Predestinados

Capítulo 2

Aster.

Desde muy pequeña supe que mi vida iba a estar marcada por la mala suerte y no, no era la típica chica que pisaba mierda un viernes trece. Mi madre murió apenas nací y la asistente social tuvo la brillante idea de dejarme a cargo de mi padre. Un hombre sin empleo y que, apenas supo de mi existencia, abandonó a mi madre. Eso debió de haberle dado una pista.

Bueno, diría que al menos lo intentó un mes; luego de eso decidió que lo mejor era viajar al pueblo en donde vivía mi abuela materna y dejarme afuera de su puerta, en una puta caja de cartón como quien abandona un perro o un gato.

Cuando mi abuela murió, hice un juramento: jamás volvería a pisar aquel pueblo. Pero el abogado de pacotilla que se suponía que debía de haber hecho su trabajo cuando mi abuela falleció, años después recordó que mi abuela había dejado la casa en donde había vivido cuando pequeña a mi nombre.

Y no tuve más opción que aceptar porque, como ya había dicho, la buena suerte no iba conmigo. Trabajaba como camarera en un pequeño restaurante, pero me despidieron de mi trabajo y todo por mi culpa; lo reconocía, era torpe y solía generar más pérdidas que ganancias al dueño.

Como me habían despedido, no pude pagar la renta y un mes después, cuando regresaba de una entrevista de trabajo, la dueña de la casa había cambiado la cerradura y dejado todas mis cosas en la calle. Metí todo en mi carcacha, un Volkswagen amarillo, y me dije a mí misma que no importaba, no era el fin del mundo, aún tenía a mi novio.

Así que conduje dos horas con la esperanza de poder vivir con él. Cuando llegué y toqué a la puerta, lo primero que vi fue a una mujer de unos treinta y tantos años, sin nada de ropa y con el cabello desordenado, parada en la puerta, y la voz de mi novio preguntando si la pizza había llegado.

Siete años tirados a la basura.

Lo primero que pensé fue en lanzarme a sus cabellos y arrancárselos, luego ir por mi novio. En mi mente los hacía trizas, pero cuando la mujer me preguntó: «¿Qué necesitas?», simplemente me di la vuelta y me subí a mi auto.

—¡No puede ser! —grité, golpeando el volante.

No podía creer lo ingenua que había sido. ¿Cómo pude pensar que una relación a distancia podría funcionar? Y con él, que lo había conocido siendo un mujeriego. A medida que pasaba el tiempo, más me daba cuenta de lo idiota que había sido y el asco empezaba a apoderarse de mí.

Alguien golpeó mi ventanilla; eso me sobresaltó. Sí, era el idiota de mi ex, le iba a dar su merecido. Era un policía; sabía que no había hecho nada malo, pero aun así me tensé. Bajé el vidrio girando la manilla, pero se trancó a la mitad.

¡Genial! Miré al policía; no parecía tener cara de muchos amigos.

—Se trabó —dije con los mocos colgando y los ojos llorosos.

El policía echó un vistazo al interior, sobre todo a la parte trasera, donde mis cosas llegaban al techo. Luego de inspeccionar, se aclaró la garganta y se centró en mí.

—Señorita, lleva una hora aparcada y la gente ha reportado gritos.

¿Gritos? ¡Por todos los cielos, qué vergüenza! Limpié mi rostro con la manga de mi polar e intenté sonreír. Ya, y yo que juraba que lo estaba llevando bien.

—Si no es residente, le voy a tener que pedir que se retire del lugar.

—Sí, oficial, me retiraré de inmediato —giré la llave y el motor se encendió; el oficial retrocedió satisfecho de deshacerse de una loca. Giré el volante y salí del estacionamiento sin tener idea de lo que iba a hacer.

Me estacioné un poco más allá; la bencina estaba a menos de la mitad, si quería ir a algún lado iba a tener que llenar el estanque. El problema era que no tenía a dónde ir y apenas tenía dinero. Lo más sensato sería usar el poco dinero que me quedaba y arrendar alguna habitación o pagar un motel.

Abrí la aplicación del banco; con suerte tenía dinero para llenar el estanque de mi cacharro, gastarlo en un motel sería un desperdicio. La única opción que tenía era dormir en el auto, pero eso era demasiado peligroso.

Una lágrima cayó por mi mejilla, luego otra y así hasta explotar en llanto. Estaba en la ruina: sin trabajo, sin dinero y sin novio. Había tocado fondo y no sabía cómo iba a salir de esta.

Escuché la sirena de una patrulla de policía; las luces alumbraban el interior de mi auto.

¡No, ahora qué!

Me quedé quieta mirando hacia la nada con las manos puestas en el volante a la espera del policía. Este no demoró mucho en llegar y golpeó la ventanilla. Giré mi rostro y lo vi: era el mismo de hace un rato. Al reconocerme, soltó un suspiro y con un gesto me pidió que bajara la ventanilla.

—Usted otra vez —dijo con tono pesado. Yo sonreí mostrando los dientes.

—Sí, oficial —intenté que mi voz se escuchara lo más calmada posible.

Él observó mis manos, que estaban temblando y aferradas al volante; luego se quitó la gorra.

—¿No tiene a dónde ir?

Guardé silencio, no estaba segura de si era buena idea decir la verdad.

—No, solo estaba revisando unas cosas... —mentí, y un tic nervioso en mi ojo izquierdo se activó.

Solía activarse cuando estaba nerviosa, era inevitable. El tic lo sacó de onda y, pobre, lo podía entender: parecía un auto haciendo cambios de luces.

—Señorita, le voy a pedir que no intente seducirme —dijo muy serio.

¿Qué, seducir? Lo que me faltaba. ¿Te pueden llevar detenida por eso? Quizás. Tomé un mechón de mi cabello y oculté mi ojo, con la mala suerte que me cargaba, no quería terminar en un calabozo por "intentar seducir a un oficial".

—Son los nervios —dije intentando mantener mi mirada en cualquier otra parte. Su apellido era González, así que lo repasé con la mirada un par de veces—. Voy a ser sincera: encontré a mi novio de siete años con otra mujer...

—Su vida personal no me interesa —me interrumpió—. No puede estar aquí o se va ahora o tendrá una multa.

¡Qué amable! ¿En qué curso debo anotarme para ser un completo idiota insensible?




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