Presente En Mis Ruinas

Capítulo 2 “El bullying y el colegio"

La adolescencia es una etapa llena de contrastes, donde lo mejor y lo peor pueden coexistir de manera brutal. En apariencia, es una época en la que las responsabilidades parecen limitarse a estudiar, sacar buenas notas y cumplir con las expectativas básicas que impone el sistema educativo. Sin embargo, detrás de esa fachada de simplicidad, la realidad para muchos adolescentes puede ser abrumadoramente compleja. Las inseguridades, los cambios físicos y emocionales, y la búsqueda de aceptación se entrelazan, creando un escenario donde, sin las herramientas necesarias, sobrevivir cada día en el colegio puede ser un desafío agotador.

En mi caso, el colegio fue más una guerra silenciosa que un lugar de aprendizaje. Desde que era muy pequeña, fui el blanco perfecto para el bullying. Mi timidez y naturaleza introvertida me convertían en presa fácil. No seguía las modas, ni entendía lo que los demás consideraban “cool”. Desde el jardín infantil hasta el último año de enseñanza media, el maltrato fue una constante en mi vida. Lo peor era que estas experiencias no solo afectaron mis días en el aula, sino que lentamente fueron minando mi autoestima. Cada burla, cada crítica sobre mi apariencia física, se convirtió en una verdad que se incrustó en lo más profundo de mí. No era lo suficientemente delgada, ni bonita, ni inteligente, o al menos así lo creía.

El eco de esas palabras hirientes resonaba en mi mente cada día. Me convertí en mi propia jueza, replicando las mismas críticas que había escuchado durante años. Este ciclo de autocrítica y rechazo me llevó a autoexcluirme, a evitar cualquier situación social en la que pudiera sentirme más vulnerable. A veces, estar sola parecía más seguro que enfrentar el juicio constante de mis compañeros.

Sin embargo, en algún rincón de mi ser, siempre supe que esas personas no eran el tipo de personas con quienes quería compartir mi vida. Aunque me costaba verlo en ese momento, entendía que no necesitaba su validación. Con el tiempo, aprendí a refugiarme en algo que no me juzgaba: la música. Allí encontré un santuario. La música fue mi escape, mi compañera en los momentos de mayor soledad. Cuando la exclusión y el maltrato se volvían insoportables, ponía mis audífonos y dejaba que las melodías me llevaran a otro lugar, uno donde no había burlas ni miradas de desprecio. Es irónico cómo algo tan intangible como una canción puede convertirse en un refugio más sólido que cualquier muro.

Nunca fui capaz de pedir ayuda de manera directa. En esos tiempos, el bullying no era un tema tan visibilizado ni comprendido como lo es ahora. Aunque mi madre intuía que algo no estaba bien, nunca llegué a abrirme completamente con ella. Me costaba traducir en palabras lo que experimentaba a diario. Lo intenté en el colegio, buscando una respuesta que nunca llegó. Las advertencias verbales que los profesores dirigían a mis agresores eran solo palabras vacías, gestos superficiales que no frenaban el maltrato ni cambiaban la realidad de lo que enfrentaba.

Recuerdo las agresiones físicas: los golpes, los encierros, el ser humillada frente a otros, con jugos derramados sobre mi ropa y comida arrojada a la cara. El daño emocional que todo esto dejó en mí fue profundo, tan profundo que, a veces, me parecía que nunca podría salir de ese agujero. Los profesores, el equipo de orientación... todos fallaron en ver la magnitud de lo que estaba ocurriendo, o quizá no supieron cómo manejarlo. La sensación de impotencia era abrumadora. Me sentía atrapada en un ciclo de ansiedad que comenzaba cada mañana, cuando me dirigía al colegio sin saber qué nuevo castigo me esperaba.

La música fue mi salvación. En esos días oscuros, fue la única constante que me sostuvo, la única voz que parecía entenderme cuando el mundo a mi alrededor no lo hacía. A través de las canciones, encontré una forma de expresar lo que no podía decir en voz alta. Me refugiaba en mis audífonos, donde el ruido del exterior se desvanecía, y solo quedaba ese espacio privado entre yo y la música, donde por fin podía respirar.

~Si estás pasando por lo mismo, no te calles. Habla. Y si no te escuchan a la primera, vuelve a hablar. Hazlo todas las veces que haga falta. Porque lo que vives importa, y nadie tiene derecho a hacerte sentir menos.

Sé que da miedo. Que muchas veces uno cree que lo mejor es aguantar en silencio, como si el dolor fuera algo que te toca nomás. Pero no. Nadie merece vivir con miedo todos los días. Nadie merece sentirse solo frente a todo eso.

Buscar ayuda no es una debilidad, es un acto de valor. No te encierres. Cuéntale a alguien. A tu mamá, a un profesor, a una amiga… Y si no te creen o minimizan lo que vives, insiste. Porque mereces ser escuchado. Merezco haber sido escuchada. Todos lo merecemos.

Y mientras encuentras esa voz que te escuche, agárrate fuerte de lo que te haga bien. De una canción, de un libro, de escribir, de lo que sea. A veces, eso que parece tan pequeño es lo único que nos mantiene en pie. Pero lo importante es que sigas. Que no te rindas.

Esto no va a ser para siempre. Aunque ahora duela, aunque te cueste creerlo, un día vas a salir de ahí. Y vas a sanar. No porque olvides lo que te pasó, sino porque vas a aprender a mirarte con tus propios ojos, no con los de quienes te hicieron daño…~




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