Predestinados

Prólogo

En el reino de los Arcanos, nada estaba bien. El emperador había descubierto algo terrible, el orden cósmico había sido alterado y debía volver a la normalidad lo antes posible. Todos corrían de un lado a otro, en los pasillos se reunían los caballeros y algunos arcanos menores reunían las evidencias. Mientras tanto la justicia y el hierofante se preparaban para dar solución al problema, dando su veredicto.

El palacio de luz era acechado por las sombras y las esferas de luz que contenían los destinos de los hombres tintineaban de manera peligrosa.

Todo arcano mayor y menor sabía de las consecuencias que traía transgredir las leyes que mantenían el equilibrio del cosmos. Cambiar el destino, estaba tajantemente prohibido, y aquel que se atreviera a mover un solo hilo de la red del tiempo, se enfrentaría a la disolución absoluta. Sin embargo, el Mago no era un arcano cualquiera; su arrogancia siempre había sido tan vasta como su poder, y esta vez, había ido demasiado lejos.

Mientras los Caballeros de Espadas patrullaban los límites del palacio de Luz y el Hierofante entonaba los cantos de contención, las sombras devoraban los grabados de las paredes. El aire en el Reino, que antes era puro y etéreo, ahora sabía a ceniza y electricidad estática.

—Esta vez te has excedido —le dijo la sacerdotisa a Magne, este disimuló la sorpresa, ya que ella apareció justo detrás de él. Ella era así, aparecía y desaparecía a su antojo, cosa que irritaba demasiado al mago.

Magne se tensó, pero no se dio la vuelta de inmediato. No le daría el gusto de saber que su presencia lo había sobresaltado. Reajustó los puños de su traje de seda con una calma fingida antes de encararla.

—Excederse es una palabra muy relativa, Sacerdotisa —respondió él con voz gélida—. Yo lo llamaría... optimización del destino.

La Sacerdotisa no sonrió. Permaneció allí, envuelta en sus túnicas que parecían hechas de luz de luna y secretos, sosteniendo el pergamino que contenía el equilibrio que Magne acababa de romper. Sus ojos, profundos como un abismo, no juzgaban, simplemente afirmaban una verdad que él no quería aceptar.

—Has movido una pieza que no te pertenecía —susurró ella, y su voz resonó no en los oídos de Magne, sino directamente en su mente—. El Emperador reclama orden, el Hierofante reclama justicia. Y tú... tú reclamarás perdón en un mundo donde nadie podrá escucharte.




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