Primer amor

Cuatro

Lamenté profundamente que fuera lunes y no un sábado; deseaba con todas mis fuerzas volver a tenerlo cerca, sentir esa proximidad que solo el club de actuación me permitía. Pero la realidad era otra. En los pasillos, el recuerdo de la otra Natasha, la que había visto en el baño, me provocaba escalofríos. No podía borrar de mi mente esa faceta suya tan distinta a la imagen que proyectaba ante los demás.

​—¡Hey! ¿Cómo te ha ido en este fin de semana? Agotador, por cierto —la voz de Sofía, un poco grave y familiar, rompió mi ensimismamiento.

​—¡Sofí! —exclamé entusiasmada, sintiendo la urgencia de compartir mi secreto—. ¡A que no adivinas qué me pasó este fin de semana!

​—¿Qué pasó? —preguntó ella, aunque su tono carecía del entusiasmo que yo esperaba.

​Se veía exhausta, y más teniendo a su hermano pegado a ella como un chicle. Arie caminaba a su lado, observando todo con esa curiosidad silenciosa que lo caracterizaba.

​—Bueno... lo dejo para otra ocasión —murmuré, desinflada.

​Me acomodé la enorme mochila, que parecía pesar más de lo habitual, y aceleré el paso. No quería ser una carga para alguien que claramente no tenía ganas de escuchar mis historias.

​A lo lejos, mi vista se posó en una chica de cabello rubio cenizo. Parecía una princesa salida de un cuento invernal. Mi instinto, casi de forma magnética, me impulsó a acercarme. Tenía los labios teñidos de rojo por el frío y una piel de porcelana que me hizo pensar: "Aquí todos son hermosos". Sus nudillos estaban enrojecidos y sus ojos eran de un tono hazel fascinante. Estaba sentada al borde de una pequeña fuente, jugueteando distraídamente con el agua.

​—Hola —le dije con suavidad. "Estoy aquí para hacer amigos", me repetía mentalmente como un mantra.

​—Hello —contestó ella en inglés.

​Al verla de cerca, la descripción de "perla" se quedaba corta. Esbozó una sonrisa que iluminó su rostro.

​—¿Qué hay ahí? —pregunté señalando el agua.

​—Peces —respondió. Fue cortante, pero su voz conservaba una calidez amable.

​—¿Cómo te llamas? —insistí. No quería perder la oportunidad. Sofía, para mi sorpresa, me había seguido a pesar de mi huida previa.

​—¿Pero por qué te vas tan rápido? —me reprochó Sofía al llegar a mi lado.

​—Me llaman la atención las bellezas —le susurré.

​—¡Ah, Sthefany! Claro, ella es un ángel —exclamó Sofía en voz alta. Luego se dirigió a la rubia—: ¿Te ha tratado bien la vida, Sthefany?

​La chica sonrió con una ternura que me desarmó.

​—Lo ha hecho, y estoy agradecida por ello. Amo mi vida.

​—¿Sthefany? —repetí, paladeando el nombre.

​—Sí, ese es mi nombre. Linda —me respondió ella.

​Me quedé perpleja. Su belleza me transmitía una paz extraña, casi sobrenatural. Me sentía feliz solo por estar en su presencia.

​—Me transmites mucha paz...

​—Sofía, mira lo que dice ahora. Estoy comenzando a pensar que esta niña es bisexual —bromeó Arie.

​—La comunidad aún no es bien vista en este 2015, ten cuidado, Linda —advirtió Sthefany, aunque sin malicia.

​—No, no... es solo que me quedé admirando lo bonita que eres —respondí, sintiéndome morir de la vergüenza.

​—No tienes de qué preocuparte. De todos modos, tengo una relación desde los siete años. Estoy felizmente comprometida justo ahora.

​—¿Comprometida? ¡Pero si eres tan joven! —No pude disimular mi asombro.

​—Ella y yo somos amigas desde los cinco —explicó Sofía, rodeando con el brazo el cuello de la pequeña hada rubia.

​—Creo que yo soy un ovni aquí —suspiré con amargura—. Ustedes son tan bellas y yo soy tan... tan común.

​—No existe lo "común", Linda. Existe lo repetitivo: aquellas que siguen el camino de otras solo para sentirse seguras, aunque no deberían. Todas deberían conservar su propia esencia. La belleza no es una moda; cuando se sigue por tendencia, las cosas se estropean.

​Mientras hablaba, Sofía se entretenía haciéndole una trenza y acomodando pequeñas mariposas decorativas en su cabello.

​—Yo creo que no soy hermosa —insistí.

​—Pues yo creo que sí lo eres, Linda.

​—Mmh... mi nombre es Emelly... —iba a decir, pero Sofía me interrumpió.

​—Emery —corrigió mi amiga.

​—E-M-E-L-L-Y —deletreé con fuerza. No llevaba ni dos semanas allí y ya estaba peleando por mi identidad con mi única amiga frente a la chica que quería que lo fuera.

​—Emery, Linda. Tu nombre es hermoso, no tienes por qué negarlo —insistió Sthefany.

​—De verdad, me llamo Emelly.

​—En tu pecho pone "Emery" —señaló Sthefany pensativa.

​Me miré el gafete pegado a mi playera. En efecto, el nombre impreso era "Emery". Me quedé helada. En todo este tiempo, yo había sido quien se había equivocado al llenar el formulario en la oficina.

​—Vale... lo soy.

​—Es que lo eres. Lo ves, apenas te das cuenta ahora. Desde que dijiste que "creías" que te llamabas así, supe que no eras muy consciente de tu alrededor —rio Sofía.

​—¿Cómo te fue este fin de semana? —preguntó Arie, rompiendo su largo silencio.

​—Me besé con ese chico. El de las escaleras —solté de golpe. Necesitaba soltarlo, saltar, gritar de alegría. Mi corazón volvió a palpitar al recordar esa mirada de amor, aunque supiera que era falsa.

​—Primer amor, ya veo. Linda —dijo Sthefany conmovida.

​—Yo diría que es más un "amor a primera visa" —bromeé.

​—¡Oh, eres extranjera como nosotros! —reaccionó Sthefany—. Es genial tener otra amiga de fuera. Yo soy italiana.

​Me detuve un segundo. ¿Cómo es que entendía tan bien el inglés? Habíamos estado conversando un largo rato sin problemas. ¿Cómo era posible si yo solía ser pésima en... dónde? ¿Dónde estudiaba antes? Recordaba que esas clases me aburrían mortalmente. ¿Dónde estaba yo antes de todo esto?

​Sacudí la cabeza para volver a la realidad.

​—Soy de... no lo sé —confesé. Era la verdad más pura. No sabía de dónde venía ni dónde me había encontrado mi madre antes de adoptarme.




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