Al menos sí era una habitación normal. Las clases de literatura me habían sofocado tanto que por mi mente había pasado ya el tener fantasías dentro de mi cerebro.
La habitación, como era de esperarse, era blanca, pero un detalle es la similitud con las decoraciones iguales a las de mi madre. Solo que en los de ella se enmarcaban más los tonos oscuros, y en los de mi padre los tonos claros. Como un ying-yang no predeterminado. Aunque dudaba si ese color influyera en quién es bueno y quién es mala. La cama estaba en el mismo lugar que en la casa de mi madre, solo que esta habitación estaba del lado derecho, mientras que en la mansión de mi madre está en el lado izquierdo. Pero las puertas aquí eran diferentes; al pisar un pie en dos pisos antes de la entrada, las puertas blanquecinas se abrían automáticamente haciendo que se abrieran dando luz.
La cama al lado derecho, con telas y sábanas blancas. No doradas, violetas, azules o negras en tonos oscuros como las de mi madre. Por alguna razón estas me tenían que dar paz, mientras que la sensación que transmitía era terror, contrario a cuando dormía en mi hogar. El cuarto de baño estaba ahí mismo; las ventanas estaban ahí junto con su balcón, en donde nunca me atrevía a salir en casa de mi madre por no saber cómo abrirlas. Estas, al caminar cerca de ellas, noté que se abrían solas; las cortinas se abrían solas. Todo era tecnología.
Me senté en una de las sillas blancas con miedo de ensuciar la cama. Luego me detuve a pensar y observar todo el lugar. El Ángel estaba ahí, solo que este tenía entre las manos un aro de luz y un arpa. Una estatua perfecta en un techo. Los bordes que encontré en este Ángel eran algo distintos: mientras que los de mi madre eran pequeños orificios que parecían grietas, estos tenían unos listones reales colgados por alrededor de la pared. Escuché el sonido de la puerta; me había sorprendido que no se abriera sola. Entonces dije que pasaran.
—Señorita, le hemos traído toallas limpias —dijo una de las empleadas que había visto por el patio junto con los niños, tenían el color de cabello en tonos blancos y negros—. ¿Gusta que le prepare el agua?
—Estoy bien. ¿Por qué la puerta no se abrió?
Ella volteó a ver por detrás suyo. Había un niño de no más de 5 años detrás. Actuaba tímido por la reacción de su madre junto a la mía.
—Es porque en esta habitación, si dos personas están cerca, no pueden entrar. Solo una puede entrar a la vez. Solo si autoriza usted, puedo entrar. Maneja el sonido de su voz para entrar.
Tecnología que no había visto, o al menos no me lo habría imaginado. Aunque me preguntaba cómo es que ellos tenían mi voz o, peor aún, cómo habían hecho eso.
—¿Cómo? —pregunté confusa, no acababa de entender muy bien—. ¿Cómo obtuvieron mi voz?
—¿Disculpe? —confusa, me devolvió la palabra—. Bueno, quizá porque no es la primera vez que viene aquí. Antes del hospital estuvo aquí también, y cuando regresó del hospital igual estuvo aquí.
Eso es verdad. Yo recuerdo que mi madre estaba conmigo a mi lado abrazando sus manos con las mías. Pero nunca me había preguntado cuándo me había adoptado, o quién era yo antes de haber llegado a este entorno de ella. Si ella estaba conmigo en esta habitación, eso quiere decir que ya me había adoptado antes.
—Mi padre ha dicho que es la primera vez…
—Que él está aquí y usted lo visita. Es normal —me interrumpió enseguida.
—¿Usted sabe que yo soy adoptada?
—Lo sé —dijo mientras acomodaba las toallas sobre la cama, con el niño aún detrás de ella.
—¿Sabes quién era yo antes de estar aquí con ustedes? Recuerdo muy poco del hospital y lo poco o mucho que recuerdo es que estaba en esa luz blanca que palidecía mi piel, pero nada más que mi madre sosteniéndome aquí igual. Entonces el lugar no era el hospital, sino ¿aquí? —Agudicé mi voz, refutándome sobre la pregunta.
—Puede ser, el blanco le hace referencia al hospital. Quizá su cerebro confundió eso —dijo, pero yo me había dado cuenta de que se tensó su hombro.
—¿Y las demás preguntas?
Me levanté para acercarme a ella despacio. Como si de una película de extorsión se tratase, pero más amable.
—Podría preguntarle a su madre —levantó la mirada hacia la mía que estaba fija en lo que hacía—. Sin embargo, puedo decírselo ahora. Con una condición.
—¿Cuál? —dije enseguida con entusiasmo, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Puedo decirle si me promete que no le dirá a nadie —explicó con una voz tenue.
—Puedo asegurarlo —levanté las manos mostrando las palmas, haciendo que eso se viera como una señal de que estaba de acuerdo con la situación.
—Usted no es la única hija que tienen los Fortyin, pero para ellos ahora, después de su adopción, es la única. La única con los dos apellidos, y la única que puede dirigirse a este lugar y al de su madre sin ser repudiada. En cuanto a quién era usted antes, eso es fácil. Aunque me… —se detuvo a pensar en la palabra, llevándose una mano a la barbilla; había visto esa expresión antes, pero no recordaba de quién—. Se me hace raro que pregunte algo así. La verdad yo no lo sé del todo, pero supondría que de alguna casa hogar de España.
“¿Acababa de escuchar lo que escuché?”
—¿España? —dudé.
—Claro, de ahí viene. No sé si ahí nació, ya que esos documentos o los podría tener su madre o los podría tener su padre. Esa información no me la dieron y dudo mucho que alguna vez lo hagan —me miró, y antes de dar la vuelta para irse sonrió—. Solo tenga cuidado en no hacer enojar al señor. La señora perdona, él no es de ese tipo de personas. ¡Está lista su agua, disfrute la ducha! El sol se esconde.
¡Jaque mate! Lo tenía ahí. Paz que no es paz y oscuridad que no es oscuridad. Una simple advertencia o solo unas palabras vacías para hacerme sentir dudosa. Aunque para ser sincera no le había hecho nada, así que rencor no debería de haber.