Primer amor

Catorce

Había regresado a casa sigilosamente para que los pasos de mis zapatos no se escucharan a través del helado piso. Entré caminando hasta la puerta principal; cuando subí hasta arriba, me decidí por tomar las escaleras de mármol. El ruido era ciego, así nadie podría oírme.

​Al entrar a mi habitación después de caminar por los largos pasillos fríos, noté ese cambio de vibra. En la mañana del día anterior estuve en un lugar donde la luz y el blanco eran parte de cualquier objeto. Aquí emanaba esa oscuridad que mantenía mi madre. La cama estaba tan perfectamente tendida que, al verlo, me causaba náuseas. Al ver hacia arriba, seguía ahí: ese ángel cayendo sobre mí todas las noches. Cerré la puerta tan suavemente que me agudicé.

​Coloqué mis zapatos en una de las repisas de color marrón a un costado de mí. Me quité la abrigadora chaqueta que traía conmigo. Realmente, pudo él habérmela dado... ¿o quién más podría ser? No conocía a nadie más que estuviera tan al pendiente de mí, si es que se podría decir así, con Gustavo. Estaba dudando del porqué me gustaba tanto. Quizá por lo bonito que era o quizá porque de alguna forma me hacía sentirme atraída a él, como si una fuerza nos uniera. Confundía mucho eso, pero ¿quién no le ha gustado alguien tan profundamente? Era normal. O eso creo. Mi domingo continuó normal: desayuno, almuerzo, comida y cena.

​Sola y encerrada en mi habitación. Antes habría hecho algo en el jardín, pero ahora no podía hacer más nada. En mi mente resonaban las palabras duras de mi madre. Antes de irme a acostar recordé que no había escrito mucho en mi diario y entonces comencé de nuevo.

Querido diario:

Creo que nunca nadie había pasado un momento tan vergonzoso en la vida, de hecho podría sonar cruel. Rodeada de más de cinco mil personas y yo ser la única en el foco de atención de una artista. En un momento tan especial y único entre ella y el público. Lo he arruinado. Saldré en la TV o en videos de Instagram donde publicarán mi cara, sabiendo yo la historia que escondo detrás de eso. El aroma de Gustavo me invade la cabeza, zumbando como un mosquito a las afueras de un cálido verano. Ese olor a madera y algodón podría no ser algo único o especial en él, sin embargo se siente tan satisfactorio tener algo de él en mi armario. Tendré que devolverlo pronto…

​Cerré la libreta con fuerza y, suspirando, vi el techo una vez más. Las estrellas que reflejaban eran siniestras; muchas de ellas tenían rostros con bocas deformes, otros como si se burlaran de mí. No había notado que por todas partes de la arquitectura del techo habían tantas figuras. Me levanté y fui al cuarto de baño; tenía curiosidad de saber si aquí también tendrían. No me había equivocado; en una de ellas, de las tantas figuras que había, una me llamaba la atención. No era un demonio, ni un ángel. No era nada particularmente ruidoso. Era un pastel derritiéndose; encima de él pasaba una mujer casi desnuda, rozando unos cuantos trapos encima de ella.

​No sé si era mi alucinación o quizá era real. Quise ver más de cerca, pero escuché a alguien tocando. Rápido salí, desacomodé la cama y volví a entrar al cuarto de baño.

​—¿Quién? —pregunté a un grito mudo.

—Soy yo, Surz. Una empleada de su habitación —dijo la mujer. Reconocí una voz que había oído antes.

​Salí del cuarto de baño y le abrí la puerta. Era la mujer con el niño de la mansión de mi padre.

—¿Usted? —proclamé—. ¿Qué hace aquí? Mis empleadas de habitación…

​Me interrumpió adentrándose a mi habitación. El niño, que aún seguía detrás suyo, se escabulló en un rincón.

—¿Cómo es que entró? —dije señalando la puerta de mi habitación, pero no me refería a eso, sino a cómo entró al lugar.

—Eso es fácil, las casas están unidas en realidad. ¿No lo recuerdas?

​Negué con la cabeza.

—Quiero decirle algo importante, no puedo esperar a mañana. Nosotros vamos a ser despedidos mañana; la señora de seguro ya sabe que tal vez esté yo aquí. Pero tenía que decirle algo antes de irme —pausó, conteniendo el aire por lo que estaba a punto de soltar—. Su madre no… no… no. Su padre no es quien usted cree que es. Confíe plenamente en su madre, aunque a veces suele ser así.

​Trataba de explicarse con las manos, haciendo gestos que no lograba comprender con serenidad. Caminando de un lado a otro.

—Solo confíe —continuó, caminando hacia el balcón donde el niño se había escabullido—. Quisiera decirle todo lo que sé, pero ahora no puedo. Mi hijo vive gracias a ellos, sería traición. Amo más a mi hijo de lo que podría querer yo su integridad.

​No comprendía lo que me trataba de decir, mientras yo me quedaba sin palabras. Se fue después de eso por la puerta, con el niño aún siguiéndole el paso con un abrazo a su espalda. Me quedé pasmada, dormida profundamente entre las sábanas y colchas de mi inmensa cama.

​Aquella mañana se sentía repentinamente tranquila. Escuché a una de las empleadas susurrar que aquella mujer fue despedida esa misma mañana. Posibilidades había de que fuera un trato o un acuerdo a cambio de su silencio. Por mi parte, eso no era algo que me llegara a interesar mucho; desde que llegué o abrí los ojos de manera correcta, sentía mi cuerpo más oprimido para hacer lo que yo quisiera.

​Tomé la ducha como de costumbre. Esta vez decidida a dejar el uniforme, pedí que me hicieran ondas arregladas en mi cabello. Sabía que aquellas mujeres igual serían despedidas; habían pasado más tiempo de lo necesario dentro de la habitación. Sabía eso, pero ellas accedieron porque ya querían irse de ahí. Me formaron una coleta alta con unos mechones cayendo en mis mejillas y un gran moño de color negro. Mi ropa: unos jeans no ajustados, junto con una playera de cuello de tortuga y mangas cortas; de ahí una chamarra abrigadora que tenía doble pieza conjuntada, una delgada y otra gruesa. Por si me daba calor, solo me dejaba la delgada y seguía normal. Estaba ahí frente al espejo, segura de mí misma, con las miradas de las empleadas sonriendo y aprobando la prenda.




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