Primera Base , Primer Amor

Capítulo 27: Entre Micrófonos y Distancias

Volver a Toronto después del viaje al Caribe fue como cambiar de dimensión. Atrás habían quedado las playas doradas, las caminatas descalzos, las promesas suaves entre sábanas de lino. Ahora, la ciudad se movía con prisa. Y Mateo… también.

En menos de 72 horas, su nombre aparecía en todos los portales deportivos:

“Mateo Rivera, nuevo rostro de los Blue Jays.”
“Rivera promete levantar la ofensiva canadiense.”
“De Los Ángeles a Toronto: la nueva era del #34.”

La agenda que el equipo de relaciones públicas le entregó no tenía espacio ni para respirar:
• Entrevistas en televisión nacional
• Sesión de fotos con la nueva camiseta
• Rodaje de una campaña con una marca de bebidas energéticas
• Firma de autógrafos con fans
• Un brunch con ejecutivos del club
• Y prácticas matutinas todos los días sin excepción

—Estás viviendo en piloto automático —le dijo Stacy una tarde, cuando él regresó al departamento sin siquiera quitarse los zapatos antes de colapsar en el sofá.

—Lo sé… —suspiró Mateo, cerrando los ojos—. Pero no puedo decir que no. Es parte del contrato. Quieren aprovechar la llegada.

—¿Y tú?

Él abrió un ojo.

—¿Yo qué?

—¿Tú quieres esto?

Mateo se quedó callado por varios segundos.

—Quiero jugar. Quiero hacer historia en este equipo. Pero esto… —levantó el celular lleno de notificaciones—. Esto no es jugar. Es espectáculo.

Los días se volvieron una coreografía repetida: Mateo salía antes del amanecer, volvía por la noche, a veces sin cenar, otras solo con energía para tumbarse a mirar el techo. Stacy intentaba entenderlo, apoyarlo, pero empezaba a sentirse como una espectadora más… y no como su compañera.

Una noche, mientras él ensayaba respuestas para una entrevista grabada, Stacy recibió una videollamada de la organización latinoamericana que le había hecho la oferta. Esta vez, la propuesta estaba mucho más clara: querían que dirigiera el programa regional desde Bogotá, con un equipo a su cargo y total libertad creativa.

Cuando colgó, Mateo aún estaba practicando su saludo para cámara.

—¿Qué piensas? —preguntó ella, cruzada de brazos en la cocina.

—¿Sobre qué?

—Sobre que podría irme a otro país por tres años.

Mateo bajó el teléfono. Su expresión cambió.

—¿Te lo confirmaron?

Stacy asintió.

—Sí. Quieren que firme en dos semanas.

El silencio se instaló entre ellos como una sombra inesperada.

—Stacy… esto es grande. Pero justo ahora, cuando todo aquí está empezando…

—¿Aquí? ¿Qué está empezando aquí? —preguntó ella, no con enojo, sino con una mezcla de tristeza y frustración—. ¿Nosotros o tu nueva carrera mediática?

Mateo se acercó, cansado, pero sincero.

—No me olvidé de lo que dijimos en el viaje. Quiero todo contigo. Pero estoy tratando de estabilizarme aquí. Dar lo mejor. Y sí, está siendo mucho más pesado de lo que creí…

Stacy lo miró, con el corazón hecho un nudo.

—Yo también quiero todo, Mateo. Pero no puedo quedarme a esperarte desde el otro lado del sofá cada noche.

Esa madrugada, Stacy se levantó y miró la ciudad desde la ventana. Tenía en sus manos dos realidades intensas: un amor que todavía la hacía vibrar… y un llamado profesional que parecía tocar lo más profundo de su propósito.

Mateo, medio dormido en el sofá, murmuró:

—No te vayas por miedo… ni te quedes por culpa.

Ella se giró.

—¿Y tú? ¿Vas a quedarte en esta carrera sin frenos?

Él sonrió, con tristeza.

—Solo si no te alejas demasiado de la meta.

El capítulo termina con una imagen silenciosa: Stacy sentada frente al contrato de la fundación internacional… y Mateo, a unos metros, revisando su agenda para el día siguiente.

Ambos en la misma casa… pero en mundos diferentes.




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