Dicen que el tiempo cura todas las heridas,
pero hay cicatrices que no buscan cerrarse,
solo ser recordadas.
Las ruinas del castillo aún se alzan en silencio,
cubiertas de musgo y viento.
Nadie vive allí, pero todos saben su nombre.
Los aldeanos aseguran que, en ciertas noches,
cuando la luna se refleja sobre la piedra quebrada,
se oye el murmullo de una voz
y el roce lejano del acero.
No hablan de una princesa ni de un caballero,
sino de dos sombras que eligieron el camino más difícil:
amar cuando estaba prohibido,
luchar cuando todo estaba perdido
y marcharse cuando la justicia fue cumplida.
Del libro dejado en el atril,
algunos dicen que sus páginas cambian con el tiempo.
Que quien lo abre encuentra palabras distintas,
como si la historia se adaptara al corazón de quien la lee.
Y el viento…
el viento nunca dejó de soplar.
Atraviesa los bosques, cruza montañas
y recorre las runas del antiguo reino,
repitiendo un susurro que jamás se apaga.
Porque hay amores que no necesitan tronos,
reinos que no requieren murallas,
y leyendas que no mueren
mientras alguien las escuche.