Primera Base , Primer Amor

Capítulo 20: Un cielo distinto

Toronto los recibió con un cielo azul brillante y un aire fresco que olía a ciudad viva. Stacy, envuelta en su abrigo, no dejaba de mirar por la ventanilla del taxi mientras los rascacielos crecían a su alrededor. Todo era tan distinto. Más grande. Más rápido. Más desconocido. Y aun así, algo en su pecho no temblaba de miedo… sino de posibilidad.

Mateo la miraba de reojo, sin decir mucho. Sabía que cualquier palabra podía quebrar la burbuja de emociones que flotaba entre ellos. Solo le apretó la mano con fuerza. Ella se la devolvió.

Cuando el taxi se detuvo frente al edificio, Stacy parpadeó varias veces.

—¿Este es el lugar?

El portero abrió la puerta con una sonrisa profesional, y Mateo la guió hacia el vestíbulo de mármol con detalles dorados y una iluminación tenue pero cálida.

—No te asustes —dijo él, mientras subían en un ascensor silencioso con paredes espejadas—. No es un castillo… pero quería darte algo que te hiciera sentir que valía la pena dar el salto.

Cuando llegaron al piso 23 y se abrieron las puertas, Mateo sacó una llave magnética y la deslizó.

El departamento era un sueño. Techos altos, ventanales que dejaban entrar toda la ciudad, una cocina moderna, y un salón amplio con muebles de líneas elegantes pero acogedoras. Había plantas. Muchas. Y un rincón con una lámpara de pie, un sillón de lectura, y una pequeña biblioteca con los libros que Stacy había embalado desde Oakridge. Él ya los había colocado.

—¿Cómo…? —murmuró ella, con la voz entrecortada.

—Le pedí a Eric que me ayudara a instalar todo antes de que llegaras. No quería que te sintieras perdida. Este también es tu hogar ahora.

Ella caminó por el espacio en silencio, hasta llegar a la cocina. En el refrigerador… estaban los imanes. Todos. Los que Mateo había enviado desde cada ciudad de la gira. Y también nuevas postales, esperando que ella las escribiera esta vez.

—Mateo… esto es demasiado —dijo Stacy, girándose con los ojos húmedos—. Es perfecto. No sabía que podía sentirme tan bienvenida tan lejos de casa.

—No estás lejos de casa —le dijo él, acercándose—. Estás en casa.

Se abrazaron largo rato, respirando juntos, dejando que la emoción encontrara su cauce. Después de tantas dudas, después de tanto vértigo, finalmente estaban donde debían estar: juntos.

Los primeros días fueron una mezcla de maravilla y confusión. Stacy se perdía fácilmente en las calles. Aprendía a tomar el tranvía con ayuda de una aplicación, anotaba direcciones en una libreta y se compró un paraguas gigante porque Toronto parecía tener todas las estaciones en una sola semana.

Pero también empezaba a mirar diferente. A notar las librerías escondidas, los cafés independientes, los parques llenos de historias y las ferias de arte al aire libre. Había tanto por descubrir… y por dentro, algo se encendía.

Mateo, ocupado entre entrenamientos, entrevistas y eventos, se esforzaba por estar presente. Cada noche llegaba con algo nuevo para compartir: una comida local, una historia del equipo, una idea para una cita improvisada.

Y Stacy, aunque extrañaba su vida en Oakridge, comenzaba a sentirse viva. Leía más. Escribía en su cuaderno cada día. Visitó una pequeña biblioteca comunitaria y se quedó charlando con la encargada por más de una hora. Incluso empezó a pensar en escribir una columna sobre “empezar de nuevo en una ciudad ajena”.

Una noche, sentados en la alfombra del salón con pizza sobre la mesa baja, Stacy le dijo:

—Creo que quiero estudiar algo. No sé… redacción, gestión cultural… algo que me rete.

Mateo la miró con una sonrisa que le iluminó los ojos.

—Hazlo. Este cambio no fue solo para estar conmigo. Fue para que descubras todo lo que eres capaz de ser.

Ella se acurrucó en su pecho, con una paz que no venía de la certeza… sino de la confianza.

—Por primera vez, no me siento una sombra en tu vida, Mateo. Me siento… luz propia.

Él le acarició el cabello y murmuró:

—Siempre lo fuiste. Solo hacía falta que lo creyeras tú también.

El primer fin de semana en Toronto fue una mezcla de caos encantador y descubrimientos suaves. Mateo tenía dos días libres antes de volver a los entrenamientos, así que se dedicó a acompañar a Stacy en cada paso: desde armar su rincón de lectura hasta buscar el mercado más cercano para comprar frutas frescas, flores para el balcón y un set de especias que Stacy ni sabía que existían.

Caminaron por las calles del centro, rodeados de gente que hablaba en distintos idiomas, con cafés llenos de arte en las paredes, panaderías con recetas europeas y pequeños murales escondidos entre callejones. A Stacy le brillaban los ojos.

—Esto se siente como si estuviéramos dentro de un cuento urbano —le dijo, tomando la mano de Mateo mientras cruzaban una avenida.

—Y tú eres la protagonista —bromeó él, empujándola con cariño.

Uno de los momentos más mágicos fue al visitar el lago Ontario al atardecer. El cielo se pintaba en tonos rosados y naranjas mientras el agua reflejaba las luces de los rascacielos.

Stacy se quitó los zapatos y metió los pies en la orilla. Mateo la observó desde atrás, sintiéndose afortunado, como si el universo se hubiera alineado para que ese momento ocurriera exactamente así.

—¿Y si todo esto no resulta? —preguntó Stacy de pronto, mirando al horizonte.

—Entonces empezamos otra vez, donde sea —respondió Mateo sin pensarlo—. Pero juntos.

Esa respuesta le bastó.

El lunes llegó con una nueva energía. Mateo volvió a entrenar, y Stacy se quedó sola por primera vez en el departamento. Desayunó tranquila, organizó una lista de cosas por hacer y decidió salir a explorar el barrio por su cuenta.

Caminó sin mapa, dejándose llevar por su intuición. Encontró una pequeña librería con mesas de lectura, un mural de mariposas azules y un local de té que parecía sacado de una película. Allí, conoció a Leila, una chica de su edad que atendía el lugar con calidez.




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