Hay días en los que simplemente sabes que algo va a salir mal.
Hoy, por ejemplo, mi café explotó en el microondas, un niño me vomitó encima a las 9:15 a. m., y la señora Renata (la directora) me pidió que “por favor sonríe más, querida, que pareces una viuda precoz”.
Perfecto. ¿Qué podía empeorar?
Spoiler: todo.
Estaba en plena hora de lectura con mis alumnos de kinder, El patito feo, cuando escuché un grito desgarrador. No el tipo de grito "¡se me cayó un crayón!" No. Fue más tipo “¡MI ALMA SE ROMPIÓ!”
Corrí. Y ahí estaba: Ian.
Tirado en el suelo, con la piernita torcida como si hubiera intentado recrear una escena de “Titanic versión infantil”.
—¡Ay, Dios mío! —grité. Y ojo, no soy de gritar.
A menos que alguien desordene mis materiales de arte.
Ian lloraba, su pierna estaba muy mal. El niño más dulce, que me regalaba dibujos con corazones gigantes, estaba sufriendo.
Y no, no soy su madre, pero en ese momento...
fui su profesora, su escudo y su improvisada ambulancia humana.
—¡Que alguien llame a emergencias! ¡Y que me traigan mis galletas, que esto va para largo! —solté, mientras lo cargaba como una mezcla entre heroína y señora estresada.
Dato curioso: No tengo hijos. Tengo veinticuatro años. Ni siquiera tengo plantas.
Pero al parecer, si llevas a un niño herido al hospital y lo abrazas como si el mundo se fuera a acabar, todo el mundo cree que eres la madre adolescente del año.
—¿Madre del menor? —pregunta la recepcionista, sin levantar la mirada.
—NO. Profesora.
—¿Tía?
—¡PRO-FE-SO-RA! Con título y todo.
Resoplé. Ian me apretó la mano.
—No te vayas, señorita Katharina.
Y ahí se me derritió el corazón como chocolate en horno.
—No me voy, pequeño monstruo. A ti te salvo yo.
Y entonces apareció él
El doctor.
Alto. Con bata blanca.
Cabello negro perfectamente imperfecto.
Ojos... esos ojos.
Verdes. Fríos. Penetrantes.
Y su voz, cuando habló:
—¿Quién es la madre?
—YO. Digo, no. ¡No soy la madre! —le respondí, con una dignidad tan rota como mi peinado de emergencia.
—¿Profesora?
—Gracias. Al fin alguien con neuronas funcionales.
Me miró. Yo lo miré.
Y por un segundo, se hizo silencio.
Creo que mi corazón dijo:
"Katharina, sal corriendo o vas a terminar con este hombre en una camilla… pero no por una pierna rota."
¿Está permitido enamorarse de un doctor guapo en plena emergencia médica?
¿Y si lo que me late no es mi corazón, sino un peligro hormonal grave?
—Soy el doctor Kael Estrada. Pediatría. Lo revisaremos de inmediato.
¿Kael? ¿Qué clase de nombre sexy es ese?
Eso no es un nombre. Eso es una amenaza para mi estabilidad emocional.
Me obligué a mirarlo sin parecer una acosadora.
Spoiler: Fracasé.
Lo vi agacharse con sus manos grandes y su expresión concentrada.
Ian dejó de llorar. ¡MI ALUMNO DE CINCO AÑOS ESTABA MÁS TRANQUILO QUE YO!
Y ahí supe… que algo se me iba a romper ese día.
No la pierna.
El orgullo.
Kael.
El doctor.
Ese hombre parecía diseñado genéticamente por un comité de escritoras eróticas.
Mientras él examinaba a Ian con suavidad y profesionalismo (maldito sea, incluso sus movimientos eran sexys), yo solo podía pensar en una sola cosa:
“No lo mires, Katharina. No lo mires.
Ok… lo miraste.
¿Y si lo estás mirando tanto que se da cuenta que lo estás mirando?
¿Y si… ya se dio cuenta?
¿Y si le parece que tengo cara de acosadora?
¿Y si le parezco su tipo?
¿¡Y si ME DESMAYO AQUÍ MISMO!?
Respira, Kat. Respira.
Eres una mujer fuerte, elegante, con un máster en sarcasmo y un doctorado en “no necesito un hombre”.
—¿Se encuentra bien, señorita?
—¿Eh? —parpadeé.
Kael me estaba mirando. De cerca.
Sus cejas ligeramente arqueadas. Su voz baja. Su expresión seria.
Y su boca... esa boca.
Seguramente era ilegal tener esa forma de labios en 47 países.
—Estaba… jadeando un poco —dijo con tono clínico—. ¿Está usted nerviosa?
¿Nerviosa yo? PFFFF. Por favor. Solo estoy teniendo una pequeña crisis existencial con fondo de jazz instrumental.
—No. Solo estoy... preocupada por Ian.
Mentira.
Estoy preocupada por mi libido.
Ian me miró desde la camilla, con su pierna vendada y una paleta de regalo en la mano.
—Señorita Katharina, ¿puede quedarse hasta que venga mi mami?