Primer amor

Tres

Contemplaba el atardecer desde el ventanal de mi casa, viendo cómo el sol se hundía en el horizonte helado de Alaska. Nací en una familia de ganancias desmesuradas, donde el apellido pesaba más que la propia voluntad. Desde pequeña, me instruyeron para explorar y aventurarme en el arte de la actuación, aunque, para ser sincera, nunca me interesó del todo.

​Mi linaje era aristócrata desde catorce generaciones atrás; el dinero y los títulos fluían de una mano a otra como una herencia inevitable. Nosotros representábamos la decimoquinta generación, pero éramos la rama secundaria: teníamos el apellido y la fortuna, pero carecíamos de voz y voto en las decisiones trascendentales de la empresa que construyeron nuestros antepasados.

​Mis padres querían que fuera una gran actriz, aprovechando lo que ellos llamaban una "belleza singular". Pero yo no lo deseaba. Yo amaba la idea de explorar, de apoyar y de dar voz a quienes permanecen en el silencio. Cuando era niña, soñaba con ser juez o una gran abogada. Mi tía lo era: una oradora fascinante que dominaba las salas con la palabra. Yo quería ser como ella.

​Sin embargo, mi familia se oponía. Querían que fuera actriz simplemente por ser bonita. A pesar de mis esfuerzos por mostrar mi talento en la oratoria, impecable para mi corta edad, nunca fue suficiente para ellos.

​—No tienes que esforzarte, hija, tú ya lo tienes todo —me decía mi madre con una sonrisa condescendiente—. Tu futuro es ser una buena actriz.

​—Madre, yo deseo ser abogada —insistía yo, sintiendo un nudo en la garganta.

​—De grande te arrepentirás si sigues insistiendo en tonterías.

​—Madre... —intenté replicar, pero fui interrumpida de inmediato.

​—No, he dicho que no. Tienes que sobresalir entre todos los demás. Tienen que ver que eres nuestro trofeo; ellos perderán dinero mientras nosotros ganaremos más a costa de tu imagen.

​—Madre, soy tu hija, por favor... déjame seguir estudiando lo que amo. Quiero ser una niña normal.

​—Lo serás, pero construirás tu propio patrimonio. Eso debería emocionarte, mi pequeña Naynay.

​—Prefiero que me llames Natasha. Soy Natasha —respondí furiosa, aunque por dentro me estaba desmoronando.

​Recuerdo perfectamente esa conversación. Estaba rota. Quería forjar mi propia riqueza, sí, pero no de esa forma, no siendo un objeto decorativo en un escenario. Sé que no es algo catastrófico como perder a un ser querido, pero en ese entonces, sentía que mi identidad estaba siendo consumida por la paranoia y el lamento.

​Ese día me encontraba en un rincón apartado de los salones de clases, cerca de los baños de hombres, intentando ocultar mi miseria. Fue entonces cuando se me acercó él. Era un niño de ojos llamativos, claros, color miel, con el cabello castaño alborotado. Fruncía el ceño mientras me observaba, confundido por mi evidente estado de desolación.

​—Hola, princesa perdida —sonrió. Luego, tomó mi mano que yo mantenía escondida entre mis piernas—. Vamos, sal de aquí; el frío te consumirá si te quedas en este rincón.

​Era la primera vez que alguien se acercaba a hablarme sin segundas intenciones. Antes de él, mi realidad escolar era un infierno silencioso: niñas que jugaban con mi cabello solo para cortarlo a traición, que pintaban mis butacas o pegaban chicles en mis cosas. Todo por envidia; esa era mi única conclusión. En los baños, me tiraban agua con hielos mientras se reían a carcajadas de mi humillación. Me sentía una extraña entre ellos.

​—¿Cómo te llamas? Tu cabello está hecho un desastre, pequeña —me dijo con amabilidad.

​—Natasha —contesté firme, aunque las lágrimas aún resbalaban por mis mejillas.

​—Ven, deja que te arregle ese corte.

​Fuimos por unas tijeras a uno de los salones cercanos. Al ser hora de descanso, no era un problema andar por allí. Nos dirigimos a los baños que siempre estaban desocupados por lo lejos que se encontraban del bullicio.

​—Solo espero que ninguna profesora venga y nos eche de aquí —comentó él mientras empezaba a trabajar en mi pelo.

​—¿Eres de aquí? —pregunté para romper el hielo.

​—Sí, nací en Alaska.

​—Se te da bien el inuit. El Qulleq.

​—Es solo mi lengua —respondió él con naturalidad—. Mi idioma nativo es el francés; viví cerca de la frontera con Canadá y conocí a muchos que lo hablaban más que el inglés. Aunque casi no suelo usarlo aquí.

​—Yo también me crié con el francés —confesé—. En este lugar casi todos lo entienden, es común. Pero el inglés no se me da nada bien. Me resulta más fácil el español.

​—Deberías aprenderlo, te servirá en el futuro. Yo domino el francés y sé que puedo con el inglés, pero, sin exagerar, el italiano se me da incluso mejor que el español.

​Hubo un silencio cómodo mientras él terminaba de acomodar mi cabello. El corte había quedado hermoso. Me miré en el espejo: ahí estaba mi reflejo y, tras de mí, el suyo. El cabello ahora era corto, las puntas rozaban mis orejas, que estaban rojas por el clima gélido.

​—Abrígate —dijo, y me colocó su suéter junto con una bufanda color vino marcada con una inicial: “G”.

​—Esto es para que no se te pierda, supongo —bromeé señalando la letra.

​—No, es solo porque me gusta marcar mis pertenencias con mi inicial. Por cierto, aún no me he presentado. Soy Gustavo, pero mis amigos me dicen Gak.

​—Suena extraño, pero es lindo.

​—Gracias, Natasha. O mejor... Nayi.

​—Solo Natasha, por favor —pedí, aunque su sonrisa me desarmaba.

​—Está bien, Nayi. Estás hermosa así.

​Una vez más, ese mismo cumplido. Odiaba que me dijeran que era hermosa, pero viniendo de él, no sonó como una sentencia, sino como un consuelo.

​—Me voy —dije, aunque no quería hacerlo.

​—Seamos amigos —tomó mi mano y volvió a sonreírme. Tenía una de las sonrisas más bonitas que había visto jamás.

​—Lo somos. Espero que las cosas sigan así.

​Ahí, en ese baño apartado, conocí a mi primer amigo de verdad. No tardó mucho en presentarme a su círculo; todos me trataron con una calidez que yo desconocía. El único inconveniente era que no pertenecíamos a la misma clase ni teníamos la misma edad; ellos eran un año mayores que yo, de cuarto grado, mientras yo estaba en tercero. Todos teníamos entre ocho y nueve años. Eran mis tesoros más preciados.




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