Presente En Mis Ruinas

Capítulo 5: "Cuando el corazón dejó de latir por los dos"

“Cuando alguien que amas muere, una parte de ti también se quiebra. Es un proceso doloroso, a pedazos grandes e infinitos, en momentos, para siempre; como olas que parecen ahogarte y en calma, de vez en cuando, te sacan a flote. Es como si esos pedazos nunca volvieran a unirse, solo quedaran arrastrados por la orilla de un mar sin vida.”

Era la mañana del 19 de mayo de 2024, un día que comenzó como cualquier otro. Me desperté con la intención de ir al supermercado; todo parecía normal. Llamé a mi papá, pero no contestó. Asumí que estaba trabajando, que quizás estaba ocupado y que más tarde podría hablar con él. Sin embargo, una hora después, la llamada que nunca quise recibir llegó.

El colapso mental que experimenté en ese momento fue devastador. Lloraba y gritaba, incapaz de entender lo que estaba sucediendo. Solo sentía un dolor inmenso. Mi papá, el hombre que había sido mi roca, ya no estaba, y lo más cruel de todo es que no pude despedirme de él. En ese instante, 336 kilómetros parecían ser una distancia insuperable. Solo quería llegar, llegar hasta donde estaba para abrazarlo y darle un último beso, pero el tiempo y la distancia se convirtieron en mis peores enemigos.

A pesar de que pisé el acelerador con fuerza en varias ocasiones, no pude llegar a tiempo. Cuando finalmente lo hice, el impacto fue abrumador. Allí estaba su cajón, y ese fue el momento más traumático de mi vida. La imagen de mi papá, con una expresión de paz que contrastaba con el caos en mi interior. “Parece que está dormido”, repetían algunos, como si esas palabras pudieran calmar el huracán de emociones que me devoraba.

No entiendo, no comprendo cómo esto pudo suceder. Mi imperio romano es tu partida; una parte de mí sigue esperándote, pero la dura realidad golpea, y se me hace un nudo en la garganta. Aceptarlo ha sido un proceso doloroso; tu ausencia me lastima profundamente. No acepté tu muerte en el velorio ni en el entierro. La acepte cuando comprendí que nunca más podrías abrazarme, que nunca más recibiría una llamada tuya, ahí fue que entendí la magnitud de la pérdida. En ese momento, asimile que nunca regresaría.

Papá, tal vez no fui un diez, pero jamás te miré con desprecio. Siempre traté de justificar tus decisiones y acciones, esforzándome por ser una mejor persona. Te cuidé como si fueras un niño pequeño, preocupándome por tu salud, intentando que sanaras de un pasado que te perseguía, queriendo que supieras lo magnífico que eras ante mis ojos. Pero, sobre todo, te escuché sin juzgar, te comprendí y te amé tal cual eras.

Es doloroso, papá. Te fuiste antes de que pudiera mostrarte lo que he logrado en la vida. No estarás en el día de mi graduación, no serás testigo de mi boda, nunca conociste al amor de mi vida y no podrás ver a mis futuros hijos. Nos faltaban tantas cosas, papá, tantas experiencias por compartir.

A veces quiero creer que en otro universo, viviste muchos años más, que me viste graduarme, que estuviste a mi lado para celebrar mis logros, que compartimos risas en mis cumpleaños y pláticas profundas sobre la vida y el universo. En ese otro mundo, tal vez nunca estuviste enfermo, y nunca tuviste que dejar este.

Fue todo tan repentino, papá. Esa tarde estábamos velando tu cuerpo, y de un momento a otro ya nos encontrábamos en tu entierro, despidiéndonos. Deseaba que todo fuera un mal sueño, que al despertar todo regresara a la normalidad. Todo se sintió irreal, triste, como si el vacío se adueñara de mí.

Y tú ya no estabas, papá. Secaba mis lágrimas en soledad, sintiendo que el hombre que más me amaba reposaba en un cajón, sin poder decirle a su princesa que ya no llorara.

Aún intento procesar todo lo que está sucediendo. Siento un dolor agudo en el pecho que viene y va, y las lágrimas surgen de la nada. Siempre supe que en algún momento te irías, pero no esperaba que me dejaras de la manera en que lo hiciste. Nunca me sentí tan amada y, al mismo tiempo, tan herida por la misma persona.

Papá, vives en los corazones y en la memoria de todos los que te amamos. A veces te lloramos, a veces sonreímos recordando los momentos vividos contigo. Tu ausencia duele profundamente, pero nos consuela pensar que ahora estás libre de dolor y sufrimiento en este mundo. Te envío un beso enorme al cielo y espero con ansias el día en que volvamos a estar juntos, para volver a abrazarte.

~No hay una forma correcta de vivir el duelo. Perder a alguien que amamos rompe algo dentro de nosotros que nunca vuelve a ser igual, pero eso no significa que el amor se acabe. Llora cuando lo necesites, recuerda sin culpa y habla de quien partió tantas veces como lo necesites. El dolor cambia, pero no desaparece. Aprende a vivir con él como quien lleva una cicatriz: no para olvidarla, sino para recordar que hubo algo tan grande, tan amado, que dolió perderlo. Y aun así, sigues aquí. Sigues amando~




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