Primer amor

Diez

Cuando llegué al coche junto a Nour, lo saludé con un gesto automático, sin esperar realmente que él hiciera lo mismo. De pronto, como un chispazo eléctrico, recordé lo del concierto. Marqué el número de Arie apenas me acomodé en el asiento trasero, sintiendo la urgencia de resolver el caos de los planes.

​—Arie, no sé si podré ir al concierto junto a ti. Puedo darles los boletos a ti y a tu hermana —le solté en cuanto me abrió la llamada, sin darle tiempo siquiera a saludar.

​Nour subió al coche después de mí y comenzó a manejar en un silencio tan abrumador que me obligaba a perderme en mis propios pensamientos. Me preguntaba cómo demonios convencerlo de llevarme al concierto; después de todo, yo ya había cumplido con lo que mi madre quería al asistir a las clases de actuación.

​—¿Tienes boletos? —Una voz que conocía bien, pero no lo suficiente como para decir que me era familiar, resonó desde el altavoz. Era Sofía.

​Sentí que el mundo se me venía abajo. Ahora sí que estaba arruinado; ella pensaría que no quería invitarla o que se lo estaba ocultando a propósito, aunque, para ser sincera, un poco de eso había.

​—Oh, Sofía... ¿tuviste un bonito fin de semana? —dije, intentando desesperadamente desviar el tema.

​—¿Tienes boletos? —insistió ella, ignorando mi distracción.

​—Bueno... me los han regalado —admití a medias.

​—¿Quién? —me interrumpió rápido, antes de que pudiera inventar una excusa coherente.

​—Una persona —respondí, enfatizando la palabra "persona" lo más fuerte posible para que Nour escuchara. Tenía miedo de que, si mencionaba que era una empleada, la metería en graves problemas con mi madre—. Es alguien que es muy fan de ella. Se los puedo regalar, lo siento... no es que no quisiera decirte, es que no sabía que tú también eras fan. Yo no lo soy tanto, así que no te preocupes, puedes ir tú.

​Un silencio incómodo nos devoró la lengua a ambas a través de la línea. Continué, con el miedo trepando por mi garganta:

​—Si estás molesta...

​—No, ¿por qué lo estaría? Arie y tú se han vuelto cercanos últimamente. Es normal que tengan secretos, o eso creo. No tienes que darme explicaciones; lo siento si sentiste que te estaba abrumando con las preguntas —hizo una pausa con un tono que me pareció gélido, pero luego continuó un poco más alegre—: De hecho, ayer traté de buscarlos porque mi hermano había dicho que ambos irían por los boletos, pero creo que eso no te lo dijo él.

​—No, yo... —no sabía ni qué decir, me sentía atrapada en una red de omisiones.

​—Lo busqué por toda la multitud del instituto, sin embargo, no lo encontré. Así que, la verdad, fui sola. Él volvió solo, con una cara de tristeza absoluta... ¿puedo preguntar qué le has hecho a mi hermano, Emery?

​No sé por qué, pero su voz se notaba tensa, casi acusadora.

​—Pasaron muchas cosas que no es bueno hablar por teléfono, Sofi. Podemos vernos el lunes y te lo contaré todo —le dije, tratando de evitar que me preguntara por el lugar donde estaba.

​—O mejor aún: podemos ir juntos al concierto. Conseguí dos boletos VIP. Eran uno para mi hermano y otro para mí, pero veo que tú también tienes dos boletos. Hay alguien que quiere ir a verla también, es una amiga mía; así no desperdiciaremos ninguna entrada.

​—Es que yo... ¿cómo te digo? —Respiré hondo, sintiendo el peso del auricular—. No creo que mi madre me deje salir. No le pareció nada bien que faltara a tantas clases los sábados. ¿Ustedes fueron hoy?

​—Arie sí, yo me quedé en casa. Me lastimé el brazo ayer, así que no podría jugar mucho al fútbol que digamos, pero al concierto claro que voy.

​Me quedé en suspenso, ideando un plan desesperado para obtener el permiso de ir sin que mi madre descargara su furia sobre mi nuevo chófer.

​—¿Podrían venir por mí? —solté finalmente, con el corazón en un hilo por la respuesta.

​—Claro, tontita. También pasaré por esa otra persona que te digo.

​—¿Quién es?

​—Shh, es un secreto —y colgó la llamada.

​Miré a mi alrededor a través del cristal. Los edificios pasaban rápidos, escoltados por árboles que parecían observarme. Miré hacia el espejo retrovisor y noté que el rostro de Nour estaba tenso, rígido como el de un robot de seguridad.

​—Sé que no me responderás, pero... ¿por qué aceptaste este trabajo? —pregunté, sin esperanza de recibir una respuesta congruente.

​—La suma de dinero —respondió él, sorprendiéndome al mirarme fijamente por el retrovisor—. Su madre no le permitirá escaparse, señorita.

​Volvió sus ojos a la carretera. Sabía que mi madre no querría que su "querida hija irresponsable" fuera a un concierto, pero mi padre... quizás él era mi única salida.

​—Mi madre tal vez no, pero mi padre sí —dije con una seguridad que no sabía de dónde venía—. Vamos a casa de mi padre, por favor.

​Él volvió a mirarme por el espejo. El camino se estaba sintiendo mucho más largo de lo que me había parecido antes.

​—¿Podría darme esa dirección? Lo digo porque no creo que su madre esté muy contenta de que vaya hacia allá.

​—¡Usted qué va a saber! Es nuevo aquí —exclamé, no por molestia con él, sino porque no quería discutir sobre mi madre una vez más.

​—Bueno, entonces... ¿me dará la dirección o...?

​—No me la sé —admití, bajando la mirada.

​Él puso los ojos en blanco e hizo una pequeña mueca de disgusto.

​—Entonces tendré que adivinar dónde vive su padre —dijo entre una risa nerviosa que rompió un poco el hielo.

​—Pues... supongo que le dieron esa información —pensé un momento. Ni siquiera estaba segura de si realmente tenía un padre presente, o si solo era una frase de mi madre para llenar un vacío—. Llama a mi madre para que te dé la ubicación.

​Nour se quedó en silencio por unos segundos. Su expresión gélida había cambiado por una un poco más "humana". Al menos no parecía disgustado por mi arrebato.

​—Sé cuál es, no es necesario —respondió finalmente después de un silencio incómodo. Desvió el coche por una calle que se iba estrechando tras dejar la carretera principal. Luego dio una vuelta en U, dobló siete veces a la izquierda y cuatro veces a la derecha. Seguimos así por unos quince minutos más hasta que llegamos a una residencia que, de frente, parecía modesta, pero que luego se reveló en toda su magnitud—. Estábamos cerca, solo que en la parte trasera del dulce hogar de su padre, señorita Fortyin.




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