Cuando llegué al patio trasero del instituto, siguiendo el camino que conducía al invernadero, escuché ruidos provenientes de uno de los pequeños edificios que parecía abandonado. Había un olor impregnado hasta en mis pupilas; algo similar al tabaco, al hueso y a la ceniza.
Cerca de mí había una pequeña construcción de unos dos metros por dos. Me asomé entre los pasillos que conectaban ambos edificios. Entonces la vi.
Natasha.
Traía consigo unos guantes de boxeo y, a sus pies, había una chica golpeada cuyo rostro palidecía bajo la sangre, que escurría tan secamente como una miel vieja. La chica tenía la mirada perdida, viendo hacia la nada. Justo en ese momento escuché discutir a otras jóvenes a un lado de ella. Recuerdo haber visto a una antes: Ximena, la otra amiga de Natasha que, por supuesto, no podía ser Carolina.
Aquella chica estaba sentada sobre las piernas de un chico castaño que se encontraba en una banca; juntos observaban el espectáculo. Ella solo se reía de la joven que estaba allí contra la pared, a los pies de Natasha, mientras la otra chica, de cabello como el rubí añejo, se mostraba con un cigarrillo en la boca, chisporroteando las cenizas con el dedo índice tras inhalar una y otra vez.
Natasha lucía cansada. Solo pasaba sus ojos directamente sobre esa otra chica rubia, que ahora tenía tonos rojos por la sangre en el rostro. No se notaba triste o decepcionada; se mostraba serena y gélida.
De repente, sentí una mano posarse en mi hombro. Era cálida, pero el apretón me hizo sobresaltar tanto que casi grito por el susto. Gustavo.
—No deberías estar aquí. El camino del invernadero es a la derecha, no aquí.
—Yo... yo... —traté de explicarme—. Me he quedado porque pensé que había un incendio.
—Pero no lo hay —respondió él con presteza—. ¿Quieres que vayamos juntos al invernadero a leer las cartas que dejan?
—Esas cartas... —negué con la cabeza y después asentí—. Claro que quiero verlas, pero…
—Pero nada. Es mejor que estar aquí. A este lugar no perteneces —dijo, mientras tocaba mi cabeza una vez más con esa mano cálida y delicada.
Vi a través de sus ojos miel esa dulzura y belleza que tanto lo caracterizaban. Todas querían, al menos, hablar una vez con él, y yo ya tenía ese privilegio sin haber esperado tanto tiempo. Lo seguí, no sin antes dar un último vistazo al lugar de antes. Solo vi a Natasha mirándome fijamente, aún gélida. Luego desvié la mirada y me aparté del sitio siguiendo a Gustavo.
Caminamos al invernadero en un silencio que no era incómodo, pero tampoco agradable. Quería preguntarle qué había pasado allá atrás con ellas, pero eran sus amigas y no era posible que hablara mal de ellas.
Minutos antes con Natasha…
—¡Eres una maldita perra, ladra! ¡Waf, waf! —decía Ximena mientras se reía a carcajadas, golpeando a aquella chica una y otra, y otra vez. Las bofetadas fueron duras y sonoras.
—¡Esto es cine! —mencionó la chica a su lado.
Natasha, por su parte, solo observaba a lo lejos. No ayudaba a golpearla, pero tampoco ayudaba a solucionarlo. El novio de Ximena, por otro lado, fumaba tranquilamente mientras veía a su novia actuar. Él estaba en esa banca, con las piernas una sobre la otra y un brazo en la parte superior del respaldo, con movimientos suaves en sus pies. Se sacaba el cigarrillo tras inhalar por la boca; había paz en su mente.
—Vuelves a aparecer cerca de Natasha y te mato —condenó Ximena, mientras tomaba a la chica del cabello. Tuvo que sujetarlo con firmeza porque, con lo lacio que estaba, resbalaba entre sus manos como arena. Luego golpeó su cara contra la pared unas cuantas veces más.
Natasha siguió observando hasta que intervino.
—Basta —sentenció seriamente—. Es suficiente.
—¡Suficiente! —exaltó Ximena—. Esto no es suficiente, Nay. Esa estúpida perra te hirió mentalmente. ¿Y piensas que es suficiente?
—Lo sé, Xim. Pero no, este no es el modo que quiero aplicar.
—¿Ahora hablamos de modales? —intervino la pelirroja—. ¿Desde cuándo Nay habla de ese modo? El perdón no soluciona nada, Natasha; se soluciona con hechos. Y esta perra, por su parte, no ha hecho ninguno.
—Ni perdón, ni hechos —secundó Ximena.
—No es que no quiera, sino que en cualquier momento va a llegar Gustavo y no quiero que vea esta escena —respondió Natasha.
—¿Tanto te importa ese? ¿No tenías un novio por el cual preocuparte más que ese tipo raro? —dijo la pelirroja, mientras volteaba los ojos y sacaba un cigarrillo de la caja del novio de Ximena—. A veces siento que te preocupas más por él que por tu propio novio. Bueno, Katherine se va; quizá tengas oportunidad si dejas a tu novio.
—Creo que confundes las cosas, Meyelly. Me gusta mi novio. Me preocupo por Gus porque es mi amigo de toda la vida —se justificó Natasha.
—Cuidado, que te enamoras —contestó divertido el novio de Ximena.
—Tú cállate, Eduard'ed. Yo quiero a mi novio.
—Pero no lo amas —mencionaron tanto Ximena como Eduard'ed.
Ambos se miraron con una complicidad de novios. Natasha se notaba más preocupada por la situación que por lo que decían ambos. Era obvio que le tenía un cariño más genuino y fuerte a Gustavo, porque él fue quien la sacó de esa oscuridad del bosque y la llevó al amanecer antes de que ella cayera por completo. Sin embargo, nunca había pensado en el amor; él se quedó como un hermano para ella, o eso es lo que ella quería creer.
—Vamos, te toca a ti —dijo Ximena, mientras le entregaba unos guantes de boxeo que tenían sobre las piernas de Eduard'ed—. ¡Y fuerte! Recuerda lo que te hizo.
La serie de recuerdos pasó como una película en la mente de ella. Desde los cuatro años, aquella chica rubia la había golpeado y hostigado sin tregua. Desde robarle las pinturas y mancharle la espalda como un simple juego de niños hasta... hasta eso.
Colocaron varias agujas sobre su silla para que, al sentarse, se lastimara con ellas. Ella se dio cuenta y trató de cambiar su silla con otra, sin saber que cuando lo intentara, la chica rubia —con mucha más fuerza que la indefensa Natasha de aquel entonces— la obligaría a sentarse.