“El corazón es sólo un músculo que bombea sangre, pero es el primero en delatarse cuando se siente sorprendido, asustado o enamorado”.
Magne.
La sentencia era una exageración ridícula. Ni siquiera había hecho algo terrible, solo había movido un par de hilos, una interferencia menor que cualquiera con un poco de poder habría cometido. Lo malo de ser un Arcano es que, si te atrapan, el castigo no es una multa, sino una condena que parece más un exilio que un camino de redención como lo llamó la Sacerdotisa. Y el mío tenía nombre y apellido, una insignificante humana.
La había observado a escondidas desde el Umbral, ese lugar entre lo que fuimos y lo que seremos. Y Seguiré pensando lo mismo, ¿Por qué elegirías una vida tan mediocre? La vi caer a la tierra, vi a su madre morir días después y a su padre abandonarla en una caja, bajo el calor de un verano que no la quería. No debería haberme importado, pero la injusticia era de un sabor amargo, así que intervine. Fue un error, ahora lo sabía. Rota, que siempre me había cubierto las espaldas, esta vez no pudo porque los malditos hilos se cortaron y aquí estaba yo, condenado a ser su guía.
El Palacio de la Luz era un caos de recriminaciones, así que me dirigí a las ruinas de Cero. Él era el único que no me miraría con esa lástima nauseabunda.
En cuanto crucé el umbral de su palacio, unas cuantas mariposas —así las llamaba la mocosa— revolotearon a mi alrededor.
—Hasta que al fin apareces —recriminó Cero.
Estaba recostado en un trono de raíces y girasoles, su cabello rojo brillaba bajo el cielo estelar. Esta vez su palacio no tenía techo. Me acerqué evitando las raíces que brotaban del suelo con una voluntad propia que me daba escalofríos.
—¿Ya te enteraste? —pregunté.
Él me observó de reojo, estaba estudiándome.
—¿Qué tal se siente el peso del veredicto, Magne? —respondió, jugueteando con una flor.
Si hubiera tenido mis poderes, lo habría desintegrado. Era mi amigo, pero su actitud siempre me sacaba de quicio.
—Cállate. El Consejo me obliga a ser su sombra. Debo esperar a que su hilo y el mío se alineen. Es una tortura esperar a que ella se dé cuenta de su propia existencia.
Cero se incorporó, bajando del trono con una agilidad. Sus ojos azules tenían esa profundidad que lo definía como el Arcano, El Loco.
—La paciencia nunca fue tu fuerte —se burló, sus ojos seguían examinándome—. Si tanto te urge empezar...
—Quiero terminar con esto —corregí, él solo me miró, lo que me obligó a continuar con mi discurso—. Ella ni siquiera sabe que existo. Joder, ni siquiera sabe qué es un Arcano. Es una vida desperdiciada en la mediocridad.
Cero soltó una risita, sabía que él también la había observado, por lo menos una vez. Y ella era un desastre de la naturaleza.
—El tiempo es un concepto muy flexible para mí, Magne —susurró, y por un momento su timidez desapareció, reemplazada por una chispa de travesura—. ¿por qué esperar a que ella encuentre el mazo de forma natural? Un pequeño empujón, un susurro en el viento, un objeto olvidado en una tienda de antigüedades años antes de lo previsto...
—¿Qué estás diciendo? —Me tensé. Ya estaba lo suficientemente hundido como para tentar más al Consejo.
Cero sonrió y sopló sobre su palma. Un puñado de pétalos de girasol salieron disparados, atravesando el velo entre los mundos. Sentí un tirón violento en el pecho. El portal se abrió.
Se había vuelto loco.
—¡¿Qué has hecho?! —rugí, mientras el vacío empezaba a succionarme.
—Está asustada, confundida... es encantador —susurró Cero, recostándose de nuevo con una parsimonia que me hizo hervir la sangre—. No pongas esa cara. Tú querías que esto empezara ya.
—¡Su camino ni siquiera ha comenzado!
—Puede ser, pero el tuyo empezó hace mucho tiempo y ni siquiera te has dado cuenta.
La risa de Cero se convirtió en un trueno y el cosmos me tragó.
Giré hasta perder la noción de dónde terminaba el cielo y empezaba el caos. Sin mis poderes, solo podía hacer una cosa, rezar para llegar en una pieza. El aterrizaje fue brutal, mi rostro se estrelló contra el concreto de una calle ruidosa y gris.
A regañadientes me puse de pie. Cero pudo haber evitado todo esto, pero el muy desagriado lo había hecho a propósito. De seguro debe estar apretándose la panza de tanto reír.
Juro que me las pagarás, dije mirando a los cielos.
—Hijo de... —dije a regañadientes, mientras me ponía de pie. Ni siquiera se había molestado en darme ropas nuevas, aun llevaba puesto mi túnica de seda.
Me preocupaba demasiado que las personas pensaran que era un rarito. Obviamente mis características físicas no eran normales para las personas de la tierra, cabello blanco, ojos dorados, pero al menos debería usar ropa de la tierra.
Me giré observando a todas partes, era un pueblo lleno de árboles peculiares, sus hojas eran de un tono anaranjado, casi café y cuando soplaba el viento estás se desprendían y caían al suelo.
Una mujer pasó a unos escasos metros de mí, llevaba un animal, Cero los llamaba perros, así que supongo que era eso. El animal me observó y de inmediato ladró, pensé que la mujer se daría la vuelta y me vería, pero solo continuó su camino. Solté un suspiro aliviado de que a nadie le importara mi apariencia. Si hubiera caído en otra época, hubiera tenido que salir corriendo, mientras una multitud de persona con estacas y ajos, intentarían matarme.
Un hombre pasó frente a mí, absorto en un aparato rectangular en su mano. Cerré los ojos, esperando el impacto, pero me atravesó como si yo fuera una bruma gélida. Él solo se subió el cuello de la chaqueta, murmurando sobre el frío.
—Increíble —la comisura de mi labio izquierdo se elevó. Era invisible o como ellos solían llamar a los entes como yo, un fantasma.
Deambulé por las calles, todo era demasiado pintoresco y a pesar de que era un “fantasma” podía sentir el frío abrazador sobre mi piel y percibir los olores extraños que había en el ambiente. Me senté en el capó de un auto rojo mientras observaba la decadencia del lugar. Era aburrido, sí, pero al menos no tendría que darle explicaciones a nadie.