Primer amor

Dieciséis

GUSTAVO

​—...Y finalizando con las investigaciones de los talleres e ingeniería, podríamos indagar en… ¿Gustavo?

​Unos brazos me sacudieron con insistencia, obligándome a emerger de ese vacío mental hasta que el mundo recuperó su nitidez. Parpadeé, regresando a la realidad de golpe.

​—¡Ajá! Eso mismo —respondí con un ademán vago, tratando de ocultar que mi mirada seguía perdida en la marea humana que inundaba los pasillos.

​Eduard'ed refunfuñó mientras se ajustaba el cuello de la camisa, visiblemente irritado.

​—Ni siquiera estás prestando atención a lo que digo. Por Dios. ¿Cuánto tiempo más piensas quedarte en otra galaxia?

​—Estoy aburrido —corté con una sequedad que pretendía zanjar el tema. Los demás estudiantes pasaban como ráfagas borrosas a mi lado, sombras sin rostro en un entorno que ya no me ofrecía nada nuevo.

​—¿Cuándo no lo estás? —continuó él, ignorando mi apatía—. Por cierto, ¿Katherine se va hoy? Me había preguntado por qué no fuiste a dejarla al aeropuerto…

​—Tengo cosas mucho más importantes que hacer que andar revisando si alguien decide irse o quedarse. —La interrupción fue tajante, cargada de una frialdad que no admitía réplicas.

​Eduard'ed bajó la voz, casi en un susurro.

​—Pero es tu novia… Bueno, da igual, es tema aparte. ¿Vamos al boliche hoy?

​—Es aburrido.

​Mantenía la vista fija en cada individuo que desfilaba por el corredor, analizando cada uniforme. De pronto, esa vibración familiar me erizó la nuca: un aura de felicidad ruidosa y bromas pesadas se acercaba por mi espalda.

​—Son las chicas, ¿verdad?

​—Sí…

​En un segundo, una avalancha nos envolvió. Un brazo rodeó nuestros hombros a ambos, encerrándonos en un abrazo asfixiante que me obligó a luchar por recuperar el aire.

​—Suéltame, Nat. Me estás asfixiando.

​A mi lado, Eduard'ed lidiaba con Ximena de la misma forma. Natasha no era mi novia, pero cumplía con ese rol de presencia constante y caótica en mi vida. Al soltarnos, solté un suspiro largo. Ella se veía pequeña frente a mí; nuestra diferencia de altura siempre lograba que su elegancia se viera casi frágil.

​—¡Pero si ya llegó tu verdadera paz! ¡Yo! —exclamó ella, radiante, con una de esas sonrisas que parecen ensayadas frente a un espejo de cristal.

​Eduard'ed seguía enfrascado en una discusión de susurros con Ximena; ella le tiraba de la oreja mientras enarcaba una ceja con autoridad. No presté atención; no soy una persona curiosa y sabía que el drama no pasaría de alguna nimiedad. De repente, entre el caos de la multitud, sentí una mirada que cortó el aire, eliminando todo lo que nos rodeaba.

​Era ella. Emery… o quizás, finalmente, era la verdadera Emelly.

​—Claro, claro. Eres mi paz —contesté a Natasha tras varios segundos de silencio, manteniendo los ojos fijos en la chica que nos observaba.

​Natasha me miró con reproche, cruzándose de brazos.

​—¡Ayer no me esperaste! Qué desgraciado eres.

​—Tenía otros asuntos. ¿Y tu novio?

​Sentí la mirada de la chica nueva clavada en mí, punzante. Era igual que aquella vez en las escaleras: un imán que te atrapa, como la gravedad del sol sobre la tierra. Ahí estaba ella, flanqueada por dos personas que apenas había visto. Del chico a su lado no recordaba ni el nombre ni el linaje; no me interesaba lo más mínimo. Pero ella… si realmente pertenecía a esa familia, ella sería mi pase de salida.

​Tendría que jugar bien mis cartas: Plan A y Plan B. Siempre estratégico, siempre un paso por delante. Si ella portaba ese apellido, pertenecía a un grupo tan vital como el mío.

​—¡Hey!

​Saludé en cuanto estuvimos lo suficientemente cerca. Vi su confusión inmediata, pero me devolvió el gesto con una mano alzada y un ademán tímido. Seguimos de largo, cada uno hacia su destino.

​—¿"Hey"? —Natasha me detuvo, desconcertada—. ¿Desde cuándo se llevan bien? Pensé que… bueno, da igual, me agrada mucho más que Katherine.

​—No es momento de hablar de ella. Y no compares, hay niveles. —Me detuve un instante a reflexionar: Exacto, niveles, y si Emelly es quien sospecho, su rango está por encima de todos nosotros. —Tengo que llevarme bien con ella; compartimos el grupo de actuación y la veré mucho estas semanas.

​—Vaya, Gustavo volviendo a sus andadas de conquistador ahora que Katherine no está —bromeó Ximena con un tono pícaro.

​Hice un gesto de disgusto, pero Natasha y Eduard'ed estallaron en carcajadas. Me uní a ellos, forzando la risa para invocar viejos tiempos. Siempre he sido el centro de atención, siempre he importado, pero siento que la máscara que llevo es ya tan delgada que el cansancio empieza a filtrarse por las grietas. Mis risas se dispersaron entre el murmullo del pasillo como semillas de diente de león; quería que Emelly las escuchara, quería que notara mi supuesta alegría, así que me esforcé en que sonaran con más fuerza.

EMELLY

​—¿"Hey"? ¿Acaso se va a acabar el mundo?

​Arie me miraba como si me hubiera convertido en piedra.

​—¿Sabes quién es él, verdad? Dime que no te quedaste solo con la idea de que es "Gustavo, el chico de ojos miel".

​Sofía, a mi lado, intentaba hacerme reaccionar sacudiéndome de los hombros.

​—¡Emery! —elevó el tono, tratando de romper mi trance—. Arie, deja de lanzarle tantas preguntas, la vas a sofocar.

​El mundo seguía girando a mi alrededor, la gente chocaba conmigo en su prisa por llegar a clase, pero yo permanecía estática, procesando el saludo.

​—¿Me… sa… lu… dó?

​—"Me sa… lu… dóóó" —imitó Arie con un tono burlón y algo molesto—. Eme, ese chico… me enteré de algo no muy agradable sobre él por un contacto que tengo en la cafetería Special, la de los mejores 150.

​—No es el momento, Arie —lo cortó su hermana suavemente.

​Él insistió, ignorando la advertencia.

​—¿Si no es ahora, cuándo?

​—Cuando ella esté consciente.




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