Presión alta

III

KAEL

No suelo perder el tiempo con mujeres mandonas, ruidosas o dramáticas.
Me gusta lo claro, lo funcional.
El problema es que Katharina del Sol no es funcional.
Es un incendio con rímel.
Una crisis vestida de sarcasmo.
Y no dejo de pensar en ella.

La vi entrar al almuerzo con ese vestido negro y su pelo suelto como si no fuera a hacerme nada.
Y aún así, me desarmó en tres segundos.

Se sentó frente a mí.
Con esa boca afilada, cruzando las piernas como si no supiera que todos los hombres a la mesa la habían mirado al menos una vez.
Ella, no.
Ella me miró a mí con guerra en los ojos.
Y me encantó.

“¿Siempre habla así?”
“Solo cuando los hombres guapos me alteran la presión.”

Esa frase me persigue desde entonces.
Y no puedo olvidarla.

Cuando pedí hablar con ella a solas, no fue porque quisiera “agradecerle”.
Fue porque necesitaba estar cerca.
Ver si ese sarcasmo se deshacía a medio metro de distancia.
Ver si sus labios temblaban.
Ver si era real todo lo que mi cabeza ya había empezado a imaginar.

No la besé.
Pero lo pensé.
Dios, cómo lo pensé.

Y cuando se fue, se llevó algo conmigo.
No sé si fue el aire, el juicio o la parte lógica de mi cerebro.
Pero me dejó jodido.

21:00 p. m.
La tenía en la mente.
No por dulzura.
No por ternura.
Sino por el reto.
Por el deseo.
Por la forma en que ella me saca de mi eje sin ni siquiera intentarlo.

“¿Y si le escribo?”

Me dije que no lo haría.
Me dije que sería estúpido.
Que soy adulto, doctor, racional.
Pero… escribí.

“¿Llegaste bien?”

Esperé.
Cuando respondió con frialdad, sonreí.

Ahí está.
La chica con fuego en la lengua.

Y cuando seguimos escribiendo…
su ironía, su forma de pelear…
confirmó lo que ya sabía desde el almuerzo:

Katharina me gusta.
No como los demás.
No para una noche.
Me gusta como alguien que me desafía.
Me pone nervioso.
Me da ganas de ir más allá.

Y eso, para mí, es peligroso.

Dormí mal.
Mal nivel: dar vueltas, revisar el celular, pensar en su boca, y preguntarme qué hubiera pasado si me hubiera acercado solo un centímetro más.

Pensé en escribirle de nuevo.
Desistí.
Volví a pensarlo.

"Esto no puede seguir así, Kael."

Me repetí eso entre café y ducha fría.
Entre expedientes y llamadas.
Entre una cirugía menor y una ronda de pediatría.

Pero… nada me sacaba su imagen de la cabeza.
Katharina.
Con ese carácter. Esa energía que no se doblega.
Y esos malditos ojos que te miran como si te fueran a incendiar con solo pestañear.

11:24 a. m.

Lucrecia, una de las enfermeras, me trajo el expediente actualizado de Ian.
Todo bien. Recuperación normal.
Sin necesidad de seguimiento…

…a menos que alguien lo indicara personalmente.

Yo.

Ese alguien soy yo.

—Lucrecia —dije con tono clínico—, ¿puedo tener el número del colegio donde estudia Ian? Necesito confirmar algo sobre su medicación.

—¿No sería mejor llamarlo a su casa?
—Ya hablé con la madre. Pero quiero saber cómo lo ven en clase.
—Claro… cómo no, doctor... —sonrió, esa sonrisa de “me hago la tonta, pero sé que te gusta la maestra”.

11:41 a. m.
Llamé.
Una voz joven contestó. Suena nerviosa.
Era ella.

—¿Aló?
—Katharina.
—…¿Kael?

Silencio.
Yo debería decir algo inteligente. Algo profesional.
Pero…

—¿Te interrumpo?

—Sí. Estaba enseñando a los niños a no dejarse distraer por cosas innecesarias.

—Entonces soy una distracción.
—No dije eso.
—Pero lo pensaste.
—¿Qué necesitás, doctor?

Ahí estaba de nuevo.
Esa guerra fría, esa tensión debajo de las palabras.

—Quería pasar a ver cómo está Ian en clase.
—¿Preocupado por su evolución médica… o emocional?
—Digamos que por ambas.

Ella se rió. Cortita. Pero real.

—Estaremos en recreo a las 12. Si vienes, traé dulces. O los niños te comerán vivo.
—¿Y tú?

Silencio.

—Yo no como dulces.
—Pero seguro eres peligrosa igual.

Y cortó.
Así. Sin despedirse.

Maldita.

Me hizo sonreír.
Como un idiota.

11:58 a. m.



#3373 en Novela romántica

En el texto hay: 25 capitulos

Editado: 27.08.2025

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