacerse visibles en el cielo.

—Parece un accidente —sugirió LeBlanc.

Donovan respondió con un gruñido bajo y casi inaudible.



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En el texto hay: misterio, suspenso, terror

Editado: 28.04.2026

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