Presión alta

IV

15:22 p. m.
Terminé la clase y ya estaba sentada en mi escritorio, fingiendo llenar papeles mientras en realidad repasaba cada centímetro de la conversación con Kael.

No me tocó.
No me besó.
Ni siquiera me guiñó el ojo esta vez.

Pero su voz me acarició el sistema nervioso como si hubiera hecho un posgrado en provocación.

Mi corazón todavía no se decide si quiere acelerarse por placer… o por miedo.

—¡Katharina! —entra Flavia , mi compañera de grado, con su voz cantarina—. ¿Ese era el doctor del otro día?
—¿Quién?
—No te hagás la idiota. Ese que parece sacado de una novela de médicos con problemas emocionales.

Yo me encogí de hombros.

—Es solo el pediatra de Ian.
—Y tú eres “solo” una mujer que casi se le cae encima cuando él se sentó a tu lado.
—Fue el banco. Estaba flojo.
—Y tú también, amiga. Flojísima.

Flavia salió riéndose.
Yo… abrí el cajón de mi escritorio.
Saqué mi cuadernito.
Mi diario.
Sí, tengo uno. No es rosa ni tiene candado. Es negro. Como mi alma.
Y escribí:

✎ “Hoy volvió a venir.
Con gomitas. Con excusas.
Con esos malditos ojos de lobo que finge ser cordero.
No lo odio. Pero me da miedo.
Porque si me gusta más de lo que debería, no voy a poder frenarlo.
Y yo soy muchas cosas… pero nunca he sido buena para frenar.”

Cerré el cuaderno.
Me golpeé la frente contra el escritorio.

—Katharina.
Por favor.
No te metas en esta.
No te metas con un hombre que huele a problemas y a aftershave caro.
No te metas con un médico con manos tan grandes y voz tan… grave.
No te metas…

Mi celular vibró.

Mensaje de Kael.

Kael: “¿Ya te deshiciste de los niños o sigues siendo la líder de la pequeña secta?”

Me reí.
Como una estúpida.
Como si no llevara toda la tarde intentando no pensar en él.

Yo: “Sobreviví. Apenas. ¿Y tú? ¿Ya volviste a jugar al doctor serio?”

Kael: “No. Estoy pensando en tí.”

Tierra, trágame.
Cielo, bajá.
Jesús, subeme.

Respiré.
Mucho.

Yo: “¿Estás aburrido?”

Kael: “No. Estoy perdiendo el juicio.”

Y con eso…
cerré el celular.
Me tiré en la silla.
Y suspiré como si tuviera 15 años y acabara de ver a mi crush en la puerta del colegio.

—Tienes que ir al médico —me dijo Flavia esa mañana.
—Estoy bien.
—Tienes ojeras que parecen maletas.
—Estoy cansada.
—Te mareás cada vez que te agachás.
—Es mi alma abandonando el cuerpo por exceso de responsabilidades.
—¿Y si tienes anemia?

Eso me hizo dudar.
Un poco.

Así que entré a la web del hospital privado donde trabaja Kael y saqué una cita.
Pero con medicina general, en otro horario.

No voy a ir a buscarlo. No necesito verlo. No soy esa clase de mujer.

Spoiler:
Sí soy.
Pero hoy no.

18:12 p. m. | Consultorio 4B

El doctor que me tocó se llama Daniel Vera.
Treinta y tantos, alto, sonrisa amable.
Pelo peinado para atrás, un anillo de casado brillando en el dedo.
Y una foto en su escritorio con tres niños y una esposa que parece modelo de catálogo de seguros familiares.

Bien por él.

—¿Nombre completo? —pregunta sin mirarme, escribiendo.
—Katharina del Sol.
—¿Edad?
—Veinticuatro. Pero emocionalmente tengo noventa y dos.
—¿Motivo de consulta?
—Me duele existir.
—¿Síntomas físicos?

Suspiré.
Me saqué el sarcasmo y hablé en serio por primera vez en semanas.

—Me mareo. Me canso fácil. Me duelen los brazos. Y estoy comiendo como si el fin del mundo estuviera cerca.

El doctor levantó la vista, ahora sí sonriendo de verdad.

—¿Y emocionalmente?
—¿Eso entra en el examen físico?
—No. Pero se nota.

Me cayó bien.
Cero tensión.
Cero vibras de “quiero besarte en el escritorio”.
Solo un médico real, con ojos buenos y voz suave.

—Vamos a hacerte un hemograma. Ver tus niveles de hierro, glucosa, presión. Lo básico. ¿Tienes antecedentes?

—Sí. Una tendencia crónica a enamorarme de hombres imposibles.
—Eso no lo puedo diagnosticar, pero te recomiendo terapia.
—Ya lo sospechaba.

Nos reímos.
Me hizo pasar a la camilla.
Me tomó la presión, me hizo algunas preguntas.
Profesional. Respetuoso.
Cero Kael.



#3418 en Novela romántica

En el texto hay: 25 capitulos

Editado: 27.08.2025

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