Mientras tanto, en la penumbra de los camerinos…
Perla se arrancó con desesperación la joyería que llevaba puesta. Cada pieza de cristal caía sobre el tocador con un tintineo metálico que resonaba en el silencio de la habitación. Afuera, los gritos de miles de adolescentes perdidos en sus mundos comenzaban a apagarse, dejando tras de sí un eco sordo.
Se desplomó frente al espejo, observando su propio reflejo. Se veía a sí misma como una extraña: gélida, resignada y sacudida por el impacto de lo que acababa de vivir en el escenario.
—Estás molesta, por lo que veo.
Una voz segura, con un tono grave y profundo, cortó el aire estancado del camerino. Perla se tensó un segundo, pero al reconocer la vibración de esas palabras, una sonrisa tan fina y transparente como el agua iluminó su rostro cansado. Volteó a verlo con los ojos encendidos.
—Llegaste... Pensé que no lo harías —susurró, agachando la cabeza en un gesto de resignación que solo él tenía el privilegio de ver.
—¿Te han arruinado la noche? —prosiguió él, dando un paso hacia la luz—. Si es así, dime quién fue.
—Se suponía que debía haber un silencio absoluto en ese precioso instante —explicó ella con frustración—. Había una advertencia desde media hora antes, un reloj en retroceso que todos debían respetar. Justo cuando pensé que todo saldría bien, una chica de cabellos alborotados gritó y rompió la magia.
Él no necesitó más explicaciones. Se inclinó hacia ella y la envolvió en un abrazo que se sintió como un río de agua dulce; un abrazo fresco, pero cálido, cargado de ese aroma significativo a algodón que parecía calmar las tormentas.
—Te extrañé —dijo Perla, hundiendo el rostro en su hombro, buscando refugio en la tela de su ropa.
—Dije que vendría, ¿no? Solo que el viaje se me ha hecho eterno. Quizá me quede aquí un tiempo.
Perla se separó un poco, con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo? Eso quiere decir que nuestra cita... digo, nuestra reunión en España...
—Se hará —la interrumpió él con suavidad—. Pero más tarde. No podré ir ahora; tengo que terminar mi año. Me tomé un descanso de un año, al menos esta vez debo terminar lo que empecé.
—Mira quién habla... —rio ella con ironía—. El que me prohibió dejar de soñar ahora vuelve a los libros.
—Porque tú tenías sueños que cumplir, Perla. Yo no tengo ninguno. Por eso tú eres la especial aquí.
—Tú también lo eres. Tienes sueños... ¿Los carros deportivos?
Una brisa repentina se coló por las cortinas del camerino, alborotando sus mechones castaños oscuros. En ese instante, la luz interior pareció teñirse de un azul rey hipnótico, casi sobrenatural. El abrazo se reanudó, duradero, como si intentaran recuperar los años que les tomó lograr estar así de cerca.
Nadie podría imaginar que la chica prodigio, la ídolo que medio mundo idolatra, es en realidad la fan de alguien que no es famoso, que no ama el arte ni el dinero, y que solo busca el lujo de "ser él mismo". Perla lo comprende, aunque a veces se siente confundida; él prefiere ser una luz azul apagada que observa y escucha desde las sombras.
—No, Perla. No. Soy demasiado joven para pensar en morir ya —dijo él ante la mención de sus riesgos.
—Siempre las mismas palabras —refutó ella—. ¿No es ese tu sueño?
—¿Me estás obligando a que sea mi sueño o mi meta?
—No, pero...
—Pero no. No lo es. Es solo un pasatiempo. Por cierto, hace un momento vi a Sthefany afuera.
Perla suspiró, volviendo a su asiento.
—Sí, la vi. Tan bella como siempre. No me digas que... no. Ella se casará con ese novio suyo en algún momento.
—Si es que antes no se separan —comentó él con un toque de diversión en la voz.
—Mmh, eso me pone celosa —admitió Perla, fingiendo molestia.
—¿Celosa? ¿Perla Tsrvtika, la fría ídolo del J-pop?
—¡No te burles! —le dio un golpecito en el brazo antes de apartarse—. Tú sabes que me gustas...
Las últimas palabras fueron casi un susurro que se perdió en el aire, pero él, con esa habilidad suya para esquivar lo que no estaba listo para enfrentar, respondió algo diferente:
—¿Hot dog?
—Eres un bobo —Perla rodó los ojos y se alejó definitivamente—. Vete ya, tengo que cambiarme.
—Me corres después de decir que me extrañabas... —Él hizo un gesto de negación con la cabeza, divertido, aunque ella ya no podía verlo.
Salió del camerino sintiéndose ignorado, pero con una sonrisa oculta. En la puerta, se topó con Gina Suchata, la joven mánager de Perla, que entraba con prisa. Él bloqueó el camino con su brazo por un segundo.
—Se está cambiando —explicó con calma.
—Lo sé —respondió Gina, señalando su gafete antes de pasar.
Al salir al pasillo exterior, las luces de los reflectores le dieron de lleno, borrando su apariencia para cualquiera que lo mirara de lejos. Parecía una calcomanía borrosa, una sombra en movimiento. Caminó hacia donde el corazón —y un estómago que rugía— lo dirigía.
Llegó a un puesto de comida callejera. Había cuatro jóvenes allí, comiendo y riendo entre el vapor de las papas fritas. Él no miró sus rostros, estaba demasiado ocupado con su propio antojo.
—Quiero dos, por favor.
—Claro, ¿con cátsup?
Él negó con la cabeza. Tomó sus hot dogs y comenzó a caminar sin destino, dejando que el viento de Alaska se llevara su rastro.
FLASHBACK: 3 de octubre, 7:05 PM
Los motores de un jet privado comenzaron a relajarse, dejando caer el tren de aterrizaje sobre la pista congelada. El avión tocó tierra con un estruendo elegante, listo para el arribo.
De la compuerta bajó un joven que parecía despreocupado de la vida. Vestía unos pantalones holgados y una sudadera negra sin marcas, sin nombres, sin nada que revelara quién era. Bajó las escaleras con tal alegría que casi tropieza en el último escalón.
De repente, el frío de Alaska lo golpeó como una pared de hielo. Sintió el escalofrío recorrer desde sus tobillos hasta el cerebro, congelándole la sangre como un termómetro que cae en picada.