Primer día apocalipsis

Parte 1: El despertar

Un sonido seco me despierta de golpe, pongo los pies en el frio y áspero piso de madera. Camino desde mi cuarto a la sala. El calor húmedo y pegajoso pega mi camisa a mi cuerpo, mis pasos hacen crujir la madera. Al llegar a la entrada de la sala veo a mi madre retorcerse en el piso, su cuerpo de contorsiona de manera extraña.

— Madre. Mi voz suena extraña a mis propios oídos, mas parecido al chillido de un pequeño gato que a la voz de un adulto.

Mi madre se detiene. clava la vista en mí, me observa unos minutos, aunque parecían horas. Luego levanta una mano grisácea hacia mí. Retrocedo un paso alarmada.

— Que te pasa.

Sus ojos lucían extraños no eran sus ojos realmente. Los que antes eran de un suave color marrón iguales a los de la corteza de un árbol, fuerte cálidos, confiables. Ahora eran grises como los de un cadáver. Su piel antes del color de la canela molida ahora era pálida como una hoja de papel.

Un gruñido que hiela la piel retumba por las paredes, asustada tapo mis oídos con mis manos, me toma mas de un minuto encontrar su origen. Viene de ella de mi madre. Brota desde su garganta, un sonido espectral, algo que jamás pensé que oiría y menos que mi madre haría.

Mi gato de motas negras y marrones sisea desde la cima de unos de los estantes atrás de mi madre. Luego se escapa por la ventana.

Estoy paralizada, como si mis pies estuvieran pegados a este lugar, como si el suelo a mis pies se hubiese convertido en arena movediza y estuviera hundiéndome poco a poco.

Aclaro la garganta y vuelo a intentar.

— Madre, que te pasa.

Mi madre antes tumbada sobre su espalda se levanta lentamente sobre sus pies y se lanza hacia mí.

Retrocedo otro paso y caigo sobre mi trasero, las uñas de mi madre se clavan en mi cuello. Siento como un liquido caliente brota de mi piel, el ardor es intento. Pero la presión que ejerce sobre mi cuello es aún más fuerte, me dificulta respirar.

Intento separar sus manos de mi cuello.

— Madre. Digo a gorgoteos.

Ella se sube sobre mi pecho, ladea la cabeza hacia un lado como un animal. Aprieta aún más las manos ejerciendo más precisión en mi cuello, sus ojos ahora grises se pierden entre lo blanco de sus ojos.

Mi visión comienza a cerrarse como el fin de una película, mis manos caen inertes a mis costados.

Un golpe seco hace caer a mi madre de mi regazo, se desmaya hacia un costado cual muñeca de trapo.

Mi hermana mayor se para detrás de ella sosteniendo un jarrón de vidrio con fuerza. El aire irrumpe con fuerza en mis pulmones. Jadeo intentando respirar.

Sin dar alguna explicación Mi hermana toma a mi madre por las exilas y la arrastra hacia un cuarto. Sangre negra como alquitrán brota de la frente de mi madre.

Tomo mi garganta en mis manos y sigo jadeando.

— ¿Qué le pasa a madre? Mi voz suena rasposa como si me hubiese fumado una cajetilla entera de cigarros.

Mi hermana coloca a madre en la cama y luego cierra la puerta con seguro.

— Ayúdame a trancar la puerta. Dice mi hermana mientras amontona muebles en la puerta del cuarto. Justamos amontonamos sillas y un gran gabinete de madera.

Después mi hermana camina hacia la cocina, saca una gigantesca olla sopera del gabinete. Lo llena de agua y lo pone a hervir a máxima llama.

— ¿Qué haces?

Mi hermana me ignora y comienza a sacar ingredientes del refrigerador y comienza a picarlos en la mesa, luego los hecha en la olla cuando el agua empieza a burbujear.

Gritos desperados se escuchan desde afuera. Me asomo en la ventana.

— Aléjate de las ventanas. Grita mi hermana desde la cocina.

Retrocedo de inmediato.

— Pero ¿qué pasa? ¿Cuándo me vas a decir que pasa?

Mi hermana saca un polvo de color morado de su bolsillo y lo vierte también en la olla.

— La vecina dijo que esto funcionaria. Dice mi hermana revolviendo la gran olla con una cuchara de madera.

— ¿Que funcionaria qué? ¿qué pasa allá fuera que le pasa a madre?

Sostengo mi cabeza con mis manos, sentía que mi mente iba mil por horas. Busco un trapo en un gabinete y seco la sangre de mi cuello. Reviso los rasguños que madre me dejo en el cuello. Son largas y profundas, más parecidas al ataque de un animal que algo echo por un ser querido.

Mi hermana sigue murmurando, ignorando todas mis preguntas.

— Vigila la puerta.

— La puerta está cerrada. Respondo llena de frustración.

— Vigila si el pestillo sigue cerrado. Insiste, usando su fastidioso tono de hermana mayor.

Me acerco la puerta compruebo que todo está cerrado.

— Esta cerrado, ahora me puedes decir que esta pasando ¿Qué le pasa a madre?

Por primera vez desde que todo esto comenzó mi hermana me ve a la cara.

— Madre está enferma.




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