Primer amor

Uno

El hospital estaba saturado de una luz blanca, una claridad agresiva que se clavaba en mis pupilas como agujas de cristal. Aún puedo evocar ese aroma estéril, una mezcla asfixiante de antisépticos, medicina y alcohol. ¿Lo conoces? ¿Lo recuerdas? Es una fragancia detestable que se instala en la garganta y no te suelta. Si me detengo a analizar ese momento, con la perspectiva que me da el presente, creo fervientemente que fue una auténtica locura.

​Mi madre —o la mujer que el destino me asignó como tal— estaba a mi lado; es el único destello de calidez que sobrevive en mi memoria. No lo recuerdo con total nitidez, pero volver a ese pensamiento me sirve de ancla, aunque sea una fantasía reconfortante. En aquel entonces me sentía protegida, una sensación que hoy se me antoja lejana mientras me encuentro completamente sola, perdida en la inmensidad de esta espantosa mesa diseñada para veinte personas. Estoy aquí, enfrentándome a un pudín que parece haber sido preparado con desgana, o quizás es solo mi amargura la que le da ese sabor gris. No lo sé; tal vez me equivoque, pero el instinto no miente: sé en lo más profundo de mi ser que esta no es mi familia. Lo presiento en cada silencio, en cada pasillo vacío.

​Duermo entre sábanas de seda que se resbalan de mi piel y mantas pesadas en una cama de dimensiones reales, casi una Queen Size. Pero, ¿qué importa el lujo si el alma siente que todo es una estupidez? Tengo sirvientas que anticipan mis movimientos, que lavan mi ropa antes de que note que está sucia, que tienden mi cama con una precisión militar. Empiezo a sentirme inútil, una muñeca de porcelana olvidada en un estante de lujo. Todo lo hacen por mí, absolutamente todo. Definitivamente, esto no es lo mío. A veces me pregunto si el ser humano está condenado a elegir entre ser el esclavo de alguien o el dueño de vidas ajenas, sin encontrar nunca un punto medio. No lo sé, de verdad que no lo sé.

​—Señorita Fortyin, he preparado sus cosas para el instituto —anunció el ama de llaves con esa voz monótona que tanto me agota—. Es su primer día, espero de corazón que todo marche bien.

​Me acomodó el uniforme una, dos, tres y cuatro veces más. Parecía que nunca era suficiente, que siempre había una arruga invisible que delataba mi desorden interno.

​—Recuerde hacer amigos, señorita. Sé que para usted la comunicación es un reto, pero inténtelo. Haga el esfuerzo por encajar.

​—Ajá, ya entendí. Adiós —respondí cortante, ansiosa por escapar de esa atmósfera asfixiante.

​—No olvide que su madre vendrá hoy a cenar. Llegue a tiempo y, por lo que más quiera, no altere sus horarios.

​Me marché escuchando el eco de sus advertencias a mis espaldas. Al salir, el frío de Alaska me golpeó la cara como una bofetada helada. Es un clima hostil, un invierno perpetuo que parece querer congelar los pensamientos. No sé si es normal que la gente en este país viva así, bajo este yugo de escarcha; no me quejo, pero tampoco logro encontrarle el encanto. Alaska, USA. Nunca, ni en mis sueños más febriles tras el accidente, imaginé tener esta vida de "niña rica": comodidades, coches de lujo, un chófer que me espera en silencio. Es el sueño de cualquier chica que mire mi vida desde la distancia, pero desde dentro, se siente deprimente, agotador. Hoy tengo que fingir, tengo que sonreír hasta que me duelan las mejillas y tratar de convencer al mundo de que soy una de ellos.

​El instituto es un lugar imponente, de una arquitectura que intimida. No es especialmente ancho de frente, pero su longitud se pierde de vista. Me han contado que el edificio tiene seis niveles, tres de los cuales se hunden bajo la tierra, ocultando secretos escolares. Sus emblemas son de un azul profundo, protagonizados por un caballero que porta un arma colosal, pero lo que realmente me inquietó fue el detalle de su rostro: un ojo del que brota una lámina de color marrón. "Instituto 47 Middle Harmour Bonjour". El nombre me suena ridículo, carente de cualquier armonía, y la bienvenida... bueno, la creatividad brilla por su ausencia.

​—¡Auch! ¡Hey! ¡Me has lastimado! —exclamé frunciendo el ceño, mi paciencia evaporándose en un segundo.

​Si no fuera porque un grupo de chicos corría por los pasillos como si todavía estuvieran en la guardería, no me habrían embestido con tal fuerza.

​—Discúlpate —exigí, clavando la mirada en el responsable.

​—¿Qué? ¿Quién eres tú? —El chico era de una estatura abrumadora, al menos para alguien de dieciocho años. Medía casi un metro ochenta; una locura total.

​Me di la vuelta con dignidad, fingiendo que no lo escuché, que no lo vi, que no era más que una mancha en el paisaje.

​—Supongo que eres otra extranjera más, de esas que no conocen las reglas. Qué pena me das. ¡Corre, que te alcanzo! —gritó tras de mí.

​Sus carcajadas rebotaron en las paredes de los pasillos, persiguiéndome mientras yo cruzaba salones a toda prisa. Sentía sus risas como un zumbido a mi lado, así que apreté el paso, mirando fijamente hacia el frente para no flaquear. Mi mente me ordenaba correr, pero mis pies, traicioneros, no coordinaron y acabé chocando. Una vez más. El destino parecía tener un humor bastante negro hoy.

​—Lo siento mucho —dijo una voz. Era dulce, cálida, completamente opuesta a la agresividad de hace un momento.

​Frente a mí estaba un chico rubio, de facciones suaves y ojos que bailaban entre el café y el verde. Era, sin duda, alguien apuesto.

​—Fui muy descuidado, te pido mil disculpas.

​—Disculpa a mi hermano, es un despistado total, casi parece ciego cuando camina —intervino una chica a su lado, dándole un empujón juguetón.

​—Creo que la despistada fui yo... Está muy bonito tu hermano —solté sin pensar. La sangre se me subió a las mejillas al instante. ¿En serio dije eso en voz alta? —. Bueno, bueno, olvida eso último. Fue mi error, no volverá a pasar.

​—¿Bonito? ¿Pretty? —El chico comenzó a reírse con ganas.




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