Primer amor

Dos

Gustavo... a veces, en el silencio de mi habitación, su nombre resuena con la elegancia de un título nobiliario. Podría ser descrito, sin exagerar, como un príncipe de una era olvidada.

Querido Diario:

​Hoy desperté con el corazón acelerado por un sueño extrañamente vívido. Él estaba ahí, en ese plano onírico, pero también lo tenía frente a mí en el mundo real. ¿Realmente quiero conocerlo o solo quiero perderme en su misterio? ¡Luces, cámara y acción!

​De repente, la fantasía y la realidad se fundieron. Ahí me encontraba yo, a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Estábamos a punto de darnos un beso porque la escena lo exigía; ese sería, técnicamente, mi primer beso. La atmósfera evocaba a una tragedia de Shakespeare, una especie de Romeo y Julieta moderno bajo los focos del set. Gustavo me sostenía por los hombros, su rostro inclinado hacia el mío, escrutándome con una intensidad que fingía amor, pero que quemaba como si fuera real.

​Mis manos temblaban sin control conforme él acortaba la distancia. Las cámaras se deslizaban hacia nosotros en un travelling lento y preciso. Él no apartaba su mirada profunda de la mía; yo, en cambio, era un manojo de nervios y estoy segura de que mi ansiedad era dolorosamente obvia para todo el equipo técnico. Tomó mi mano, un gesto sencillo que provocó que mi corazón latiera a cuatro años luz por hora. Sé que suena a hipérbole, que exagero, pero en ese instante sentí que el órgano en mi pecho iba a estallar. Tenía pánico de arruinar la toma, de no estar a la altura de su perfección.

​Si me dieran a elegir, no me arrepentiría de repetir esa escena mil veces. Podría pasarme el día entero grabando una secuencia tan simple con tal de estar en su órbita. Sin embargo, el ambiente comenzó a tornarse paranoico. Sentía una mirada pesada, cargada de una electricidad negativa que nos observaba desde las sombras del set. Era ella, Nalia. ¿Pero por qué me miraba así?

​—¡Corten! Listo, eso es todo. Tomen un descanso antes de la siguiente escena —sentenció el director.

​En cuanto las palabras salieron de su boca, la calidez de Gustavo se evaporó. Su mano, que hace un segundo parecía protegerme, me soltó con una frialdad absoluta, casi con furia. Fue un gesto brusco, como si tocarme le produjera un asco repentino.

​"Un descanso", repetí en mi mente, sintiendo una punzada de tristeza. Sabía que esta intensidad era solo porque ya no había clases los sábados y el club de actuación era nuestro único refugio. A pesar de haber tenido un rostro que irradiaba un amor devoto hacia mí, todo era una máscara. Actuación pura. En cuanto se apagaron los focos, no volvió a mirarme. En cambio, buscó a Nalia; a ella la miraba con un cariño genuino, una complicidad de amigos que me hacía sentir como una intrusa. Ella le devolvía la sonrisa, una expresión radiante que parecía iluminar el set.

​Tras lo que se sintió como un suspiro, retomamos la grabación. La siguiente toma era el clímax: el beso finalizaba mientras alguien observaba a lo lejos. Fue entonces cuando comprendí que Nalia no estaba celosa; simplemente estaba practicando sus propias expresiones, buscando la máscara facial perfecta para su turno de entrar en escena.

​—¡Escena dos! —gritó el director.

​A lo lejos, escuché un llanto ahogado. Era Nalia, desplomada en el suelo, llorando con un desgarro tal que parecía estar perdiendo al gran amor de su vida. Una actuación magistral. La observé un segundo antes de volver mi atención a Gustavo; rodeé su cuello con mis brazos, mirándolo atentamente, saboreando el momento antes de que nuestros labios se encontraran. Sin remordimientos. Pensé que, mientras una persona sufría en la ficción, yo estaba siendo bendecida en la realidad. Él no se apartó. El beso se prolongó durante minutos que se sintieron como siglos, hasta que finalmente cortaron la escena.

​—Eso es todo, chicos. Vayan a casa, han hecho un gran trabajo —anunció el director.

​El set estalló en aplausos. El equipo empezó a recoger cables y utilería con una rapidez asombrosa. Yo, sin embargo, no podía soltarlo. Mis manos seguían aferradas a su cuello, como si soltarlo significara desaparecer. "Lo quiero para mí", pensé con una mezcla de egoísmo y desesperación. Sabía que estaba mal, pero la idea martilleaba mi cabeza. Él me miraba fijo, con esos ojos miel ahora convertidos en dos bloques de hielo. No había emoción, solo una paciencia tensa esperando a que yo recuperara la cordura y lo liberara.

​—Tiene novia —soltó Nalia de repente, apareciendo a nuestro lado.

​Sus palabras fueron como un balde de agua fría. Mi mente reaccionó, pero mi cuerpo seguía congelado, en un estado de shock absoluto.

​—Suéltame ya, tengo que irme a casa. El hambre me está matando —dijo Gustavo.

​Fueron palabras triviales, pero hicieron que mi corazón doliera. Era la primera vez que me hablaba fuera de personaje.

​—¿No crees que eres un poco exagerada? Tu expresión es demasiado. Ya salimos de escena, Emelly, no es necesario que sigas colgada de mí de esta manera, ¿de acuerdo?

​—Lo... lo siento... —fue lo único que logré articular antes de que mis mejillas se encendieran como dos tomates maduros.

​Salí corriendo hacia los baños, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Estaba temblando, sudando frío y con los nervios destrozados. Me encerré en uno de los cubículos y me quedé en absoluto silencio, intentando que incluso mis pensamientos dejaran de hacer ruido. En ese momento, escuché que alguien entraba.

​—Desprecio tanto a esa chica... es una actriz horrible. Si no fuera por la influencia de Gustavo, ya estaría fuera de este proyecto —una voz chillona y desconocida resonó contra los azulejos.

​—Debería irse a otro lugar —respondió otra voz, más grave pero igualmente cargada de malicia—. Estoy segura de que paga para estar entre los 150 mejores. No puedo creer que alguien piense que tiene talento. Es un rechazo andante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.