Primer amor

Cinco

​Durante años, Carolina no fue más que una estructura formada por los recuerdos de alguien más. Su existencia se limitaba a la visión parcial que ofrecía una pequeña ventana de bordes de madera, el único marco desde el cual observaba cómo el mundo transcurría, ajeno a su presencia.

​Desde aquel rincón, el concepto del "yo" era una idea abstracta e inalcanzable. A través del cristal, las flores estallaban en colores vibrantes, atadas por lazos de hilos azules, dorados, rojos y un verde esmeralda que parecía palpitar. Todo aquel entramado cromático convergía en un solo punto: su propia muñeca. Era una imagen extraña, la de una niña siendo moldeada según los deseos y caprichos de una voluntad externa.

​—En efecto, esto ha resultado ser un éxito —resonó una voz amortiguada detrás de la pesada puerta de la habitación.

​Se escucharon cuatro golpes secos, rítmicos. Carolina no respondió; no es que no quisiera, es que el concepto de "voz" le era ajeno. Se sentía inútil, una cáscara vacía sin cuerdas vocales.

​—¿Hay alguien aquí? —preguntó la voz una última vez antes de que los pasos se alejaran, perdiéndose en el silencio del pasillo.

​Carolina regresó su vista a la ventana. Las flores bailaban con el viento y el sol brillaba con una intensidad que empañaba sus ojos. No había emoción en ella, ni alegría ni tristeza, hasta que, de pronto, el mecanismo de su cuerpo pareció activarse. Sus manos se movieron por cuenta propia y su cabeza giró hacia el escritorio donde estaba sentada.

​Sobre la madera reposaban varios dibujos. Todos retrataban el mismo rostro: el suyo. Sin embargo, ella no recordaba haber sostenido jamás un lápiz. En el papel, una versión de sí misma mostraba ojos alegres, una sonrisa simpática y pendientes colgantes. El cabello castaño brillaba bajo un sol dibujado con maestría.

​Encontró una fotografía. En ella, Carolina sonreía de oreja a oreja junto a otros dos jóvenes: una chica con la delicadeza de una muñeca de porcelana y un chico apuesto de ojos color miel. Al reverso, una nota escrita con caligrafía nerviosa planteaba una pregunta inquietante: “¿Quién eres, quién soy?”.

​Algo cambió en su interior. La conciencia, esa chispa eléctrica, empezó a encenderse. Fue entonces cuando encontró la segunda fotografía. No era ella; eran dos chicas de cabello castaño —una de ellas con un marcado frizz— y un chico de cabello rubio-castaño con ojos hazel y expresión radiante.

​De repente, el pensamiento ajeno se detuvo. El corazón de Carolina comenzó a bombear sangre con una fuerza renovada, reclamando su lugar en la realidad. La vista de la ventana de madera se desvaneció como un espejismo. Se puso en pie, caminó hacia la puerta y la abrió de par en par.

​Al salir, el mundo la golpeó con sus ruidos y colores. Caminó sin rumbo hasta detenerse ante un local de mini teatros que desbordaba vida.

​—Pase, pase. Es usted bienvenida —le dijo un hombre de cabello rubio, invitándola a entrar.

​Ella no comprendía qué hacía allí, pero sentía, por primera vez, que existía con vida propia. Una mujer de porte elegante, oculta tras unos lentes oscuros tan grandes que recordaban a los ojos de una mosca, posó una mano firme sobre su hombro.

​—Te he dicho que no salgas de casa —sentenció la mujer. Parecía rondar los treinta y cinco años.

​—¿Quién...? —balbuceó Carolina. El sonido de su propia voz la sorprendió y la asustó a partes iguales.

​En el local, un pequeño espejo le devolvió el reflejo. Se veía a sí misma, pero se sentía como una extraña habitando ese cuerpo.

​—Tu madre te lo dice, cariño —respondió la mujer con una sonrisa gélida.

​—Madre... ¿por qué soy tan pequeña?

​—No comes verduras, por eso —contestó ella de forma evasiva mientras tomaba su mano.

​Carolina no dejaba de mirar su reflejo, tratando de reconocerse.

​—Tu primer día, ¿cómo te fue? —preguntó la mujer con una pizca de felicidad fingida.

​—Bien... hice una amiga —respondió Carolina, aunque ni ella misma entendía de dónde venían esas palabras.

​Había pasado el día entero mirando por una ventana, y ahora hablaba de una vida social que no recordaba haber vivido. Había olvidado las fotografías en la habitación, pero los nombres empezaban a brotar en su mente.

​—Se llama Natasha —finalizó, tratando de encontrar lógica en su propio contexto.

​—Espero que te lleves bien con ella en el futuro.

​Subieron a un coche rojo. Un chófer conducía y un copiloto hablaba en susurros con su madre. Llegaron a una imponente casa de cuatro pisos, teñida en una paleta de grises y negros. Al entrar, una sirvienta uniformada tomó sus pertenencias y acarició su cabeza con una familiaridad que a Carolina le resultó inquietante.

​Subió a su habitación. El espacio era una contradicción: las paredes estaban cubiertas de pegatinas de números, códigos y el rostro de lo que parecía un hacker famoso. Había libros por todas partes y una estación de computadoras de última generación que contrastaba con una enorme cama rosa llena de peluches. Sobre las sábanas, descansaba una carta.

​Carolina la tomó y leyó:

“Ayer en la noche encontré que tú eres para mí. Eres mi única esperanza de vida en este lugar tan triste. Eres para siempre la única persona que podría amar con todo mi ser. Te quiero para toda mi vida, pero si quieres irte… tendré que aceptar que tengo que comenzar de nuevo.”

​—Aún una niña y ya con novio —susurró para sí misma.

​No se sentía de más de diez años. Su vestimenta era impecable: falda beige, playera blanca, zapatos rojos y un moño negro sobredimensionado en la cabeza. Trató de convencerse de que todo era un mal sueño, un vago pensamiento que pronto se disiparía. Pero otra nota, oculta bajo la primera, sugería una realidad mucho más peligrosa:

“Te quiero solo a ti y te deseo solo a ti. Eres mi única esperanza y si por ti tengo que ir hasta ese lugar, voy. Arriesgar mi vida para solo poder estar contigo es lo mínimo que puedo hacer por todo lo máximo que has hecho tú por mí. Recobrar mi esperanza de vida. Esa eres tú.”




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.