Primer amor

Nueve

​Al despertar, lo primero que vi fue esa gélida pared gótica en donde un ángel atravesado por un corazón partido a la mitad estaba en él. Me terminé por quitar el antifaz; el sol de la mañana que yacía en mi ventana comenzaba a lastimar mis ojos. Las empleadas de la casa tenían como orden abrir las ventanas a las seis de la mañana todos los días en todas las habitaciones, y cerrarlas a las ocho de la noche todas las noches.

​Sentía que mi cuerpo llevaba tiempo sin estar tan cansado y pesado por la semana agotadora que tuve. En ese momento, una de las empleadas estaba saliendo del cuarto de baño y, con una sonrisa, me hizo una señal de que todo había salido bien. De hecho, aunque pareciera raro, era la primera vez que la veía. A diferencia de las empleadas de la cocina y el chef, que eran personas que veía muy a menudo, a las de la habitación muy rara vez podía encontrármelas y, cuando las lograba ver, era solo por la espalda saliendo de mi habitación.

​—¡Buenos días! —dije con la voz un poco ronca.

​Era una mujer de unos 22 a 25 años. Tenía la mirada perdida; la sonrisa que llevaba consigo cuando salió del cuarto de baño se había desvanecido. Su cabello castaño, atado en una coleta, la hacía lucir muy arreglada y elegante. Le sonreí para hacerla notar que no estaba molesta, que mi voz se oía así por la mañana.

​—Lo... lo siento —su voz sonaba entrecortada y nerviosa. De repente, salió corriendo; después de unos segundos volvió—: Por favor, no le diga a su madre, ella no tiene que saber que le he hablado, por favor.

​Estaba temblando.

​—¿Por qué? —pregunté sin más.

​Pero ella no respondió, solo se fue. No sabía qué estaba pasando en ese lugar. El frío comenzaba a llegar, como el frío corazón de mi madre que aún no comprendía por qué su tratamiento pasó de ser amable a tratarme como una pieza para su rompecabezas. A menudo me hacía las mismas preguntas, pero después me daba cuenta de que ella no era la misma frente al público que frente a mí. En las revistas notaba que su sonrisa se enganchaba, mientras que cuando estaba en la casa se notaba cansada y frustrada; incluso en el hospital donde la vi por primera vez, donde tomaba mi mano tan cálidamente y, al notarme abrir los ojos, me sonreía amablemente porque había doctores y enfermeras viendo.

​Entonces deducía que tenía que aparentar la cara de la buena madre frente a las cámaras por si había alguna que nos estuviera viendo. Me levanté de mi cama y fui directo al cuarto de baño donde la tina estaba lista, gracias a la empleada. Tengo que decir que estos últimos días de mi vida se han sentido como una fantasía; el mármol frío del piso roza mis pies desnudos y me despierta del bucle donde se estaban yendo mis pensamientos.

​La tina estaba llena de rosas rojas y rosadas, con un aroma hermoso que hace que la mañana me comience a recibir bien. El agua cálida toca mi piel desnuda después de haberme quitado la pijama. Comienzo a lavarme relajadamente mientras pienso en cómo puede ser que mi infancia se note borrosa; me había preguntado tanto a cuántas personas les ha pasado lo mismo, ¿a ti? Al terminar de lavarme por completo, tomo la toalla que está a un lado de una repisa. Camino directamente hacia el espejo enorme donde está el lavamanos y comienzo a colocarme aceites y cremas para el cabello, dándole una secada rápida.

​Al salir, noto que alguien ha dejado mi ropa encima de la cama, que ya está ordenada; supongo que habría de ser la misma persona de hace un rato. Me cambio en otra habitación que está en el mismo cuarto de baño; es pequeño, pero ahí es donde hay ropa como si fuera infinito, o bueno, se ve pequeño. Solo que, si abres una puerta, puedes ver el armario completo en donde hay zapatillas, tenis, bolsos, chaquetas, faldas y vestidos. Muchas partes estructuradas; sin embargo, ninguna de ellas puedo tomarlas. Esas prendas son ajustadas principalmente por las modistas; no tengo elección de escoger, solo de observar.

​Me coloco una playera blanca, sin marca, sin pegatinas. Una simple. Después me pongo unos jeans que no están totalmente ajustados, pero tampoco son holgados, y luego un cárdigan con un logotipo pequeño en uno de los botones. Es de una marca lujosa que ya había escuchado hace mucho, pero no sé hace cuánto. Es de un color beige entre blanco con bordes negros y botones del mismo color. Me coloco unos tenis, simplemente blancos. Demasiado simple para ser verdad, pero al menos, después de todo, queda bonito.

​Luego viene el desastre que me tiene gélida siempre: el cabello. Por el hecho de tener tanto dinero, mi madre me ha estado tratando el cabello, el cual tiene tanto frizz que estoy pensando en cortarlo. El tratamiento es todos los domingos; y eso de ver la cara de una mujer negra con ganas de matarme junto con la mujer blanca me tiene con los pelos de punta. Siempre me dicen qué tengo que hacer para seguir cuidando mi cabello, y quizá yo soy demasiado extremista, porque me gusta desobedecer siempre que puedo.

​Me hago una trenza grande por el grosor de mi cabello ondulado; me coloco un kilo de gel en la parte de arriba de la cabeza para que ningún cabello se me escape. De hecho, Arie fue quien me ha enseñado a trenzarme en esas escaleras de frijol. Fue la primera vez que al fin aprendí algo que podría funcionarme para siempre con este cabello desastroso; solo que, si mis hermosas estilistas, la señora negra y la blanca, vieran el kilo de gel, quizá me arrastran por las escaleras. Recuerdo que solo me habían dicho que les dijera de ese modo, porque no podían dar su nombre y que no se lo tomarían a mal.




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