Con el estanque lleno de bencina y sin un peso en mi cuenta bancaria, puse en marcha el motor con destino a la pequeña ciudad en donde crecí. Cuando mi abuela falleció, me tuve que ir y, mientras me iba, me juré a mí misma que jamás volvería a aquel lugar. El pueblo era demasiado pequeño y, luego de la muerte de mi abuela, cada persona de ahí me miraba con lástima y no pude, me recordaban a cada momento lo sola que me había quedado.
También estaba aquella promesa, esa de salir al mundo y convertirme en alguien importante. Quizás mi abuela lo sabía, que aquel sueño era algo difícil de conseguir, pero ella me alentó a irme de aquel pueblo. Porque en realidad, ¿qué era lo que iba a hacer ahí? ¿Vender libros y antigüedades como ella? No, eso no era lo mío. Detestaba los libros y ese olor a humedad que se impregnaba por toda la casa. Las ventas no eran suficientes para costear los gastos básicos, lo que siempre me llevó a tener empleos de medio tiempo. Nunca entendí por qué mi abuela insistía tanto en mantener ese negocio que solo generaba pérdidas.
Observé de reojo el letrero que decía desvío ruta L.123 en 800 metros. Todo en mi interior gritaba: "toma el maldito desvío", y me hubiera encantado, pero había que ser realista. Volver a Viña ya no era una opción para mí. Quisiera o no, Saint-Veron era mi destino.
Comenzaba a desesperarme cuando los demás autos me adelantaban, la estela de viento siempre me corría un poco hacia la derecha. Así que pisé el acelerador a fondo. Luego de avanzar un par de kilómetros, empiezo a notar un olor a aceite quemado, lo que me puso en alerta. Ahora lo que me faltaba, que el motor se fundiera y me dejara a mitad de carretera. Pero eso no era lo peor de todo. Claro, había ganado velocidad, pero el volante en mis manos parecía cobrar vida propia, me obligaba a ejercer más fuerza de la normal y ese pequeño tiritón me advertía de que el motor estaba a su máxima potencia. Quité de a poco la presión en el pedal. De todas formas, era mejor llegar en una pieza a no llegar.
Estaba aburrida, llevaba manejando unas dos horas que, en mi auto, eran como si hubieran sido tres. Mi celular apenas tenía batería, así que intenté encender la radio. Nunca la había usado, así que no sabía si funcionaba o no. Luego de un buen rato intentando girar la perilla para sintonizarla, una canción conocida se escuchó de pronto. Le subí el volumen al máximo y me dejé envolver por "Down Under" de Men at Work.
Mi exnovio no ha dejado de llamar. Luego del tercer tono corta y vuelve a marcar. También ha dejado mensajes. He alcanzado a leer uno que otro y, aunque se muestra muy preocupado porque su “princesa” no ha respondido, yo ya sé la verdad y el asco que me genera ver su nombre en mi pantalla como si nada. Qué asco.
Solo me quedaba una hora para llegar a mi destino y, dentro de todo, estaba contenta: mi auto había soportado el viaje. Pero la felicidad me duró demasiado poco. Había olvidado que Saint-Veron estaba oculta entre montañas.
Tomé el desvío y la curva se hizo presente. Sin darme cuenta, ya estábamos subiendo. Viña era una ciudad sin muchas calles empinadas, por lo tanto, esta iba a ser la primera vez que este cacharro intentaría subir una curva empinada. Apreté el acelerador hasta el fondo, pero no avanzaba. Por el contrario, parecía ir disminuyendo aún más la velocidad.
—¡No, no ahora! —grité mientras apretaba con más fuerza el pedal, pero nada. Me vi obligada a bajar los cambios, pero antes de llegar a segunda el auto dio un brinco y tuve que detenerme. Intenté pasar a primera, pero la caja de cambios empezó a trancarse, el motor hizo un rugido extraño y mi corazón se aceleró.
En eso, un camión empezó a tocar su bocina.
—¡No ves que apenas puedo moverme, idiota! —grité furiosa. Esto no podía estar pasando, pero al idiota del camión poco le importaba, porque continuó tocando el claxon.
Intentaba pensar con claridad. Aun con el ruido del camión detrás de mí, era aún de noche y estaba parada a la mitad de una subida. No podía llamar a una grúa porque no tenía dinero. No podía hacer nada y lo peor de todo es que aún faltaban kilómetros para llegar al pueblo.
Abrí los ojos y apreté con fuerza el volante. Me dije a mí misma que yo podía hacerlo. Di contacto una vez más, el motor encendió, pero cuando quise ponerlo en marcha, no pude porque la palanca de cambios estaba trabada y pronto me empecé a dar cuenta de que todo el interior se estaba llenando de humo.
¡Mierda, mierda! Lo que me faltaba, que el motor se incendiara o algo así. El tipo del camión, al darse cuenta de que no me movía, tocó como un loco su bocina mientras me sobrepasaba. Era un camión enorme, llevaba como dos carriles llenos de madera.
No sé si podía verme o no, pero le levanté el dedo corazón. Y todo quedó a oscuras. Volví a buscar mi celular. No sé por qué había ido hasta donde estaba el motor del auto si no tenía idea de cómo repararlo.
Sin darme cuenta estaba llorando como una niña pequeña. ¿Por qué me tenían que pasar estas cosas a mí? De la rabia, pateé la rueda con la punta de mi zapato. En eso, dos focos alumbraron mi rostro. No lo dudé, elevé mis manos para detenerlo y, si no lo hacía, me iba a lanzar al medio de la carretera. Eran quizás las tres o cuatro de la mañana, no iba a probar mi suerte esperando a que otro auto apareciera en medio de una montaña.
Por suerte, el auto se detuvo. Era una camioneta enorme, parecida a esas Ford Raptor. Un hombre con una gorra se bajó. Apenas podía ver bien su rostro, ya que las luces de su auto me encandilaban.
—¡Hola, señor, gracias por detenerse! —las palabras se amontonaban en mi boca—. No sé qué ha sucedido, de pronto dejó de funcionar, he intentado arrancar, pero ha empezado a salir humo...
El hombre intentó contener una risita. Ya, debe ser súper gracioso escuchar a una chica a las tres y tanto de la mañana, llorando porque su auto del año de quién sabe quién no pudo subir una simple subida. Ignoré esa pequeña molestia y continué con mi relato.