El calor de la chaqueta no solo protegía mi cuerpo del gélido clima de Alaska, sino que parecía refrescar los rincones más profundos de mi memoria. Me envolví en ella, inhalando con una desesperación silenciosa. Tenía un aroma sagrado: madera antigua, árboles finos y un toque místico a hierbas de algodón. Era algo único, una fragancia que no pertenecía a este mundo de luces y cámaras.
En las pocas veces que había logrado estar cerca de Gustavo, mi nariz había memorizado un rastro distinto. Él olía a algo dulce y cálido; una mezcla vibrante de naranjas con destellos de cereza y un fondo masculino de té rojo. Era un olor diseñado para ser notado, para brillar.
Cuando las luces del estadio terminaron de encenderse, la realidad me golpeó de frente. Noté la mirada inquisidora de Arie sobre mis hombros. Yo estaba allí, perdida, hundiendo el rostro en la solapa de la chaqueta, embriagada por ese olor exquisito. Quizás Gustavo había cambiado de perfume, pensé en un intento desesperado de lógica. Aunque este aroma le sentaba mucho mejor, en el fondo sabía que no terminaba de encajar con su personalidad eléctrica.
—¿De dónde sacaste eso? —soltó Arie, señalando la prenda con una expresión que oscilaba entre la sospecha y la burla—. ¿Lo has robado, Emelly?
Abrí la boca para responder, para defenderme o quizás para inventar una verdad que me convenciera a mí misma, pero el escenario estalló. La iluminación alcanzó su punto máximo y la voz radiante de Perla Tsrvtika inundó el micrófono, silenciando cualquier rastro de conversación.
La melodía comenzó, pero algo era extraño. La letra fluía en un japonés perfecto, una barrera idiomática que nadie nos había advertido.
(Verso 1)
Si el brillo del amor nace de ti,
y cuando amas, solo para ti es el vivir,
el cielo se oscurece, solo por ti.
Si solo para mí estuvieras tú…
Mi corazón no se sentiría...
tan... vacío.
(Coro)
Un pedazo de luna por el cielo cae,
con peldaños rotos a tu primer amor atrae.
Atacando al pasado, ese amor soy yo, eres tú.
Porque lo que es amor,
también es condena y maldición.
(Verso 2)
Dicen que el sol es lo mejor,
negándolo yo digo: "Oh no, mi amor".
El amanecer dulce parece,
pero amargo en tu interior crece.
La noche y las estrellas el corazón corrompen,
pero ellas la verdad no rompen:
saben más a sangre y a lealtad.
(Puente)
Repite conmigo este dolor:
amarte es condena de prisión.
Pero quererte y protegerte,
es lealtad de supervivencia.
(Outro)
Mi corazón ya no se sentiría...
tan... vacío…
Muchos a mi alrededor se quedaron en un silencio sepulcral, simulando cantar con movimientos de labios vacíos, mientras que otros, los que entendían el código de sus palabras, se entregaban a la canción con una devoción casi religiosa.
Incluso en la zona general, el bullicio se convirtió en un respeto místico. En la zona VIP, algunos lloraban disimuladamente, conmovidos por una tristeza que no necesitaba traducción. Yo, atrapada entre el peso de la chaqueta y el vacío de mi pecho, solo pude suspirar. Mi rostro debía ser el mapa viviente de la melancolía.
Arie me observó de reojo y soltó una risita baja.
—Vaya, vaya... principiante de teatro y ya sabe cómo actuar para la cámara.
—Oye, ¿tú entiendes lo que dice? —le susurré, ignorando su sarcasmo.
—Solo un poco —respondió él, recuperando la compostura—. Pero sigue simulando que cantas. Aquí a la gente no le gusta que rompas el ambiente con ruidos innecesarios.
Sentí las miradas pesadas de los desconocidos a mi alrededor, obligándome a volver a mi papel de espectadora silenciosa. La canción seguía rondando en caracteres invisibles, una balada triste que, de pronto, dio un vuelco inesperado. El ritmo se transformó, adquiriendo un aire de cumbia pop, un pulso vibrante que obligó a los cuerpos a moverse.
(Verso 3 - Cambio de Ritmo)
Rocío de sed, rocío de alma pura,
escondes demonios bajo tu armadura.
Arrebatas el amor, lo alejas de ti,
viviendo en el centro de lo que perdí.
¡Vive y despierta ya!
(Coro Energético)
Esto es ficción, esto es primavera,
o un verano sin fin que nadie espera.
¡Oh, no, no! Quizá es otoño en el rincón,
o el invierno azul rey de tu corazón.
(Puente de Despedida)
De mis pares, de mis almas, yo me alejé,
¡brinca ya, pasa página y mantente en pie!
Ámate a ti misma, deja de caminar,
por el mismo sendero que te hace llorar.
(Final)
Donde pisas una y otra vez...
Donde pisas una y otra vez...
¡Despierta ya!
...
Perla apareció con un cambio de vestuario radical: una falda escocesa que volaba con sus movimientos y una blusa de tiro alto, cuyas mangas dejaban caer cristales brillantes que captaban cada destello de los reflectores. Las luces estallaron como fuegos artificiales, uno tras otro, transformando el concierto en una descarga de rock puro. El sonido de la guitarra eléctrica, rasgada con maestría por la misma Perla, nos tomó a todos por sorpresa. Incluso Arie pareció impresionado.
Pero yo estaba perdida. Mis ojos buscaban frenéticamente a Gustavo entre la multitud de cabezas y luces.
—¿A quién buscas? ¿Y quién te dio esa chaqueta? —insistió Arie, su confusión creciendo al ritmo de la batería.
—¡A Gustavo! —grité para hacerme oír sobre el estruendo.
—¿Gustavo está aquí? —Arie arqueó una ceja, incrédulo.
Le señalé hacia la izquierda con un gesto desesperado. Él se quedó dudoso, escaneando el sector VIP hasta que sus ojos hazel dieron con él.
—¡No me esperaba que estuviera aquí! —gritó Arie cerca de mi oído—. ¡Y menos que tuviera la humildad de prestarte su ropa!
Le hice un ademán con las manos, dándole a entender que yo estaba igual de sorprendida.
—¡Ahorita regreso! —le dije, decidida a romper la distancia.