Premoniciones: M.O.R. [1]

Capítulo 5: El estudiante (parte 1/5)

«¿Encontraste algo sobre el paradero de los estudiantes?»

Envié el mensaje a Aryan sin dudar. Si la policía no pensaba moverse, entonces lo haríamos nosotros. No por valentía, sino porque quedarse quieta ya no era una opción.

El teléfono vibró casi de inmediato.

«Vamos a encontrarnos. Café Dulce Esencia, en media hora».

Fruncí el ceño.
¿Sabía que trabajaba aca?

No importaba. Ya estaba en el café, rodeada del murmullo habitual, del tintinear de las tazas y del aroma dulzón que impregnaba el aire. Solo tenía que esperar… y fingir normalidad.

—¿Por qué no me contaste sobre él? —reclamó Narel, cruzándose de brazos, con una molestia mal disimulada.

Levanté la vista, desconcertada.

—¿De que estas hablando?

Narel ladeó la cabeza, observándome como si intentara leerme entre líneas.

—Hay un hombre bastante lindo preguntando por vos —comentó Narel en voz baja, con una sonrisa que no lograba ocultar la curiosidad.

Miré el reloj.
¿Ya había pasado media hora?

—Necesito hablar con él —dije sin rodeos—. ¿Podes cubrirme un rato? Te prometo que después te cuento todo.

Narel arqueó una ceja, divertida, y asintió.

—Te tomo la palabra.

Me limpié las manos en el delantal y avancé hacia la mesa del fondo. Aryan estaba sentado con la espalda recta.

—¿Cómo sabes que trabajo aca? —le pregunté apenas llegué—. Eso tiene nombre… y se llama acoso.

Él rió, breve, casi incrédulo.

—¿Acoso? Si, claro. Resulta que el dueño de este café es mi hermano, Kaein y cuando comprobamos tu coartada por lo de Mila, figurabas como empleada de acá, así que lo llamé y me lo confirmó. Además —añadió, encogiéndose de hombros— soy cliente regular por las noches.

Parpadeé, sorprendida.

—¿Sos hermano de Kaein? —pregunté, sin ocultar mi asombro.

—¿Por qué te sorprende tanto?

—Es que Kaein es… bastante bien parecido, alto, y tú… —tosí con incomodidad— tú pareces bueno en tu trabajo —dije, forzando una sonrisa que no me convenció ni a mí.

Aryan era de complexión delgada, aunque con músculos bien definidos que se marcaban incluso bajo la ropa. Su cabello azabache combinaba con sus ojos rasgados, oscuros, siempre atentos, como si analizaran más de lo que mostraban. Sus labios, alargados y ligeramente carnosos, rara vez se curvaban en algo parecido a una sonrisa.

Kaein, en cambio, era alto, de figura estilizada y hombros anchos. Cabello castaño oscuro, la misma mirada rasgada, pero con una expresión abierta, luminosa. Donde Aryan era sombra y silencio, Kaein era ruido y risa. A veces juraría que Aryan simplemente no sabía sonreír.

Él soltó una risa más franca esta vez.

—Supongo que ya entendí el cumplido… aunque no sé si agradecerlo.

Aryan dejó de reír.

La ligereza se le escurrió del rostro como si alguien hubiese apagado una luz invisible.

—Como sea… tengo malas noticias.

Algo en su voz me tensó los hombros.

—¿Qué pasa?

—Me despidieron del departamento de policía.

Parpadeé, una vez. Dos. Como si el gesto pudiera reordenar lo que acababa de oír.

—¿Qué? —la palabra se me escapó más alta de lo que pretendía—. Esa era nuestra ventaja para atraparlos.

Aryan apartó la mirada, clavándola en la superficie de la mesa, donde una mancha de café seco dibujaba una forma irregular.

—Ya lo sé.

Hubo un silencio breve, espeso.

—Ese día —continuó— mi papa me dejó fuera del caso de los estudiantes. Toda la información fue restringida. Sellada. Como si nunca hubiera existido. Así que entré a su oficina cuando no estaba.

Mi estómago se cerró.

—Aryan…

—Estaba a punto de abrir los archivos cuando me atrapó —alzó la vista, y por primera vez vi algo quebrado en sus ojos—. No gritó. No hizo lio. Simplemente me despidió.

—¡Estabas intentando atrapar criminales! —dije, incrédula—. ¿En qué mundo tiene sentido eso?

Una sonrisa amarga curvó apenas sus labios.

—En uno donde hay personas con demasiado poder —respondió—. Gente que está muy por encima de nosotros. Tan arriba que ni siquiera nos ven. Yo puedo perder mi trabajo y conseguir otro. Pero mi papa no puede hacer lo mismo a su edad.

Se encogió de hombros, aunque el gesto no logró ocultar el peso que cargaba.

—Entonces, ¿no importa qué clase de policía seas? —dije, sin suavizar la voz—. Mientras tengas una placa, ¿todo está permitido?

Hice una pausa. El silencio cayó entre nosotros.

—Lamento que sea tu papa —añadí—, pero hay cosas más importantes que un despido. Encontrar a los atacantes de Mila no es opcional. —mis dedos se cerraron alrededor del borde de la mesa—. Ellos le arruinaron la vida.

Aryan no apartó la mirada esta vez.

—Ya lo sé —respondió—. Por eso prometí atraparlos. Pero mi papa tiene que quedar fuera de esto.

—La corrupción también es un delito —le recordé, con un hilo de dureza.

Su mandíbula se tensó.

—Te lo pido como un favor —dijo—. Los vamos a atrapar, pero sin involucrar a mi padre ni a la estación.

Lo observé unos segundos más de los necesarios. Busqué fisuras, mentiras, algo que me indicara que estaba equivocándome al confiar en él.

Asentí.

—Esta bien pero solo espero que no termine siendo un problema.

Un leve alivio cruzó su expresión, aunque no llegó a instalarse del todo.

—Te lo agradezco, Loa —dijo—. Por cierto… ¿recuerdas algo del instituto al que asistían?

El café pareció enfriarse de golpe.

—Instituto N… —fue lo único que se me vino a la mente—. N —repetí, intentando forzar algo más—. Es todo lo que me acuerdo.

Aryan entrecerró los ojos.

—¿N.F.? —indagó.

Asentí de inmediato.

—¿Cómo lo sabes?

—Vi la insignia del instituto entre las prendas de Mila —respondió—. Estaba etiquetada como evidencia. Me resultó familiar… yo fui a ese instituto.

Lo observé con sorpresa.

—Vaya que tiene sus años ese lugar —me burlé—. Entonces no hay margen de error. Tenemos que ir y comprobar si realmente estudian ahí.




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