Anoche no dormí nada, no fui capaz de hacerlo. Me había acostumbrado a dormir entre los brazos de Miki, que ahora que no está, me fue imposible hacerlo sola. Pero no solo por eso, no dejé de llorar, lo echaba de menos, y tenía mucho miedo, miedo de no saber reponerme a su marcha, miedo a lo que estará pasando fuera, miedo a que no me espere. Miles de preguntas rondaban por mi mente, así que no pegué ojo.
Me levanto de la cama como un resorte en cuanto suena la música, y sin decir nada a nadie, salgo de la habitación con la ropa para cambiarme, y me meto en uno de los baños. Intento aguantar las lágrimas que amenazan con volver a salir y me visto.
Salgo y voy hacia la mesa donde están las pilas del micrófono para cambiarlas, como hacemos cada mañana. Después voy hasta el comedor y me obligo a mí misma a comer algo. Me preparo unas tostadas y un vaso de leche con cola-cao, y después me siento en una de las mesas. Desayuno en silencio, abstraída en mis pensamientos, hasta que una mano se posa en mi rodilla. Me giro en dirección a la persona que me ha devuelto a la realidad, y me encuentro con la mirada preocupada de Alba.
Hola – me saluda con una sonrisa leve en su cara - ¿Cómo te encuentras? – me pregunta directamente.
Ahí voy – respondo sin más, volviendo a centrar mi atención en la tostada que tengo delante.
¿Cómo has dormido? – vuelve a preguntarme.
Mal – digo sincera – Me… - se me entrecorta la voz y se me llenan los ojos de lágrimas – Me faltaba él – consigo decir cómo puedo.
¡Oh, María! – me dice en tono suave y se acerca a mí para rodearme con sus brazos – Sé que lo estás pasando mal – me pasa una de sus manos por mi espalda – Pero tienes que centrarte en esto – me dice apartándose de mí y mirándome a los ojos – En el concurso, en seguir adelante y dejar eso otro atrás. Ya tendrás tiempo cuando salgas para preocuparte por ello – me dice y yo asiento, porque en el fondo sé que tiene razón, pero no es tan fácil - ¿Me lo prometes? – me mira fijamente.
Lo intentaré – respondo.
Con eso me basta – me sonríe y yo le devuelvo una sonrisa leve.
Seguimos con el desayuno y todos cuando me ven me dan un abrazo, pero no dicen nada más. Creo que intentan evitar hablar de él, lo cual agradezco. Natalia me mira y yo ignoro su mirada. Desde que supe que había sido ella quién se había lanzado y besado a Miki, nuestra relación se había enfriado. Me siento mal porque estemos perdiendo esa unidad que teníamos, pero necesito un tiempo para aclarar todo esto. Y ahora, dentro de la Academia, no es un buen momento, tengo muchas cosas con las que lidiar.
Entro en la primera clase que tengo con los Javis y los saludo. Cada uno de ellos me da un gran abrazo de oso, que correspondo agradecida. Nos sentamos en las sillas, alrededor de la mesa, y dejo el cuadernillo de trabajo sobre ella. Los miro primero a uno y después al otro, pero no dicen nada, por lo que agacho la cabeza y me centro en el borde de mi camiseta, que me parece que es lo más interesante que hay ahora mismo.
De reojo veo que se miran y se hacen gestos como para que uno de ellos comience a hablar. Al final creo que es Javier Calvo quien pierde esa batalla que estaban teniendo, porque acerca más la silla a la mesa y se inclina para mirarme.
María – me llama y yo alzo la cabeza para mirarlo - ¿Estás bien cielo? – me pregunta preocupado.
Voy tirando – respondo.
Tienes que seguir adelante, cielo. Céntrate en el concurso, en la canción para la final. Porque sí, María, estás en la final. ¿No estás contenta? – me pregunta Javier Ambrossi animándome.
La verdad es que por esa parte sí, estoy contenta – respondo – Además es una canción que me gusta mucho.
Esa es la actitud – me dice otra vez Ambrossi al verme algo más animada – Tienes que ir a por todas, porque puede salir un numerazo.
¿Tú crees? – pregunto.
La canción te viene perfecta, María. Tienes que confiar un poco más en ti – me dice Javier Calvo.
Lo sé, pero… - no sé cómo explicar esa sensación que siempre tengo, de que no soy lo suficiente para lo que me piden.
Eres tú misma quién te infravaloras, porque eres muy capaz de hacerlo. Ya te hemos visto haciéndolo – me dice Ambrossi posando una de sus manos sobre la mía.
Vamos a empezar, ¿te parece? – me sigue diciendo y yo asiento con la cabeza – Te ponemos la música y la cantas una vez, a ver qué tal.
Comienza la melodía a resonar por los altavoces y con el cuadernillo abierto de la letra de mi canción, comienzo a cantar. Lo hago casi sin ganas, sin sentimiento. A pesar de que es una canción que me encanta, no estoy centrada, estoy en otro mundo.
Vamos a hacer una cosa – dice Javier Calvo cuando acabo de cantar – Ven – me coge de la mano y me hace levantarme de la silla – Siéntate en el suelo y cierra los ojos – hago lo que me pide y espero. ¿Qué querrá hacer? – Quiero que pienses en todo tu concurso, desde que entraste – una música de piano, resuena de fondo – Piensa en cómo entraste en la Academia, en esa María tímida, que se guardaba todo dentro – me veo entrando, en cómo pensaba que no merecía estar ahí, que muchos lo habían hecho mejor que yo, y ahora estoy aquí, viendo cómo he evolucionado, me he abierto a los demás – Piensa en los amigos que has hecho, en la amistad que has forjado, en los momentos de risa. Piensa en esos momentos que has reído a carcajada limpia, en cómo te sientes cada vez que pisas ese escenario – Una sonrisa se me dibuja en la cara al recordar en todo lo que he vivido desde que he entrado – Ahora piensa en lo malo, en cómo lo has afrontado y te has superado a ti misma – y ahí es cuando comienzo a romperme un poco – Piensa en las personas que se han marchado ya, esas que esperan fuera, que están bien y que solo quieren que disfrutes de esta experiencia hasta el final, que están orgullosos de ti, de lo que has conseguido – Javier Calvo se calla y me deja con mis pensamientos.